EL PADRE AMOROSO


Quisiera recordarles una parábola contada por Jesús a sus discípulos. Nos dice que un padre tenía dos hijos. Un día el menor de ellos le dice a su padre que le entregue su herencia pues pensaba irse de la casa. El padre accede a la petición y el hijo se va de su casa para recorrer el mundo y divertirse sin medir consecuencias ni tampoco escatimar en gastos. Fueron tantos los excesos  y la juerga del hijo menor que se quedó sin dinero teniendo que trabajar cuidando cerdos, uno de los oficios más humillantes que había entonces. Cansado de tanta humillación el hijo decide volver a la casa de su padre esperando tan sólo tenga compasión de él y le diera un trabajo para poder sostenerse. Grande fue su sorpresa cuando ve que su padre le sale al encuentro corriendo al borde de las lágrimas. El hijo menor había regresado, el padre estaba feliz y tanta alegría ameritaba la mejor fiestonga (fiesta).

Pero la historia no termina alli, el hemano mayor, que regresaba de sus quehaceres en el campo oyó desde lejos la música del baile y cuchicheando con los siervientes averiguó que su hermano había regresado. Indignado no quiso participar de la celebración. El padre al ver que su hijo mayor no quiere participar del festín también le sale al encuentro y le suplica que participe, sin embargo, se encuentra con una lluvia de reproches. Este, el hijo mayor,  gritándole le dice:

“¡Fíjate cuántos años te he servido sin desobedecer jamás tus órdenes, y ni un cabrito me has dado para celebrar una fiesta con mis amigos!¡Pero ahora llega ese hijo tuyo, que ha despilfarrado tu fortuna con prostitutas, y tú mandas matar en su honor el ternero más gordo!”

El padre cariñosamente le dice:

“Hijo querido (Hijo mío), tú siempre estás conmigo, y todo lo que tengo es tuyo. Pero teníamos que hacer fiesta y alegrarnos, porque este hermano tuyo estaba muerto, pero ahora ha vuelto a la vida; se había perdido, pero ya lo hemos encontrado.”

Esta parábola que comúnmente hemos conocido como la parábola del hijo pródigo, en realidad debería llamarse la parábola del padre amoroso. Y refleja el incondicional amor de nuestro Dios Padre. Como hijos suyos tenemos siempre la tendencia a alejarnos de él, a malgastar nuestra vida en cosas insignificantes y sinsentido. Sin embargo, recuerda que Dios no es un padre rencoroso, ni mucho menos violento. Nuestro Dios es un Padre amoroso que está dispuesto a salir corriendo a nuestro encuentro y a preparar la mejor fiesta si un día decidimos retomar el camino que nos lleva hasta él.

También nos hace una advertencia si es que estamos en la vereda contraria: “no te enfades ni te pongas envidioso(a) cuando veas que el amor de nuestro padre es ilimitado y alcance para el que menos  esperas.

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ADIÓS JOSÉ COMBLIN


Como hemos sabido a través de los medios el lunes 28 de marzo falleció el destacado teólogo y biblista José Comblin.

El 16 de Noviembre del 2009 tuve la oportunidad de organizar para la FTL, núcleo de Valparaíso, en conjunto con el movimiento de teologías de la liberación Chile, un encuentro con con el padre Comblin titulado “El Camino: El seguimiento de Jesús”. Es por ello que deseo compartir con ustedes la transcripción de dicha conferencia.

Agradezco a Dios la oportunidad de haber compartido con él y aprender de su experiencia de seguimiento. Que su recorrido sea el impulso que necesitamos para involucrarnos y comprometernos con el seguimiento de Jesús y la causa de los más necesitados de nuestro continente.

Un agradecimiento especial al movimiento de teologías de la liberación Chile por hacer la transcripcción de esta charla.

