EL CAMINO DE LA TEOLOGÍA EN LA HISTORIA Y LOS PROBLEMAS DEL PRESENTE


La presente reflexión la escribí en el 2008, revisando algunos archivos la encontré, creo que nunca la publiqué. Bueno la dejo a su disposición.

¿Se imaginan cómo capitanes de un barco que navega por el océano? ¿Cómo reaccionarías si de un instante a otro todos los instrumentos satelitales de navegación dejaran de funcionar? ¿Qué tal si la única forma para poder dirigir el barco hacia su destino es un viejo mapa, manchado por la humedad y donde solo es posible distinguir fragmentos?

Lo cierto es que aquellos mapas que daban orden y sentido a nuestra existencia, en el presente se han manchado y no nos permiten ver la realidad en su totalidad, sino que de manera fragmentaria. La idea de totalidad hoy es cuestionada por cuanto representaría una racionalidad superior ajena a los datos empíricos. Hoy somos concientes de que es posible ver solo un aspecto, una perspectiva de la totalidad.

Esto que hemos dicho respecto de la realidad ha venido a cuestionar profundamente a la teología desde la modernidad. Durante los primeros siglos del cristianismo, la reflexión y el discurso sobre Dios sirvió principalmente a dos objetivos: fortalecer la vida espiritual de los cristianos y configurar las recientes instituciones de la Iglesia al desear el cristianismo definir su identidad y sus fronteras.

En la Edad Media y, sobre todo, con el nacimiento de las grandes universidades medievales, la teología siguió practicándose como actividad espiritual orientada a nutrir a la relación de los creyentes con lo divino, pero también se fue convirtiendo cada vez más en una disciplina dedicada a la reflexión racional y al conocimiento obtenido del mundo. La teología reinó de estos dos modos en la cumbre del pensamiento occidental como centro unificador de la reflexión y la praxis cristiana y también como la sede principal en la que no sólo se disputaban las cuestiones relativas sobre el mejor modo de conocer y servir a Dios, sino también sobre qué podría decirse en verdad en torno al mundo.

Considerada en un tiempo como la “reina de las ciencias”, como articuladora de una interpretación holística de la realidad en la que todas las entidades finitas encontraban su propio lugar y en torno a la que se organizaba y regulaba toda la actividad intelectual, se vio progresivamente cuestionado con la llegada de la Modernidad.

La Modernidad fue minando progresivamente la hegemonía de la religión y la razón, especialmente en su modalidad científica, comenzó a ofrecer interpretaciones alternativas de la realidad con respecto a los esquemas religiosos que habían configurado la imaginación occidental durante milenios e incluso desarrolló nuevos criterios para determinar la verdad en un mundo cada vez más pluralista. Así como una vez la religión y la teología, como su expresión formal, dominaron las creencias y las

prácticas, ahora era la razón, especialmente la razón científica, la que se convirtió en la piedra clave de la vida moderna, sobre todo en lo que vino a conocerse como la Ilustración2.

En la actualidad la razón ha sido puesta bajo sospecha y severamente cuestionada. La realidad que vivimos se parece a nuestra imagen del barco a la deriva sin los instrumentos que permiten dirigirnos de un punto A al B. El acceso a la realidad es fragmentaria y las distintas disciplinas de estudio compiten unas con otras por hacerse un lugar hegemónico.

¿En que situación se encuentra actualmente la teología? ¿Qué función cumple? ¿Qué oportunidades tiene para hacerse de una voz legítima en medio del pluralismo en el que actuamos como seres humanos? ¿En que medida su acercamiento a la realidad es fundamental para el ser humano? Estas preguntas me gustaría desarrollarlas próximamente.

UNA TAREA URGENTE: CONSTRUIR UN NUEVO ROSTRO EVANGÉLICO


Cuando se me solicitó escribir este artículo en relación al CLADE V se me sugirió que compartiera mis expectativas sobre dicho congreso. Antes que todo, soy un joven teólogo y pastor de una comunidad cristiana evangélica latinoamericana de identidad bautista, y lo señalo básicamente porque desde esa condición es que deseo compartir mis esperanzas sobre el CLADE V.

El lema del Quinto Congreso Latinoamericano de Evangelización, CLADE V, es Sigamos a Jesús en su Reino de Vida. ¡Guíanos, Santo Espíritu! Presenta tres ejes temáticos principales: seguimiento de Jesús, Reino de Dios y espiritualidad. Sin embargo, la reflexión guiada por estos tres ejes, no llegará a la profunidad que se requiere si es que no se hacen patentes las disyuntivas que nos presenta el actual rostro del protestantismo evangélico latinoamericano.

Personalmente creo que una de las tareas más imperiosas a las que deben asistir las iglesias evangélicas en Latinoamérica es  a la re-significación de lo evangélico en ellas mismas. Y utilizo el concepto de re-significar porque no solo alude a una re-difinición conceptual, sino que además, a la capacidad de volver a ser significativas, es decir, ser capaces de visibilizar lo re-definido.

En la actualidad las iglesias evangélicas en Latinoamérica presentan un rostro que en estricto rigor no le hace mucho honor a su carácter de evangélicas. Poco a poco el rostro evangélico latinoamericano ha tendido a forjar su identidad sobre la base de una estructura teológica fundamentalista que es necesario reevaluar.

Fe: ¿Contenido o acción?

Si le preguntáramos a un cristiano evangélco en el día de hoy por qué cree en Dios diría básicamente, porque Dios me ama, porque me ha salvado, porque envió a su hijo a morir en un cruz, etc. Pareciera ser que en la modernidad la fe se ha transformado en un creer afirmaciones doctrinales con pretensión de verdad. Esto ha conllevado a que la decisión de creer se zanje en el terreno afirmativo de lo que es verdadero y lo que no es.

Desde esta perspectiva instalada sobretodo en el ámbito del cristianismo protestante, la fe de las personas es medible según la capacidad de afirmar enunciados dogmáticos. De esta manera quien confirma creer en ciertos postulados esenciales podrá confirmar a su vez que cree en Dios, sin embargo, quién no confirma creer en algunos de esos enunciados, no cree en Dios.

Una fe que se debate en el campo de las verdades o certezas en realidad no es fe. No es fe por cuanto el objeto de la fe no es al menos una verdad que pueda constatarse empíricamente. Creer que Dios me ama, o que Dios es el creador, o creer que me salvó, etc., son actos de confianza de segundo orden donde el primer lugar lo ocupa la realidad de Dios. Es decir, para confesar o creer que Dios me ama o me salva, debo primeramente tener fe; luego tener fe que Dios existe. «El mensaje lo oigo bien, ¡mas lo que me falta es la fe!»dice el protagonista del Fausto de Goethe. He aquí la esencia del problema. Por ello la fe no puede ser expresada como un contenido, sino que, más bien como un acto.

Sí no existe ningún argumento racional que de sustento a la existencia de Dios, entonces, ¿qué es la fe? Contrario a las afirmaciones de algunos círculos fundamentalistas, la fe no puede ser un contenido. La fe es una acción. La fe no consiste en afirmar un sinnúmero de enunciados doctrinales, la fe es previa a cualquier enunciado teológico con carácter de verdad, la fe es un profundo acto humano de confianza. Sí digo creo en Dios es porque he abierto mi confianza a experimentar como ser humano la realidad de Dios, y no porque algo o alguien me demostró empíricamente que dicha realidad existe. No creo en Dios por que la Biblia lo dice, no creo en Dios porque la tradición me lo señala, no creo en Dios porque la iglesia lo propone, creo en Dios simplemente porque he tenido la apertura suficiente para confiar en él. En el fondo creemos porque queremos creer.

Por lo tanto, ni un creyente ni un no-creyente pueden demostrar empíricamente el por qué de la decisión de ambos. Solo pueden dar razones para confiar o razones para no confiar.

La Biblia: ¿Lectura literalista o contextual?

El cristianismo evangélico latinoamericano se ha forjado sobre la base de los presupuestos de lahermenéutica literalista, por lo que negarlos te hace acreedor de forma inmediata del título de cristiano liberal o heterodoxo. Sin embargo, el literalismo bíblico es un fenómeno moderno forjado en un contexto particular, con problemáticas específicas del momento histórico y que hemos heredado en gran parte del fundamentalismo religioso norteamericano.

Al investigar sobre el fundamentalismo protestante norteamericano, nos damos cuenta que es la reacción de una fe amenazada por el avance tanto del secularismo, como por las ciencias decimonónicas que negaban la realidad sobrenatural. Tal como lo señala José Míguez Bonino, se podían ensayar dos caminos para responder a esta problemática.

Unos distinguen el nivel de la ciencia del de la religión: el primero es el ámbito de los hechos objetivos; el segundo, el de la experiencia subjetiva, del sentimiento: podríamos decir que es la expresión romántica en la cultura estadounidense. Otros en cambio, conocen un solo criterio de verdad: es el de los hechos y datos concretos de la realidad, que cualquiera puede observar directamente: es el de la tradición del “realismo del sentido común” de origen escoses que predominó en el pensamiento norteamericano[1].

Una fuente infalible e irrefutable tal como la de las ciencias era lo que necesitaba esta última perspectiva que fue seguida y defendida hasta el día de hoy por el fundamentalismo religioso norteamericano. Así, a través de la infalibilidad de las Escrituras, se podía sustentar el mundo sobrenatural con la misma fuerza con que el sentido común afirmaba lo natural a través de las ciencias. Cuando algo aparecía entrar en conflicto – el evolucionismo por ejemplo -, se determinaba que dicha hipótesis científica estaba equivocada. La infalibilidad de las Escrituras requería per sede un criterio objetivo de lectura e interpretación, este no podía ser otro que una hermenéutica literalista. Sin embargo, esta respuesta es la otra cara de la misma moneda, es decir, delpositivismo. Al positivismo científico se le contrapone el positivismo religioso. Inspiración verbal, plenaria, literalismo o inerrancia no son más que las murallas que protegen la verdad “absoluta” de la fe.

El problema no es que la Biblia se lea literalmente o como señalan algunos a través de un “método gramatical”, sino que además se lee bajo un talante historicista, es decir, el literalismo es un método que presupone que lo narrado sucedió tal cual como se narra. Dios creo el universo en seis días, Dios envió un diluvio para destruir la humanidad pecaminosa, Israel atravesó el jordán al estilo de las películas hollywoodences, Jesús nació biológicamente de una virgen, etc.

Es cierto que las ciencias decimonónicas encarnaron una fuerte crítica al pensamiento religioso, sin embargo, ambos bandos se equivocaron en las premisas fundamentales en las que sostenían su discurso. Hoy en día la objetividad de las ciencias está en tela de juicio, así como también lo están las premisas del discurso fundamentalista. Y quienes dieron el primer paso fueron los científicos al reconocer  que tanto la ciencia como la fe religiosa no pueden oponerse entre sí ya que trabajan con presupuestos distintos, su objeto es distinto, y por ende, sus respuestas son a preguntas distintas. Por ejemplo: La incansable lucha entre evolucionismo y creacionismo debiera tener fin cuando se reconoce que las ciencias responden al cómo y la fe responde al por qué o para qué, es decir, la Biblia busca responder al sentido del origen de la existencia, no el cómo se originó la existencia. El objeto de la Biblia no es defender afirmaciones históricas o científicas, tal como lo presupone la apologética fundamentalista, sino que su objeto es la fe y la confianza del ser humano en un Dios que se muestra así mismo. Un Dios que se muestra a sí mismo en el lenguaje y cosmovisión de cada momento histórico.

La Biblia es un libro religioso y su objeto es la fe. Puede sonar de perogrullo pero es lo que más recurrentemente olvida el protestantismo evangélico al defender las supuestas verdades históricas y científicas de la Biblia relegando la fe a un segundo plano.

La Biblia se originó en un contexto histórico, intelectual, social y cultural particular: el mundo hebreo y greco-romano del siglo I y parte del siglo II. Aún cuando muchos de los relatos tienen una tradición anterior, la totalidad de los escritos que contiene el Nuevo Testamento fueron plasmándose en forma escrita a partir de unos treinta años después de la muerte y resurrección de Jesús. Por ello es que sólo podemos entender y apropiarnos del relato bíblico cuando reconocemos la situación contextual tanto del texto bíblico como nuestra situación contextual y, principalmente, cuando explicitamos nuestros propios presupuestos como intérprete.

Desde mi punto de vista, la Biblia tomada al pie de la letra ha tenido consecuencias nefastas para la transmisión de la fe en nuestras sociedades contemporáneas. Principalmente porque un número creciente de personas educadas se están convenciendo de que el cristianismo es un sistema supersticioso y estéril a la hora de despertar respuestas y lealtades. Tal como se pregunta John Shelby Spong me pregunto:

¿Debo ser premoderno y con prejuicios para ser cristiano? ¿O debo abandonar el cristianismo para escapar de mis prejuicios y tomarme en serio mi mundo poscristiano? Quizás logre abrir los ojos de mis lectores, ayudándoles a comprender que el literalismo, en todas sus formas, puede morir y que, sin embargo, Dios seguirá viviendo. Creo que ese viaje será lo bastante fructífero como para que el lector emplee su tiempo y el creyente corra su riesgo.[2]

Dios: ¿Episódico o teofánico?

La imagen de Dios que promueve el evangelicalismo latinoamericano es la de un Dios episódico. Es decir, un Dios ausente que interviene en determinados momentos considerados cruciales y a favor de los creyentes. Sin embargo, el Dios cristiano es un Dios epifánico, es decir, un Dios cuya presencia es permanente aunque observada periódicamente por los creyentes[3]. Esta distinción es de radical importancia por cuanto la visión actual del evangelicalismo latinoamericano limita la acción de Dios a determinados momentos dentro de la concepción de un universo cerrado.

Una concepción teofánica de Dios reconoce la acción permanente de Dios. Desde esta perspectiva el problema no está en la no acción de Dios en determinadas circunstancias, sino que en los ojos con que se mira. Una testigo puede ver como unos cuantos esclavos recuperan su libertad debido a determinadas causas meramente históricas o sociales. Pero ese mismo testigo desde la fe puede ver que es Dios quien está interviniendo para liberar a esos esclavos de la opresión. Creo en un Dios epifánico que está en contra de la discriminación, la explotación, el sufrimiento y la muerte. Creo en un Dios que está a favor de la vida y la justicia. Por eso, cada vez que en nuestras vidas particulares y sociales triunfa la libertad, la vida y la justicia, veo a Dios interviniendo.

El cristianismo evangélico latinoamericano a puesto énfasis en la necesidad de ver a Dios en las cosas sobrenaturales cerrando sus ojos su presencia activa en aquellas cosas que parecen meramente cotidianas. Mientras las iglesias están mirando al cielo el evangelio les dice vayan y sean testigos a todas y desde todas las naciones.