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EL CIELO SON LOS OTROS


La Biblia utiliza dos imágenes muy potentes para hablar de la relación entre la vida del ser humano y Dios. Se sirve de la imagen del infierno para hablar de lo que puede significar una vida alejada de Dios. Una vida sin Dios es una vida llena de dolor y sufrimiento. En cambio, una vida en relación con Dios es una vida plena y abundante, gratificante, de infinita felicidad. A esto apunta la imagen del cielo.

Jean Paul Sartre, filósofo existencialista declaró que “el infierno son los otros”. Se debe recordar que a Sartre le tocó vivir el periodo de las guerras mundiales y de ahí nace su total pesimismo por la naturaleza humana.

Desde el pensamiento de Jesús podemos afirmar que para él “el cielo son los otros”. La vida plena, abundante y llena de felicidad la encontramos cuando dedicamos nuestra vida al servicio de los más necesitados. La vida de Jesús se presenta como el camino que nos conduce al encuentro con una vida abundante, plena y feliz. Ese camino se presenta como un encuentro con el prójimo que se encuentra en necesidad. Es justamente cuando renuncia a una vida centrada en ti mismo, y das paso a los otros que verdaderamente eres feliz y te sientes en armonía contigo mismo. Por este motivo es que el cielo son los otros.

La buena noticia que las iglesias transformaron en desagradable


Hace tiempo compartí en mi comunidad cristiana un artículo de José María Catillo, Felicidad y alegría en la vida cristiana, que se encuentra en el libro Espiritualidad para Insatisfechos. La presente reflexión se la debo a este artículo y gran parte de lo que escribo esta contenida en la obra de este autor.

Existe un dicho popular que reza que todo lo que está bueno o es pecado o engorda. Lo cierto es que, en alguna medida, este dicho resume todo el mensaje cristiano en este último tiempo. Quien frecuenta una iglesia se dará cuenta que, en el mayor de los casos se invita más al dolor, al sufrimiento y al llanto, más que a la alegría, la risa y la felicidad. Se habla más de la muerte que de la vida. Y cuando se hace referencia a «la vida» va acompañada del adjetivo «eterna». Los templos y su ornamentación, la vestimenta de la gente de iglesia, los cánticos, todo evoca tristeza y como señala José María Castillo, pareciera ser que nos enfrenta más a la muerte que a la vida. Seguramente esto es lo que explica, al menos en buena medida, por qué la oferta de felicidad y bienestar que hace la sociedad actual tiene más poder sobre el común de la gente que la oferta de bienaventuranzas eternas que hacen las religiones.

Evangelio significa «buena noticia». El evangelio tiene por contenido a Jesús y su mensaje sobre el Reino de Dios. Jesús hablaba de tal manera que la felicidad que la religión oficial de su tiempo proyectaba al futuro se podía vivir ahora ya, es decir en el presente. Asumir el proyecto cristiano es aceptar y asumir un proyecto de felicidad, gozo y alegría para la vida presente de cualquier persona y de la humanidad completa.

Para Jesús el tiempo de privación y la tristeza se habían terminado. Ahora, comenzamos a vivir el Reino de Dios que se asemeja a una fiesta de bodas a la que somos todos invitados y donde la comida y el vino sobreabundan.

José María Castillo comenta en su libro: «No se trata sólo de que a los cristianos se nos ha secuestrado la alegría y ya no encontramos en el Evangelio un mensaje de felicidad y, menos aún, podemos ver en el mensaje de Jesús un proyecto que encarne la felicidad de vivir. Lo peor de todo es que, al arrancarle al Evangelio su mensaje de felicidad y de alegría, hemos precipitado al cristianismo en una crisis tan profunda que, ya a estas alturas, esa crisis parece humanamente insuperable». La que era buena noticia, la iglesia la ha transformado en desagradable.