Jesús: nació, murió y resucitó pero ¿no vivió?

Durante siglos la tradición evangélica ha puesto énfasis en el nacimiento, muerte y resurrección de Jesús como axiomas de la intervención salvífica de Dios, relegando su vida a un momento anecdótico y a lo sumo a modelo inspirador de vida. Sin embargo, se equivoca el evangelicalismo al poner la vida de Jesús en segundo plano cuando es precisamente el eje neurálgico desde el cual se puede entender la acción salvífica de Dios, y es desde su vida que se puede entender evangélicamente su nacimiento, muerte y resurrección. Así lo demuestran el contenido de los evangelios.

Luego de morir en la cruz y haber resucitado es que se les abrieron los ojos y pudieron vislumbrar el misterio y pudieron confesar Jesús es el Señor. Pero los ojos fueron abiertos por cuanto existe una vida de Jesús que provee de contenido a ese nacimiento, muerte y resurrección y que en consecuencia lleva a la confesión de fe.

Una cristología evangélica no puede tener otro comienzo que el seguimiento de Jesús. Debe ser capaz de ponerse en el lugar de los primeros discípulos. Evidenciar que Jesús se presenta así mismo como profeta del Reino de Dios que invita a sus discípulos a vivir los valores del Reino de Dios. Que su muerte es producto de una vida consecuente con los valores del Reino y que su resurrección es la identificación de Dios con el profeta del Reino declarado por Dios ahora como mesías. La resurrección de Jesús es la fidelidad de Dios para con la vida de Jesús y su proyecto. Jesús había encarnado el proyecto de Dios y este en ningún momento lo abandonó sino que se identificó a tal punto con Jesús que no podía dejar que su vida terminará con la muerte, sino que tenía que triunfar la vida sobre la muerte.

Los discípulos de Jesús no podrían haber llegado a la confesión «Jesús es el Señor» si es que no hubiese existido un seguimiento en vida. Aún cuando los discípulos de la segunda generación no fueron testigos oculares de lo sucedido en Jesús, el testimonio de dichos discípulos y la presencia activa del Espíritu son los permitieron y permiten aún hoy hacer el mismo recorrido que hicieron los primeros discípulos. La fe en Jesús el Cristo no se sustenta en formulaciones dogmáticas, sino en la experimentación del seguimiento del Jesús viviente. Por ende, la vida de Jesús y su seguimiento deben ser el axioma del nuevo rostro evangélico latinoamericano.

El Espíritu: ¿Al servicio de lo sobrenatural?[4]

La construcción teológica del evangelicalismo latinoamericano ha limitado la acción del Espíritu Santo al ámbito de lo sobrenatural e intraeclesial. Es decir, acontecimientos carismáticos como el don de lenguas o la acción particular de algunos profetas. Sin embargo, esto constituye un reduccionismo errático y un desequilibrio bíblico y teológico.

En primer lugar, el Espíritu Santo es Dios en acción. Es la misteriosa presencia de Dios en el mundo actuando para llevar a cabo su proyecto salvífico en el mundo. De ahí que no se puede reducir su acción a lo sobrenatural y mucho menos a lo que acontece en determinadas comunidades. El Espíritu Santo va delante de nosotros allanando el camino para la manifestación plena del Reinado de Dios. Una acción a la cual por cierto las comunidades cristianas están invitadas a participar. Por lo tanto, la experiencia del Espíritu es experiencia de acción en el mundo.

En segundo lugar, la experiencia del Espíritu Santo es experiencia de libertad. El Espíritu Santo se percibe en toda experiencia de liberación que acontece en la historia humana. Por ende, la comunidades cristianas son guiadas por espíritu para ser comunidades liberadoras tal cual lo señaló el propio Jesús: «El Espíritu del Señor está sobre mí, por cuanto me ha ungido para anunciar buenas nuevas a los pobres. Me ha enviado a proclamar libertad a los cautivos y dar vista a los ciegos, a poner en libertad a los oprimidos, a pregonar el año del favor del Señor». (Lucas 4:18-19 NVI).

En tercer lugar, la experiencia del Espíritu es experiencia de palabra crítica. Jesús, los profetas, y los apóstoles experimentaron la llenura del Espíritu al denunciar la tradición, el institucionalismo, el conformismo y por sobretodo las injusticias políticas y sociales[5]. Las comunidades evangélicas latinoamericanas están en deuda con la acción del Espíritu cuando callan ante las injusticias que ocurren en nuestro continente y más bien buscan el favor y la estima del poder político.

En cuarto lugar, la experiencia del Espíritu es experiencia de comunidad. El Espíritu Santo no actúa en individuos privilegiados sino que actúa en comunidades dispuestas a dejar guiar por él. El Nuevo Testamento es revelador en este sentido. Desde Pentecostés El Espíritu Santo actúa en las comunidades en su totalidad. Las comunidades cristianas primitivas mostraban claramente el modelo de iglesias comunitarias que viven a partir del Espíritu con la mediación de los apóstoles, pero como entidad autónoma, presente localmente. La experiencia del Espíritu forma comunidades cuyo fin último es la renovación de un nuevo tejido social global cuya manifestación definitiva será escatológica.

Por último, la experiencia del Espíritu es experiencia de vida. En un continente donde prima la muerte y apenas se sobrevive, el milagro es la vida.  Desde el Antiguo Testamento (Ez 37), el Espíritu es fuerza de vida: es capaz de resucitar aun los muertos. El don del Espíritu dado por Cristo resucitado es promesa de resurrección y vida eterna después de esta existencia terrestre. Pero la resurrección ya produce sus primeros frutos en esta tierra en el seno de las comunidades cristianas (Rom 8:11).

Iglesias: un camino de empoderamiento comunitario[6]

El actual panorama evangélico latinoamericano muestra una gran tendencia hacia una estructuración eclesial clerical y jerárquica. Pastores, “profetas” y “apóstoles” cada día van acumulando poder suficiente en sus personas como para determinar el accionar de las comunidades cristianas no sólo en la esfera íntima de las comunidades sino que también en la esfera pública.

Los modelos de trabajo pastoral que se han implantado en las comunidades eclesiales latinoamericanas se han construido sobre la base de relaciones de poder verticales en las que la tarea pastoral se legitima como autoridad que dirige y controla el “correcto creer” y el “correcto actuar”. Pero, ¿quién dirige y controla el “correcto creer y actuar” del pastor/a? Algunos dirán que son las instituciones y denominaciones a las que pertenecen dichos pastores, sin embargo, ¿quienes dirigen y controlan a aquellas instituciones y denominaciones? Otros propondrán que es su “llamado”, que suele entenderse como si fuera una investidura sacerdotal a la manera Católica Romana el que legitima al pastor para dirigir y controlar el “correcto creer y correcto actuar” de las comunidades. Pero ¿cómo establecen las comunidades que el “correcto creer y actuar” de su pastor es tal si es éste el único autorizado, el único con poder, para interpretar la Biblia y señalar el “correcto creer y correcto actuar”? Legitimar la relación de poder que se establece entre pastor y comunidad sobre la base de un “llamado” ¿acaso no contradice el sacerdocio universal de todo creyente.

En este sentido, el único camino plausible y evangélico es una praxis de fe debe construida comunitariamente. En este sentido, las iglesias deben recuperar el poder delegado en la figura del pastor para transformarse en sujetos activos de su propia praxis. A este proceso de recuperación es lo que hemos llamado con el teólogo Luis Tapia, camino de empoderamiento comunitario. La labor pastoral no debe entenderse como el poder para dirigir y controlar, sino como el oficio de facilitar, cuyo último objetivo es empoderar a la propia comunidad de fe local como sujeto teológico capaz de reflexionar por sí misma su creer y actuar.