Creemos que a Dios le gusta el dolor y el sufrimiento. Aún creemos que Dios necesita de sacrificios. Lo que a Dios le agrada es que seamos felices y gocemos de la vida en cuanto sea posible. Sin embargo la felicidad no es por arte de magia. La felicidad la construimos cada uno y en conjunto. Somos nosotros los que nos hacemos felices. José María Castillo comenta que, «lo que ocurre es que es más exigente y más costoso dar felicidad a los otros que vencer uno mismo sus propios vicios y pasiones. Porque para dar felicidad a los demás, uno tiene que empezar por ser feliz. Y, sobre todo, tiene que hacerse sensible de tal manera a lo que agrada a los otros que tendrá que renunciar a muchas cosas que le agradan a él para que los demás se sientan bien».

¿Qué hacer para recuperar la alegría de las primeras generaciones de cristianos? Concuerdo con José María Castillo que lo más urgente que debemos hacer es:

1. Abandonar para siempre el Dios violento y amenazante del Antiguo Testamento. Y poner, en su lugar, el Dios que se nos reveló en el hombre Jesús de Nazaret.

2. Abandonar para siempre la ética del deber y las obligaciones. Y poner, en su lugar, la ética de la necesidad o, más exactamente, la ética de las necesidades fundamentales y básicas que tiene la gente.

3. Abandonar para siempre la espiritualidad del dolor y el sacrificio. Y poner, en su lugar, la espiritualidad de la felicidad, es decir, la espiritualidad que se plantea como proyecto de vida hacer felices a las personas que están a nuestro alcance.

Jesús soñaba con que la gente viviera atenta a lo que hace felices a otros, el mismo fue sensible a lo que daba alegría a los demás. Cuando, en la boda de Cana, convirtió el agua en vino, no sabemos si hizo un milagro para demostrar que era Dios. Y no sabemos eso porque no tenemos una idea clara sobre si eso estaba en su mente o si es una disquisición de los cristianos. Lo que sabemos con seguridad es que convirtió unos seiscientos litros de agua, que estaban destinados a las purificaciones rituales de los judíos, en el mejor vino que allí se podía beber. O sea, lo que realmente hizo Jesús fue convertir la obligación religiosa en el gozo y la alegría que produce el mejor vino.

José María Castillo termina su artículo diciendo lo siguiente: «Sueño con el día en que los cristianos vivamos la mística de la felicidad. Sueño con ver una Iglesia que convierta el agua de sus rituales en vino de fiesta de bodas, fiesta de vida y hasta de exceso y disfrute. Sueño con la religión de los que hacen reír, aunque quien hace eso esté llorando por dentro. Sueño con un mundo más soportable y una vida más llevadera. El mundo y la vida que hacen los que, en cualquier caso, consiguen que los demás se sientan mejor cada día».

Para terminar, una observación importante: la felicidad no se impone por mandato ni se enseña como doctrina. La felicidad se contagia, es decir, el que es feliz, hace felices a los que le rodean y conviven con él. La capacidad de contagiar felicidad es determinante para quien quiere hablar de Dios.

Como José María Castillo, también sueño en el día en que nuestras iglesias dejen de ser un servicio fúnebre, centro de batallas por el poder y camisas de fuerza. Sueño con que un día las iglesias se transformarán en una manifestación visible de esa gran fiesta del reino de Dios en la que están todos invitados no importando su condición. Esa gran fiesta en la que la comida y el vino sobreabundan.

TRÁFICO DE RELIGIOSIDAD


“Viendo a lo lejos una higuera que tenía hojas, fue a ver si hallaba algún fruto. Cuando llegó a ella sólo encontró hojas, porque no era tiempo de higos. «¡Nadie vuelva jamás a comer fruto de ti!», le dijo a la higuera. Y lo oyeron sus discípulos”.

(Marcos 11:13-14)

Quien tenga la percepción de Jesús como un corderito manso y humilde, bastante estoico, chocará de frente con uno de los episodios más polémicos de su vida y que desencadenarán la ira de los poderes religiosos de Jerusalén que no querrán otro cosa que matarle.