Los modelos jerárquicos y autoritarios son contraproducentes en sociedades que se encaminan a la construcción de espacios cada vez más democráticos. Por ende, avanzar hacia modelos más participativos es el camino que deben seguir y encarnar las comunidades cristianas latinoamericanas.

Conclusión

Mis expectativas sobre el CLADE V están en la necesidad de sentar las bases para la construcción de un nuevo rostro del protestantismo evangélico latinoamericano. Una resignificación que es necesaria para el futuro de la misión cristiana.

El nuevo rostro evangélico debe cimentarse sobre la base de una fe que más que contenido doctrinal se exprese como confianza en el Dios de Jesús. Debe cimentarse sobre la base de una nueva imagen de Dios que no sea la del Dios episódico sino la del Dios epifánico que Jesús mismo experimentaba día a día. También el nuevo rostro evangélico debe poner énfasis en la vida y el seguimiento de Jesús como axioma de la fe cristiana; en un Espíritu que actúa en las cosas trascendentales de la vida y no sólo en lo anecdótico; y en comunidades empoderadas capaces de discernir y construir su praxis en el mundo.

Mis esperanzas en el CLADE V están en que sea mucho más que una celebración, sino que una instancia trascendental para el futuro del cristianismo evangélico latinoamericano. Una instancia que pueda sentar las bases para un genuino cristianismo evangélico latinoamericano en misión integral. Sólo así podremos hacer realidad la consigna, Sigamos a Jesús en su Reino de Vida. ¡Guíanos, Santo Espíritu!

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[1] MÍGUEZ BONINO, José. Rostros del protestantismo latinoamericano, Ed. Nueva Creación, Buenos Aires, 1995, pp. 41.

[2] SHELBY SPONG, John. Jesús: Hijo de mujer, Ed. Martínez Roca.

[3] Cf. CROSSAN, John Dominic, El nacimiento del cristianismo, Emecé, Buenos Aires, 2002, p. 314.

[4] Para una mayor profundización en lo expuesto puede remitirse a COMBLIN, José. «Espíritu Santo» en: ELLACURÍA, Ignacio – SOBRINO, Jon. Mysterium Liberationis: Conceptos fundamentales de la teología de la liberación, Ed. Trotta, Madrid, 1990, pp. 619-642.

[5] NEUFELD, Alfed. Vivir desde el futuro de Dios, Ed. Kairos, Buenos Aires, 2006, p. 196.

[6] Reflexiones que han surgido de un nutrido diálogo entre el autor y el teólogo chileno Luis Tapia R.

DIOS NO ES UN PARRICIDA


En la actualidad, si hay algo en común entre la mayoría de los cristianos, pese a su multiplicidad de expresiones, es la creencia en Jesús como el Hijo de Dios que vino a este mundo para salvar a la humanidad del pecado. La mayoría cree que su muerte fue un sacrificio compensatorio ofrecido a Dios para aplacar su “justa” ira para con una humanidad corrompida, depravada y malévola. En el fondo, la muerte de Jesús es el sustituto de nuestra propia muerte.

Hoy en día somos cada vez más los cristianos que no estamos de acuerdo con esta imagen tradicional y dogmática de Jesús de Nazaret. En primer lugar, no estamos de acuerdo con esta imagen porque enfatiza la muerte de Jesús como el objetivo central de su existencia relegando a segundo plano su vida y enseñanzas. En consecuencia, su ministerio público no es más que una anécdota, un agregado a lo que va a ser realmente “trascendental”, es decir, su muerte. En segundo lugar, no compartimos esta imagen de Jesús porque manifiesta abiertamente un razonamiento mágico inconcebible que viola nuestra forma de razonar. En tercer lugar, porque en esta concepción de Jesús el verdadero monstruo es Dios al necesitar de una víctima para satisfacer su sed de ira. En la actualidad cualquier padre que clave en una cruz a su hijo por cualquier motivo que aduzca sería condenado a la cárcel por abuso infantil y parricidio.

Creo estar en lo cierto cuando digo que, la concepción que tengamos de la identidad de Jesús genera una praxis cristiana. Es decir, la imagen que poseamos de Jesús va ha tener importantes consecuencias para el desarrollo de nuestra vida cristiana. En definitiva, dicha concepción contiene los presupuestos que modelan nuestro actuar en la totalidad de nuestra vida aquí y ahora.

Teniendo en cuenta lo anterior, se deduce claramente que la imagen tradicional y dogmática de la comprensión de Jesús y su muerte compensatoria se traduce en una vida cristiana centrada en el pecado, la culpa y el perdón. El hombre y la mujer son culpables del pecado que habita en ellos. Pero gracias a Jesús el hombre y la mujer pueden acceder al perdón si se reconocen como pecadores y aceptan el sacrificio ofrecido por Jesús. La iglesia es esencialmente es el grupo de los que han recibido el perdón de Dios y que ahora se dedican a dar gracias por tan grande sacrificio.

¿Quién fue Jesús realmente? ¿Cuál fue el motivo central de su ministerio? ¿Fue realmente su muerte un sacrificio ofrecido a Dios? ¿Existe la posibilidad de comprender la vida de Jesús fuera del marco interpretativo tradicional del sacrificio compensatorio? ¿Qué consecuencias tendría una nueva imagen de Jesús para la vida cristiana? ¿Qué imagen de Dios se desprendería de una nueva visión de Jesús que no sea ya la del Dios sádico y parricida?

Creo que estas preguntas son centrales para la reflexión teológica contemporánea. De su debida respuesta depende en gran parte el futuro del cristianismo.

LA ENIGMÁTICA IDENTIDAD DE JESÚS DE NAZARETH

DestacadoLA ENIGMÁTICA IDENTIDAD DE JESÚS DE NAZARETH

¿Quién dice la gente que soy yo? Y vosotros ¿quién decís que soy yo? Preguntaba Jesús a sus discípulos más cercanos. Para la muchedumbre Jesús era Juan el Bautista que había resucitado, para otros era Elías, tal vez uno de los profetas, incluso un mesías. Para la clase dominante judía quien fuera que sea representaba un peligro, era un saboteador de las tradiciones religiosas, un blasfemo que comía y bebía con lo peor de la sociedad y un agitador de las multitudes que merecía ser condenado a la muerte. Al parecer la figura de Jesús representaba un enigma para sus contemporáneos que lo veían deambular por las polvorientas aldeas y pueblos de la Palestina del primer siglo.

Tras su muerte su identidad se hizo más enigmática. Muy pronto las comunidades cristianas comenzaron a hablar de Jesús como el Mesías, el Hijo de David, el Hijo, el Señor, el Salvador, el Logos, el Hijo del Hombre, el Hijo de Dios, el Cristo. A través de estos títulos honoríficos mencionados y otros, dependiendo el contexto, interpretaban su enigmática figura y le otorgaban sentido y coherencia a lo que ellos habían experimentado a su lado bajos los presupuestos de una fe inconmensurable. Algo muy impactante e irrepetible experimentaron que les dio la confianza y autoridad suficiente para declarar que aquel judío de Nazaret no había muerto sino que estaba aún vivo, había resucitado.