Es extraño ver en los evangelios a Jesús maldiciendo una higuera porque no tenía frutos siendo que no era la temporada de higos ¿Parece que Jesús no durmió bien? ¿Se levantó malhumorado y con el pie izquierdo? ¿Por qué mejor no se quedó acostado? ¿Si tenía hambre, porqué no se preparó algo antes de salir de la casa? ¿Qué culpa tenía la higuera? Todas estas preguntas son posibles de hacer, sin embargo, el episodio narrado cobra sentido y relevancia si lo entendemos como un símbolo plástico y didáctico al más puro estilo de los profetas del Antiguo Testamento. Este símbolo está estrechamente conectado con el relato de Jesús en el Templo.

Cuando llegaron a Jerusalén, Jesús entró en el Templo y comenzó a echar a los que vendían y compraban en él. Derribó las mesas de los cambistas, desmanteló los puestos de los vendedores de palomas, y prohibió que transportaran cargas por el Templo. Y les enseñaba: “¿Acaso no está escrito: Mi casa será llamada casa de oración para todas las naciones? Pero ustedes la han convertido en una cueva de ladrones”.

Estas acusaciones que hace Jesús son gravísimas en contra la religiosidad oficial de Israel. Acusaciones que se insertan en la tradición profética, específicamente de Isaías y Jeremías.

Siempre hubo sectores en Israel que entendieron que la categoría de pueblo elegido de Dios estaba estrechamente ligado a una funcionalidad más que a un favoritismo. Esta función era la de acercar a las demás naciones al Dios que había conocido Israel. Sin embargo, al poco andar la elección se transformó en favoritismo, y el favoritismo en exclusividad.

La percepción de favoritismo y exclusividad degeneró en una falta de compromiso respecto de las responsabilidades éticas y sociales transformando la religión en un conjunto de rituales desprovistos de todo significado e implicancias para la vida del pueblo.

Exclusividad y ritualismo vacío desprovisto de toda implicancia ética hicieron que la religión de Israel en tiempos de Jesús se asemejara a una higuera estéril que no era capaz de dar frutos cuando se necesitaba. En lo esencial, desde la perspectiva de Jesús, no se trata de dar frutos en un tiempo determinado sino que cuando la necesidad lo amerite. Es decir, en todo tiempo.

En vez de acercar a Dios a las personas, Israel montó un aparataje burocrático que más bien alejaba a Dios de las personas. El Dios de la religión judía, era el innombrable, un Dios lejano, totalmente trascendente. La imagen de ese Dios era la de un juez que castigaba a quienes no cumplían con las leyes y premiaba a los piadosos. Así las cosas, era bastante simple saber quienes estaban siendo favorecidos por Dios y quienes no. Desde esta cosmovisión, los pobres eran despreciados por cuanto su pobreza era el testimonio encarnado del juicio de Dios a sus pecados, mientras que los ricos eran los bienaventurados de la sociedad judía por cuanto sus riquezas eran el vivo testimonio del favor de Dios. Los enfermos – ciegos, cojos, paralíticos, leprosos, etc. –, sufrían el juicio de Dios por sus pecados, mientras que los sanos lo eran por su piedad.

En este contexto Jesús viene a derrumbar todo el sistema religioso judío. El Dios de Jesús es el Dios/Padre amoroso. El Dios cercano a las personas. Es el que dice: “Bienaventurados los pobres, porque de ellos es el reino de Dios”. Es el Dios que viene a sanar las heridas, sufrimientos y miserias de los hombres y mujeres. Es el Dios defensor de la causa de los más humildes. Es el Dios que viene a hacer justicia y a defender a su rebaño de los lobos que lo único que hacen es acaudalar riquezas a costa de los más humildes.