La historia de los orígenes del cristianismo muestra una composición considerablemente diversa en lo que se refiere a la respuesta de quién era Jesús de Nazaret y cómo interpretar ciertos episodios de su vida. Como señala José Monserrat Torrents, «la fidelidad al mesías Jesús dejaba lugar para una heterogeneidad de actitudes en correspondencia con la diversidad del mismo judaísmo». El Nuevo Testamento es una recopilación literaria que intenta ser coherente en su contenido. Sin embargo, y debido a su propia naturaleza, no se escapa a la diversidad de concepciones respecto de la figura de Jesús. Si dejáramos de lado por un momento la visión de conjunto que nos impone el canon del Nuevo Testamento, repararíamos en que los textos reflejan ideas y creencias de comunidades particulares distintas las unas de las otras, y que irradian además, conductas propias de cada comunidad local en la que surgió cada relato. Desde esta perspectiva podemos argüir con cierta probabilidad de certeza que la concepción que tenía Pablo de Jesús no es la misma que tenía Juan, Santiago u otro autor del Nuevo Testamento. Una lectura atenta a los libros del Nuevo Testamento da cuenta de ello. En el fondo, el canon pese al ideal de coherencia que le exigimos mantiene una tensión cardinal entre una diversidad natural y una unidad artificial, erigida institucionalmente y legitimada por la ortodoxia de una iglesia dominante.

Sin embargo, cualquiera sea la representación y significado que se tuviera de Jesús en la especificidad de cada comunidad, dicha concepción tenía consecuencias gravitantes que modelaban y coloreaban la vida de los seguidores. Es decir, las creencias sobre Jesús se veían reflejadas en una praxis consecuente.

Tres preguntas para concluir: ¿Quién dices que es Jesús para ti? ¿Se refleja esa imagen en tu diario vivir? ¿Dé qué Jesús me habla tu praxis?

MUERTE, RESURRECCIÓN DE JESÚS Y FIDELIDAD DE DIOS


Voy a comenzar haciendo una afirmación que creo es fundamental. No se puede entender la muerte y resurrección de Jesús sin entender su vida. Es más, su muerte y resurrección no tienen ningún sentido si no comprendemos estos sucesos a la luz de lo que hizo Jesús en su vida. La sociedad occidental conmemora el nacimiento, muerte y resurrección como grandes festividades que lo son, sin embargo, es muy probable que hoy en día las personas sin una tradición cristiana carezcan de información suficiente para encontrar sentido a estas festividades cristianas.

Cuando se le pregunta a un cristiano por qué murió Jesús, enseguida responderá, por los pecados de la humanidad. Y si se les pregunta por qué resucitó, inmediatamente responderán sin pensarlo porque era Dios. Pero, si bien la primera relativamente responde al sentido de su muerte, en seguida surge la siguiente pregunta: ¿Qué es pecado? La segunda respuesta es simplemente una herejía porque niega la humanidad de Jesús. Desconoce todos los conflictos que hubo en los primeros siglos para tratar de erradicar esa falsa doctrina que negaba los sufrimientos y muerte de Jesús. Pero bien, tampoco es mi intensión repasar la historia del cristianismo de los primeros siglos. Mi intención es fundamentalmente tratar de comprender el sentido que tiene la muerte y resurrección si miramos estos sucesos a la luz de su vida.

Empecemos por el principio. La cosa comenzó en Galilea. Un hombre llamado Jesús de la ciudad de Nazareth cuando tenía alrededor de treinta años sintió en lo profundo de su corazón de que estaba siendo llamado por Dios para encausar su vida al servicio de su pueblo. Ese llamado es lo que hoy comúnmente llamamos vocación ¿Has sentido en un momento de tu vida que deseas hacer algo que realmente le llena, te hace sentir pleno? En la actualidad esa vocación generalmente se traduce en una profesión. Algunos sienten que serían felices si sirvieran a los demás sanando sus heridas y enfermedades, entonces estudian y se hacen médicos. Otros sientes que serían felices si sirvieran a las personas en riesgo social, entonces estudian y se hacen trabajadores sociales. Otros sienten que serían felices ayudando a las personas a cumplir sus sueños de tener una casa propia entonces estudian y se hacen ingenieros o constructores o arquitectos. Y digo que generalmente la vocación se traduce en profesión porque algunas veces eso no ocurre. Y no ocurre básicamente por aún cuando se siente llamados ha hacer una cosa determinada, terminan haciendo otra porque esa otra quizás le generará más dinero, o más poder, o más fama. Muchos terminan consiguiendo esas cosas pero felices no terminan. Jesús sintió ese llamado que todos sentimos en un momento de nuestra vida y llevó a la práctica esa vocación.

Su llamado consistía en anunciar y experimentar junto a las personas de su pueblo la llegada del Reino de Dios. Pero, ¿Qué significado tenía el Reino de Dios? El reino de Dios no es un lugar, ni el cielo, sino que es el momento en que Dios vuelve a Reinar sobre este mundo, comienza a encausar nuestra historia hacia el propósito original por el cual había sido creado. Dios anhelaba profundamente que su creación (el ser humano, hombre y mujer, y todo lo que le rodea) vivieran en completa armonía y paz. Tampoco Dios quería que el ser humano sea un ser que estuviera obligado vivir de una manera determinada sino que esa armonía y paz fuera producto de una relación en plena libertad. Sin embargo, el ser humano dotado de libertad decidió romper la relación de armonía y paz que le había provisto Dios y decidió seguir su propio camino. El ser humano confiaba en que él era autosuficiente para decidir que era bueno y malo. En conclusión, en esa creación armoniosa y pacífica entró el pecado.

Y cuando digo pecado necesito nuevamente explicarlo partiendo con lo que no es pecado. Pecado no son actos que comúnmente se han denominado como pecado. Generalmente cuando un cristiano habla de pecado se está refiriendo a relaciones extramatrimoniales, o hurtos, o beber alcohol, o matar, o etc. Todas esas cosa que he enumerado no son pecados. El pecado es vivir una vida alejada de Dios. El pecado es tomar decisiones en tu vida totalmente alejada de lo que Dios considera que es bueno para ti. Todo lo demás obviamente son consecuencias del pecado, pero en estricto rigor el pecado es uno, es decir, vivir una vida distanciada de Dios.

Volviendo a Jesús. Cuando el anunciaba que el Reino de Dios había llegado, estaba diciendo que había llegado el momento oportuno para retornar nuestras vida al camino trazado por Dios. Estaba señalando que la única forma de ser realmente felices, de vivir en armonía y completa paz, era dejando que Dios encause nuestras vidas porque no somos nosotros quienes sabemos como vivir bien y en armonía sino que realmente es Dios quien nos puede ayudar a conseguir esa plenitud, felicidad, armonía y paz. No había que ser suficientemente un genio para entender esto. En realidad la historia que hemos construido los seres humanos es básicamente una historia llena de infelicidad, injusticias, guerras, genocidios, muertes, sufrimientos, explotación. Esas son las consecuencias de haber creído que podíamos determinar que era bueno y que era malo por nosotros mismos.

Para Jesús el momento de cambiar el curso de la historia había llegado. Entendía que la única forma de no seguir incurriendo en los mismos errores era arrepintiéndonos del camino que habíamos escogido y aceptar que Dios podía llevar nuestra vida a un buen fin. Entendía que a través de leyes se podían regular las acciones de los seres humanos, por ejemplo: leyes contra el divorcio, leyes contra el asesinato, leyes contra las guerras, leyes contra la violencia, las injusticias, etc. Sin embargo, con leyes no se atacaban el problema de raíz. Y como la raíz del problema era el pecado, es decir, el vivir alejados de Dios, entonces la solución era volverse a Dios, entender que Dios estaba cerca, que Dios deseaba que vivieras feliz y pleno, pero que eso se conseguía aceptando que Dios gobernara la vida de las personas. Pero como Dios nunca ha querido imponer su voluntad, esa decisión tenía que tomarla cada persona. Así Jesús comienza a invitar a las personas de su tiempo a vivir y aceptar el Reino de Dios.