Es lamentable que las palabras de Jesús nos calen tan hondo en este tiempo que estamos viviendo. Las palabras pronunciadas hacia la religiosidad de Israel, ahora nos las pronuncia contra nosotros mismos. Al igual que Israel hemos montado un sistema religioso excluyente que al igual que antaño determina quienes son los privilegiados y quienes son los desfavorecidos por Dios. Hemos construido todo un sistema perverso que cumple la función de categorizar a las personas. Quienes no cumplen con las normas establecidas por este monstruoso sistema son catalogados de viles, pecadores, merecedores del infierno. Quienes cumplen al pie de la letra los requerimientos religiosos son los santos, los virtuosos y merecedores de el cielo. Quienes sufren debe ser porque no cumplen con los requerimientos establecidos y quienes tienen una vida agradable y buen pasar es porque ya son perfectos ante Dios y son fieles a las reglas del sistema. En un sistema así todo funciona perfectamente y todo es predecible, pero, ¿realmente Dios puede ser tan predecible?

Me parecen aberrantes las palabras de Pat Robertson quien señaló que lo acontecido en Haití no es más que el juicio de Dios debido a los pecados de dicha nación. Lo más lamentable es que muchas personas piensan lo mismo que este cretino reconocido como el líder religioso más influyente de EEUU.

Dios si realmente estas de detrás de todo esto, en este mismo instante renunció a ti y me hago merecedor de todos lo desastres que afectan a estos pobres hermanos desvalidos. Prefiero el infierno a un cielo lleno de miserables santurrones. Sin embargo, tengo fe en que tú no eres así, creo profundamente que tú eres el Dios de Jesús y que todo este sistema aberrante no es más que un tráfico de religiosidad.

Que significa ser evangélico


Me confieso. Soy evangélico y me cuesta reconocerlo.

Es probable que cuando usted escucha esa palabra le genere una sensación de animosidad. Tal vez le genere indiferencia. Puede ser que mientras está leyendo estas primeras líneas lo haga con cierta desconfianza. Los motivos pueden estar totalmente justificados.

Por mucho tiempo hemos contribuido a formar en las personas una imagen estereotipada de lo que es ser evangélico que en más de alguno produce rechazo. Quizás no sea tan así y tengas una percepción más positiva.

Lo cierto es que en la mayoría de los casos, cuando decimos “evangélico” nos imaginamos a personas que cada domingo, sea por la mañana o en la tarde, caminan por fuera de nuestra casa en dirección a un punto de encuentro llamado “templo”. Sea con frío o con calor, los hombres visten de terno y corbata, mientras que las mujeres vestidos y pelo alargado. Generalmente, llevan en su brazo una Biblia y otro libro más pequeño llamado himnario. Es probable que en más de una oportunidad te encontraras con un grupo parado en una esquina hablando a viva voz del cielo, el infierno, pecado, pecadores, salvación y arrepentimiento. Quizás escuchaste palabras e imágenes lingüísticas que no entendiste como amén, aleluya, vil, “cordero santo” entre otras.

Esta descripción que hemos hecho corresponde a los hábitos de muchos “evangélicos” de hoy en día, sin embargo, ser evangélico no tiene absolutamente nada que ver con eso. Ser evangélico es creer y vivir plenamente el proyecto de Dios para los seres humanos.

Hace dos mil años atrás, un hombre llamado Jesús de Nazareth, decidió compartir a sus coterráneos un evangelio, es decir, una buena noticia. Jesús comenzó a hablarles a los demás de que el Reino de Dios estaba cerca y que debían arrepentirse. ¿Qué quería decir Jesús con estas palabras?

Con estas palabras Jesús estaba declarando lo siguiente: Dios desde la creación del mundo ha tenido un sueño. Dios siempre ha soñado con que el hombre y la mujer vivan plenamente como si vivieran en un paraíso. Dios siempre ha querido erradicar de nuestro mundo la violencia, el odio, las guerras, la miseria, la pobreza, las injusticias, las opresiones, las enfermedades, etc. Todo aquello que conduce la muerte. Bueno, queridos compatriotas, ahora esto es posible, porque Dios ha comenzado ya a hacer realidad su sueño. Por lo tanto, lo que debemos hacer es dejar de hacer todas estas cosas, aceptar y experimentar el sueño de Dios en nuestras vidas.