Al iniciar su ministerio de vivir y anunciar el reino de Dios se da cuenta de que hay personas dispuestas a encausar su vida de acuerdo a la voluntad de Dios. Entonces se forma un grupo de amigos que poco a poco va creciendo. Con Jesús, este grupo de amigos va a prendiendo que significa vivir bajo la soberanía de Dios. Van aprendiendo y experimentando que efectivamente se podía vivir plenos, felices, en paz y armonía. Sin embargo, para conseguir lo tan anhelado se debía vivir de una forma distinta. Si antes creían que se podían conseguir la felicidad acumulando riquezas, con Jesús se dieron cuenta que la felicidad se conseguía compartiendo lo mucho o poco que se tenía. Si antes creían que ayudar a una persona necesitada era una perdida de tiempo en la búsqueda de la felicidad y plenitud, con Jesús se dieron cuenta que era justamente perdiendo el tiempo con esa persona necesitada que se ganaba la plenitud y la felicidad. Si antes creían que para conseguir una vida armoniosa se podía pasar a llevar a cualquiera que se interpusiera en el camino, con Jesús se dieron cuenta que era justamente respetando la vida de los demás que se conseguía una vida armoniosa. Si antes creían que para lograr su objetivo de vivir plenamente era necesario servirse y explotar a los demás, con Jesús se dieron cuenta que sirviendo a los demás es que se podía lograr vivir plenamente.

Esta nueva formar de vivir tenía enormes costos pero lo que se conseguía era aún más valioso. En esta nueva forma de vivir había nuevas prioridades. Incluso se rompían esquemas y leyes considerados por la sociedad como inquebrantables. Si en aquella sociedad en la que se encontraba Jesús era sagrado respetar el día sábado, para Jesús era mucho más importante que un enfermo pudiera recobrar su salud física, aún cuando en sábado se prohibiera curar a un enfermo. Si en aquella sociedad era importante respetar leyes que regulaban la pureza de la vida cotidiana como, por ejemplo, hacer el ritual de lavado de manos antes de comer, para Jesús más importante y puro era guardarse de no ensuciar la vida de los demás a través de insultos y descalificaciones.

Muchas personas se fueron convenciendo que Jesús tenía razón. Y no sólo porque Jesús decía cosas verdaderas, sino porque esas palabras iban acompañadas de acciones concretas que respaldaban lo que estaba haciendo diciendo Jesús. Las personas que se acercaban a Jesús efectivamente experimentaban una transformación radical de sus vidas y de manera integral. Los enfermos se sanaban, los excluidos se sentían incluidos en Jesús, aquellos que habían sido rechazados por la sociedad porque según ellos eran rechazados por Dios, al encontrase con Jesús no solo experimentaban la inclusividad de Jesús sino que también y quizás por primera vez se sentían y experimentaban una real cercanía con Dios. Por lo tanto, al ver estas señalas el movimiento de Jesús fue creciendo y muchas personas veían que Dios estaba realmente en Jesús, en sus palabras y en sus acciones.

Pero lo que estaba llevando a cabo Jesús no era bien visto por todos. Jesús inquietaba principalmente a los que se privilegiaban del orden existente. Aquellos que el orden social les acomodaba no deseaban que las cosas cambiaran.

Los que se privilegiaban del poder religioso no deseaban que las cosas cambiaran porque hacer caso a lo que decía Jesús significaba transformar radicalmente como se entendía religión. Las autoridades religiosas eran los únicos capaces de determinar que persona tenía una buena relación que con Dios y quien no. Ellos tenían la autoridad para incluir y excluir. En cambio, Jesús creía Dios no excluía a nadie, que Dios no se alejaba de nadie, que todos podían tener acceso a la reconciliación con Dios únicamente a través del perdón sin la mediación de una autoridad religiosa o una institución como el templo. Para las autoridades religiosas Jesús era un enemigo que ponía en riesgo sus privilegios y beneficios.

Los que se beneficiaban del poder político también vieron un enemigo en Jesús. Para Jesús los poderosos debían renunciar al uso del poder y la violencia porque el único digno de gobernar la vida de las personas y formar una sociedad más justa era Dios. Por lo tanto los poderosos debían renunciar al uso del poder y transformarse en servidores de los demás.

A los ricos tampoco les gustaba mucho Jesús, porque no concebían que la felicidad se consiguiera renunciando a las riquezas, por lo tanto, Jesús ponía en riesgo su estilo de vida. Además les enrostraba que gran parte de sus riquezas habían sido acumuladas en base a la explotación de los más débiles. Jesús ponía como modelo de justicia a Dios a través de una parábola en la que un hombre pagaba a sus trabajadores no por la cantidad de horas de trabajo sino que pagaba de acuerdo a lo que el consideraba que era justo para cada uno de sus trabajadores.

Estos poderes nombrados anteriormente fueron los que se unieron para matar a Jesús y lo consiguieron. Jesús fue consecuente hasta el final con su vocación al servicio de Dios y de los demás porque realmente creía que este era el camino que podía conducir nuevamente a vivir en paz, en plenitud y armonía. Sin embargo, los que se beneficiaban del antiguo orden formado por el pecado no les pareció bien. Para Jesús el orden de la sociedad que ellos defendían era pecaminoso, alejado de lo que Dios pretendía para el ser humano, en su lugar propuso un nuevo orden de cosas, un nuevo orden de relaciones humanas que era precisamente el orden que Dios quería. Sin embargo, a Jesús lo mataron por proponer ese nuevo orden de cosas llamado Reino de Dios.

Hasta aquí podemos comprender efectivamente por qué mataron a Jesús. A Jesús lo mataron porque su propuesta estaba en contradicción con los valores que imperaban en aquella sociedad judía. Lo mataron porque cuestionaba el orden de una sociedad que privilegiaba a unos pocos pero que excluía a gran parte de los demás. Lo mataron por denunciar a aquel orden como un orden pecaminoso y promover un nuevo orden llamado Reino de Dios

Pero ¿Por qué muere Jesús? ¿Por qué Dios permite que muera injustamente si realmente estaba cumpliendo y llevando a cabo lo que Dios mismo tenía planeado para la humanidad? ¿Fue Jesús abandonado por Dios justamente en el momento más crucial de su vida?

Estas preguntas son las que precisamente embargaron la vida de los discípulos de Jesús. Cuando el proyecto de Jesús se mostraba ante los ojos de los demás como exitoso nadie se cuestionaba si Jesús estaba respaldado por Dios. Es más, todo apuntaba hacia el hecho de que efectivamente Dios estaba respaldando el proyecto de Jesús. Sin embargo, cuando se comenzaron a enfrentar las primeras dificultades y ya finalmente cuando Jesús muere en la cruz, en muchos discípulos entró la duda respecto de si lo que estaba haciendo Jesús estaba siendo respaldado por Dios.

Pareciera ser que la desilusión es algo habitual en el ser humano. Cuando todo nos va bien, cuando parece que el éxito nos acompaña nos sentimos que estamos siendo respaldado por Dios, pero cuando las cosas no resultan, o hay problemas o se bienes las crisis pareciera ser que Dios nos ha abandonado ¿Cuántas veces no nos ha sucedido lo mismo en nuestra vida, incluso en nuestra iglesia?