Jesús no sólo habló de esta buena noticia, sino que, toda su vida la dedico a demostrar con hechos de que el sueño de Dios era posible. Para ello formó un pequeño grupo de discípulos destinados a vivenciar el sueño de Dios en sus vidas. La forma de hacer patente la realidad del sueño de Dios era bastante sencilla y radical. Si en el mundo existe violencia, Jesús y sus seguidores optaron por una vida regida por la paz. Si en el mundo existe injusticia, las relaciones sociales de la comunidad de discípulos apuntaban hacia la justicia. Si en el mundo existe pobreza, la comunidad de discípulos de Jesús compartía sus bienes como una forma de erradicar la pobreza. Si en el mundo impera la exclusión, la comunidad de discípulos era inclusiva. Si en el mundo lo que impera son las relaciones entorno al poder, la comunidad era una comunidad servidora.

En definitiva, podemos decir que la comunidad de discípulos de Jesús era una comunidad evangélica. Esto es porque era una comunidad que había creído y vivía la buena noticia (evangelio) que Jesús de Nazareth había compartido con ellos.

Hubo muchos que no creyeron la buena noticia de Jesús. En su mayoría eran quienes se sentían perjudicados con la noticia de Jesús. Es decir, gente poderosa que no quiso renunciar a su condición de poderosos y dominadores. Por eso es que decidieron matar a Jesús. Sin embargo, a luz de las fe en Dios, estos discípulos experimentaron en sus vidas algo asombroso; Dios había resucitado a Jesús. La buena noticia era real y posible, porque Dios estaba tan comprometido con la realización de su sueño que no había permitido que la violencia y la muerte vencieran sobre Jesús.

Ser evangélico, significa creer y experimentar la buena noticia proclamada por Jesús. Es creer que Dios continúa llevando a cabo la realización de su sueño en el presente. Es pertenecer a una comunidad de discípulos que experimentan en sus vidas el sueño de Dios, tanto para hombre como para mujeres. Es cierto, aún no se ha concretado plenamente, sin embargo, pronto lo estará. Pero eso no significa no hacer nada, al contrario, significa comenzar a vivir ya la realización del sueño de Dios. Esa es la esencia de la conversión.

Ser evangélico no es el estereotipo que se ha impuesto socialmente, sino que el evangélico es y será quien crea y encarne el proyecto de Dios en su vida. Tú puedes ser una persona católica, protestante u ortodoxa, y ser evangélico porque crees y vives el sueño de Dios. Puedes no practicar una religión tradicional, y sin embargo, creer y experimentar el sueño de Dios para el ser humano.

Debo reconocer que también hay personas que dicen ser “evangélicos”, tener una “tradición evangélica” y creer en Jesús, pero en la realidad, no experimentar la buena noticia de Jesús. Muchos creen que el cristianismo se compone de un conjunto de dogmas y creencias, sin embargo, ser cristiano y ser evangélico es un estilo de vida que encarna el sueño de Dios.

Cuando digo que soy evangélico me gustaría que las personas se imaginaran a una persona que cree y vive la buena noticia de Jesús. No quiero que se imaginen a un loco que viste de traje, vocifera y manda a las personas al infierno.

Ojala que todos algún día viéramos que la buena noticia de Jesús es posible. Ojala que todos algún día pudiéramos creer que el sueño de Dios se está llevando a cabo. Nuestro mundo sería cada vez más como un paraíso, podríamos vivir una vida más plena y seríamos un poco más felices. Seríamos evangélicos en el correcto sentido de la palabra.

Sobre barcas, mar y tormentas


En estos últimos años cada vez que camino por el borde costero pongo mi mirada en el mar. Mi infancia y mi adolescencia la viví en un pequeño pueblo del sur de Chile. Mi pueblo se encuentra más cercano a la cordillera que al mar, por lo tanto, el mar no era para mí algo cotidiano. De hecho hasta mis 20 años habré conocido unas 3 veces el mar, y toda la realidad que este encierra y le rodea.

pordosol-com-pescadorHoy, el mar representa una realidad cotidiana ya que basta con mirar por mi ventana y ahí está. Mucho más cercano y significativo es el mar, por ejemplo para un pescador artesanal. El mar representa su vida; representa el sustento diario para él y para su familia.

Muchas veces hemos visto el mar en verano, tranquilo y con una suave brisa. Pero también muchas veces hemos visto el mar en invierno; fuertes vientos y gigantescas olas amenazantes. A nadie le gustaría estar cerca en ese momento. Intento imaginarme lo que puede sentir un pescador que se interna mar adentro con una suave brisa y un mar en absoluta tranquilidad. Intento imaginarme lo que siente ese pescador cuando esa absoluta tranquilidad se transforma en una terrible tempestad que amenaza su vida. Intento imaginar lo que puede sentir también la familia de ese pescador que se encuentra de cara a una tormenta en una embarcación de fragilidad extrema.

poster_tormenta_gEs curioso. Los evangelios nos muestran una escena bastante similar. En una oportunidad los discípulos de Jesús, muchos de ellos pescadores, se internan en el mar junto a su Maestro y lo que parecía un viaje bastante tranquilo se convierte en una tormenta. El evangelio nos dice que se desató una tormenta, con un viento tan fuerte que las olas caían sobre la barca, de modo que se llenaba de agua. No estamos hablando de un gran barco pesquero de esos industriales, sino de un pequeño bote de pescadores artesanales.

El evangelio nos cuenta que Jesús se encontraba durmiendo mientras los discípulos intentaban salvarse. En medio de la desesperación le gritan a Jesús: ¡Maestro! ¿No te importa que nos hundamos? ¿No te importa que nos muramos?

Jesús se levantó y dio una orden al viento, y dijo al mar: ¡Silencio! ¡Quédate quieto! El viento se calmo y todo quedó completamente tranquilo. Después Jesús mirando a sus discípulos les pregunta: ¿Por qué están asustados? ¿Todavía no tienen fe?

Siempre me he preguntado por el significado de este relato, o por qué era tan importante como para persistir en la memoria de los creyentes. El evangelio de Juan nos dice que Jesús hizo muchas cosas y que se necesitarían muchos libros para poder escribir todo lo que hizo y dijo. Pero este es uno de esos relatos que era importante recordar ¿Cuál es la importancia? ¿Querían demostrar con este relato el poder de Jesús? Es posible. Pero quiero contarles algo, hay algo mucho más importante para Jesús que demostrar su poder, y esa es la vida. Jesús se preocupo de la vida de sus discípulos.

3909061-mdLa muerte de Jesús significó una gran tormenta para la vida de los discípulos y de la comunidad cristiana que emergía. Sin embargo, una fuerza en su interior los impulsó a continuar. Las palabras y vivencias junto al Maestro hacían que sus corazones ardieran. Esas palabras y vivencias impulsaron a los discípulos a ver que la vida no termina en un Viernes Santo sino en Domingo de Resurrección.

En medio de todo el sufrimiento producido por la pérdida del Maestro, los discípulos se dieron cuenta que la vida se parece a una frágil barca navegando mar adentro. Entendieron que hay momentos de la vida en que parece que navegamos en un mar apacible, tranquilo y con una suave y cálida brisa. Pero también entendieron que hay momentos en que navegamos en medio de una tormenta con un viento tan fuerte que parece que nos hundimos.

pescadorY donde todos vemos solo sufrimiento y nos parece que nos hundimos, los discípulos de Jesús experimentaron en sus vidas que no estaban solos. Se dijeron unos a otros en esta barca no estamos solos, sino que con nosotros está el Señor que fue capaz de calmar la tormenta. Con los ojos de la fe vieron que el maestro no dormía. Estaba vivo y calmando la tormenta.

¿Eres de esos que cree que la vida se parece a una barca mar adentro? ¿Te has sentido en una gran tormenta y que el Maestro duerme? El maestro te pregunta: ¿Por qué te asustas? ¿Por qué no confías?