Efectivamente varios discípulos desilusionados dejaron a un lado el proyecto del reino de Dios y volvieron a sus hogares. Ejemplos encontramos varios en los evangelios: Era sólo un profeta más, Era tan solo un buen maestro, los pecadores volvieron a sus barcas a pescar, y en el fondo de su ser Jesús había sido un justo más desamparado por Dios. Hasta pareciera que Jesús mismo en la cruz se sintió abandonado. Sin embargo, ¿había sido realmente abandonado por Dios?

Pero lo que intentan señalarnos los evangelios es justamente lo contrario. Dios no había abandonado a Jesús ni el proyecto que el estaba encarnando. Dios aún mantenía su respaldo. Dios aún mantenía su fidelidad para con Jesús y su proyecto. Y es en el momento cuando más sentía abandonado Jesús que Dios estaba más cerca. Dios estaba padeciendo los sufrimientos de la cruz tal como lo estaba haciendo Jesús. Dios estaba más cerca que nunca, Dios estaba en Jesús. Cuando se estaba rechazando a Jesús se estaba rechazando a Dios. Cuando se estaba azotando a Jesús se estaba azotando a Dios. Cuando Jesús daba su último suspiro era Dios quien estaba dando su último suspiro.

La fidelidad de Dios a Jesús y su proyecto era tal que la muerte no podía tener la última palabra y en este contexto es el que se enmarca la fe en la resurrección de Jesús. La resurrección de Jesús es la fidelidad de Dios para con la vida de Jesús y su proyecto. Jesús había encarnado el proyecto de Dios y este en ningún momento lo abandonó sino que se identificó a tal punto con Jesús que no podía dejar que su vida terminará con la muerte, sino que tenía que triunfar la vida sobre la muerte, tenía que triunfar la muerte sobre el pecado.

Cuando conmemoramos la muerte y resurrección de Jesús estamos celebrando el triunfo del proyecto de Dios. Celebramos que es posible vivir y experimentar el nuevo orden de relaciones que anunció y experimentó Jesús en vida, celebramos la continua presencia de Jesús en la vida de los discípulos de Jesús que ahora llamamos iglesia. Celebramos la fidelidad de Dios para con cada uno de nosotros y celebramos la oportunidad que nos da nuevamente Dios de poder experimentar en el presente una vida feliz, plena, en paz y armonía. Celebramos nuestro compromiso de anunciar y vivir el reino tal como lo hizo y los está haciendo Jesús hasta el día de hoy acompañándonos día a día en nuestra vida cotidiana.

El libro de los Hechos nos relata un evento sumamente especial con que quisiera terminar esta reflexión. Este libro nos dice que Pedro, uno de los discípulos de Jesús, uno que se había decepcionado, uno que creía que Jesús había sido abandonado por Dios pero que después fue restituido en su fe, se dirigió a una multitud de personas que se encontraban en Jerusalén de la siguiente manera:

Pueblo de Israel, escuchen esto: Jesús de Nazaret fue un hombre acreditado por Dios ante ustedes con milagros, señales y prodigios, los cuales realizó Dios entre ustedes por medio de él, como bien lo saben. Éste fue entregado según el determinado propósito y el previo conocimiento de Dios; y por medio de gente malvada, ustedes lo mataron, clavándolo en la cruz. Sin embargo, Dios lo resucitó, librándolo de las angustias de la muerte, porque era imposible que la muerte lo mantuviera bajo su dominio.

Por tanto, sépalo bien todo Israel que a este Jesús, a quien ustedes crucificaron, Dios lo ha hecho Señor y Mesías». Cuando oyeron esto, todos se sintieron profundamente conmovidos y les dijeron a Pedro y a los otros apóstoles: —Hermanos, ¿qué debemos hacer?

La pregunta que hicieron es tos judíos al escuchar a Pedro es la que efectivamente nos podemos estar haciendo: ¿Qué debemos hacer? Pedro en esa oportunidad contestó:

Arrepiéntase y bautícese cada uno de ustedes en el nombre de Jesucristo para perdón de sus pecados —les contestó Pedro—, y recibirán el don del Espíritu Santo.

Eso que Pedro contestó es lo mismo que podemos decir de la siguiente manera: Si realmente deseas que tu vida sea plena, feliz, de armonía y de paz, debes reconocer que la única forma es dejándote guiar por la voluntad de Dios. La voluntad de Dios no es una obligación es una decisión voluntaria. Luego de reconducir tu vida de acuerdo a la voluntad de Dios deber ser parte de una comunidad de discípulos (el sentido de ser bautizados) por que es en una comunidad donde puedes poner en práctica los valores que Jesús promovía y te conducen a la tan anhelada vida plena.

¿Te has sentido abandonado por Dios? Ten la plena confianza de que así como Dios jamás abandonó a Jesús tampoco te abandonará a ti. Y cuando te sientas más afligido y lleno de problemas es cuando Dios está más cerca de ti. La fidelidad de Dios permanece para siempre y es gracias a ella que obtenemos una vida plena y feliz.

¿Sientes que tu vida aún no esta encaminada de acuerdo a la voluntad de Dios? Este puede ser el momento de encausar tu vida y comenzar una nueva vida bajo los valores del Reino de Dios.

¿Por mucho tiempo te has considerado cristiano o cristiana pero te a costado vivir los valores propuestos por Jesús o pensabas que ser cristiano tenía que ver con otras cosas más religiosas y no habías podido experimentar la nueva vida que ofrece el Reino de Dios? Puede ser este el momento oportuno de volver a comenzar.

TRÁFICO DE RELIGIOSIDAD


“Viendo a lo lejos una higuera que tenía hojas, fue a ver si hallaba algún fruto. Cuando llegó a ella sólo encontró hojas, porque no era tiempo de higos. «¡Nadie vuelva jamás a comer fruto de ti!», le dijo a la higuera. Y lo oyeron sus discípulos”.

(Marcos 11:13-14)

Quien tenga la percepción de Jesús como un corderito manso y humilde, bastante estoico, chocará de frente con uno de los episodios más polémicos de su vida y que desencadenarán la ira de los poderes religiosos de Jerusalén que no querrán otro cosa que matarle.

Es extraño ver en los evangelios a Jesús maldiciendo una higuera porque no tenía frutos siendo que no era la temporada de higos ¿Parece que Jesús no durmió bien? ¿Se levantó malhumorado y con el pie izquierdo? ¿Por qué mejor no se quedó acostado? ¿Si tenía hambre, porqué no se preparó algo antes de salir de la casa? ¿Qué culpa tenía la higuera? Todas estas preguntas son posibles de hacer, sin embargo, el episodio narrado cobra sentido y relevancia si lo entendemos como un símbolo plástico y didáctico al más puro estilo de los profetas del Antiguo Testamento. Este símbolo está estrechamente conectado con el relato de Jesús en el Templo.

Cuando llegaron a Jerusalén, Jesús entró en el Templo y comenzó a echar a los que vendían y compraban en él. Derribó las mesas de los cambistas, desmanteló los puestos de los vendedores de palomas, y prohibió que transportaran cargas por el Templo. Y les enseñaba: “¿Acaso no está escrito: Mi casa será llamada casa de oración para todas las naciones? Pero ustedes la han convertido en una cueva de ladrones”.

Estas acusaciones que hace Jesús son gravísimas en contra la religiosidad oficial de Israel. Acusaciones que se insertan en la tradición profética, específicamente de Isaías y Jeremías.

Siempre hubo sectores en Israel que entendieron que la categoría de pueblo elegido de Dios estaba estrechamente ligado a una funcionalidad más que a un favoritismo. Esta función era la de acercar a las demás naciones al Dios que había conocido Israel. Sin embargo, al poco andar la elección se transformó en favoritismo, y el favoritismo en exclusividad.

La percepción de favoritismo y exclusividad degeneró en una falta de compromiso respecto de las responsabilidades éticas y sociales transformando la religión en un conjunto de rituales desprovistos de todo significado e implicancias para la vida del pueblo.

Exclusividad y ritualismo vacío desprovisto de toda implicancia ética hicieron que la religión de Israel en tiempos de Jesús se asemejara a una higuera estéril que no era capaz de dar frutos cuando se necesitaba. En lo esencial, desde la perspectiva de Jesús, no se trata de dar frutos en un tiempo determinado sino que cuando la necesidad lo amerite. Es decir, en todo tiempo.

En vez de acercar a Dios a las personas, Israel montó un aparataje burocrático que más bien alejaba a Dios de las personas. El Dios de la religión judía, era el innombrable, un Dios lejano, totalmente trascendente. La imagen de ese Dios era la de un juez que castigaba a quienes no cumplían con las leyes y premiaba a los piadosos. Así las cosas, era bastante simple saber quienes estaban siendo favorecidos por Dios y quienes no. Desde esta cosmovisión, los pobres eran despreciados por cuanto su pobreza era el testimonio encarnado del juicio de Dios a sus pecados, mientras que los ricos eran los bienaventurados de la sociedad judía por cuanto sus riquezas eran el vivo testimonio del favor de Dios. Los enfermos – ciegos, cojos, paralíticos, leprosos, etc. –, sufrían el juicio de Dios por sus pecados, mientras que los sanos lo eran por su piedad.

En este contexto Jesús viene a derrumbar todo el sistema religioso judío. El Dios de Jesús es el Dios/Padre amoroso. El Dios cercano a las personas. Es el que dice: “Bienaventurados los pobres, porque de ellos es el reino de Dios”. Es el Dios que viene a sanar las heridas, sufrimientos y miserias de los hombres y mujeres. Es el Dios defensor de la causa de los más humildes. Es el Dios que viene a hacer justicia y a defender a su rebaño de los lobos que lo único que hacen es acaudalar riquezas a costa de los más humildes.

Es lamentable que las palabras de Jesús nos calen tan hondo en este tiempo que estamos viviendo. Las palabras pronunciadas hacia la religiosidad de Israel, ahora nos las pronuncia contra nosotros mismos. Al igual que Israel hemos montado un sistema religioso excluyente que al igual que antaño determina quienes son los privilegiados y quienes son los desfavorecidos por Dios. Hemos construido todo un sistema perverso que cumple la función de categorizar a las personas. Quienes no cumplen con las normas establecidas por este monstruoso sistema son catalogados de viles, pecadores, merecedores del infierno. Quienes cumplen al pie de la letra los requerimientos religiosos son los santos, los virtuosos y merecedores de el cielo. Quienes sufren debe ser porque no cumplen con los requerimientos establecidos y quienes tienen una vida agradable y buen pasar es porque ya son perfectos ante Dios y son fieles a las reglas del sistema. En un sistema así todo funciona perfectamente y todo es predecible, pero, ¿realmente Dios puede ser tan predecible?

Me parecen aberrantes las palabras de Pat Robertson quien señaló que lo acontecido en Haití no es más que el juicio de Dios debido a los pecados de dicha nación. Lo más lamentable es que muchas personas piensan lo mismo que este cretino reconocido como el líder religioso más influyente de EEUU.

Dios si realmente estas de detrás de todo esto, en este mismo instante renunció a ti y me hago merecedor de todos lo desastres que afectan a estos pobres hermanos desvalidos. Prefiero el infierno a un cielo lleno de miserables santurrones. Sin embargo, tengo fe en que tú no eres así, creo profundamente que tú eres el Dios de Jesús y que todo este sistema aberrante no es más que un tráfico de religiosidad.

¿TEÓLOGO DE LA LIBERACIÓN?


iglesia-puebloHace un tiempo que se han venido levantando rumores sobre mi persona. Lo que molesta un poco es que dichas personas no se atrevan a decirlo en la cara. Bueno el rumor dice llanamente que soy un teólogo de la liberación y que se debe tener cuidado con mis posturas teológicas.

Créanme que me siento alagado con que me tilden primeramente de teólogo y mucho más de teólogo de la liberación. Sin embargo, dudo que estas personas entiendan qué significa ser un teólogo de la liberación.

La Teología de la Liberación es una corriente teológica católica que comenzó en Iberoamérica después del Concilio Vaticano II y la Conferencia de Medellín (Colombia, 1968). Intenta responder a la cuestión que los cristianos de América Latina se plantean, cómo ser cristiano en un continente oprimido. ¿Cómo conseguir que nuestra fe no sea alienante sino liberadora?

No voy hacer una presentación formal de la teología de la liberación, cosa que no es objeto de esta reflexión, sin embargo, habría que decir que en el centro de esta teología está, por un lado una reflexión primera sobre la praxis, y por otra, el acento sobre los pobres como objeto preferencial de Dios y la iglesia, y como sujeto hermenéutico de la Biblia.

Desde mi formación inicial como teólogo y actualmente como pastor y profesor de teología me he ido convenciendo cada vez más sobre la necesidad de reformular los aspectos típicos del pensamiento evangélico en Latinoamérica. Por mucho tiempo se ha venido practicando un cristianismo evangélico que enfatiza en una salvación futura y donde lo que interesa es el alma del ser humano.

Creo que los evangelios y la Biblia en general nos muestran un modelo distinto. Jesús habló del reino de Dios. Un Reino que se hacía presente en la vida de las personas en forma concreta. Sanar, compartir la mesa, romper con el círculo de la exclusión y la violencia, entre otros, eran parte de la práctica de Jesús. La salvación es algo que se comienza a vivir en el presente; el evangelio no sólo tiene implicancias espirituales, sino que también sociales, económicas, éticas, políticas, etc. El evangelio se vive en la integralidad del ser humano.

En este camino formativo debo confesar que han sido importantes las reflexiones de teólogos de la liberación como Leonardo Boff, Jon Sobrino, Gustavo Gutiérrez, Ignacio Ellacuría, Frei Betto, Pedro Casaldáliga, Pablo Richard, el testimonio mismo de Oscar Romero. Sin embargo, mucho más importantes para mi vida ha sido la reflexión teológica que se ha venido gestando en la Fraternidad Teológica Latinoamericana en figuras cómo René Padilla, Samuel Escobar, Juan Stam, Sidney Roy, Pedro Arana, Oscar Pereira, Omar Cortés. Junto a estos últimos dos que fueron mis profesores del Seminario Teológico Bautista, Víctor Rey ha sido importantísimo por compartir juntos la labor pastoral en nuestra comunidad. También ha sido importante descubrir la vertiente anabautista, especialmente la reflexión de teólogos cómo Juan Driver y John H. Yoder.

Si por creer que el evangelio se debe entender de forma integral – es decir, tiene implicancias para la totalidad del ser humano y la sociedad – soy considerado un teólogo de la liberación, créanme que me halagan, sin embargo, no me considero como tal, hay algo sumamente importante y Dios quiera me ayude para lógralo, una vida total al servicio de los más necesitados.