EL CAMINO DE LA TEOLOGÍA EN LA HISTORIA Y LOS PROBLEMAS DEL PRESENTE


La presente reflexión la escribí en el 2008, revisando algunos archivos la encontré, creo que nunca la publiqué. Bueno la dejo a su disposición.

¿Se imaginan cómo capitanes de un barco que navega por el océano? ¿Cómo reaccionarías si de un instante a otro todos los instrumentos satelitales de navegación dejaran de funcionar? ¿Qué tal si la única forma para poder dirigir el barco hacia su destino es un viejo mapa, manchado por la humedad y donde solo es posible distinguir fragmentos?

Lo cierto es que aquellos mapas que daban orden y sentido a nuestra existencia, en el presente se han manchado y no nos permiten ver la realidad en su totalidad, sino que de manera fragmentaria. La idea de totalidad hoy es cuestionada por cuanto representaría una racionalidad superior ajena a los datos empíricos. Hoy somos concientes de que es posible ver solo un aspecto, una perspectiva de la totalidad.

Esto que hemos dicho respecto de la realidad ha venido a cuestionar profundamente a la teología desde la modernidad. Durante los primeros siglos del cristianismo, la reflexión y el discurso sobre Dios sirvió principalmente a dos objetivos: fortalecer la vida espiritual de los cristianos y configurar las recientes instituciones de la Iglesia al desear el cristianismo definir su identidad y sus fronteras.

En la Edad Media y, sobre todo, con el nacimiento de las grandes universidades medievales, la teología siguió practicándose como actividad espiritual orientada a nutrir a la relación de los creyentes con lo divino, pero también se fue convirtiendo cada vez más en una disciplina dedicada a la reflexión racional y al conocimiento obtenido del mundo. La teología reinó de estos dos modos en la cumbre del pensamiento occidental como centro unificador de la reflexión y la praxis cristiana y también como la sede principal en la que no sólo se disputaban las cuestiones relativas sobre el mejor modo de conocer y servir a Dios, sino también sobre qué podría decirse en verdad en torno al mundo.

Considerada en un tiempo como la “reina de las ciencias”, como articuladora de una interpretación holística de la realidad en la que todas las entidades finitas encontraban su propio lugar y en torno a la que se organizaba y regulaba toda la actividad intelectual, se vio progresivamente cuestionado con la llegada de la Modernidad.

La Modernidad fue minando progresivamente la hegemonía de la religión y la razón, especialmente en su modalidad científica, comenzó a ofrecer interpretaciones alternativas de la realidad con respecto a los esquemas religiosos que habían configurado la imaginación occidental durante milenios e incluso desarrolló nuevos criterios para determinar la verdad en un mundo cada vez más pluralista. Así como una vez la religión y la teología, como su expresión formal, dominaron las creencias y las

prácticas, ahora era la razón, especialmente la razón científica, la que se convirtió en la piedra clave de la vida moderna, sobre todo en lo que vino a conocerse como la Ilustración2.

En la actualidad la razón ha sido puesta bajo sospecha y severamente cuestionada. La realidad que vivimos se parece a nuestra imagen del barco a la deriva sin los instrumentos que permiten dirigirnos de un punto A al B. El acceso a la realidad es fragmentaria y las distintas disciplinas de estudio compiten unas con otras por hacerse un lugar hegemónico.

¿En que situación se encuentra actualmente la teología? ¿Qué función cumple? ¿Qué oportunidades tiene para hacerse de una voz legítima en medio del pluralismo en el que actuamos como seres humanos? ¿En que medida su acercamiento a la realidad es fundamental para el ser humano? Estas preguntas me gustaría desarrollarlas próximamente.

UNA TAREA URGENTE: CONSTRUIR UN NUEVO ROSTRO EVANGÉLICO


Cuando se me solicitó escribir este artículo en relación al CLADE V se me sugirió que compartiera mis expectativas sobre dicho congreso. Antes que todo, soy un joven teólogo y pastor de una comunidad cristiana evangélica latinoamericana de identidad bautista, y lo señalo básicamente porque desde esa condición es que deseo compartir mis esperanzas sobre el CLADE V.

El lema del Quinto Congreso Latinoamericano de Evangelización, CLADE V, es Sigamos a Jesús en su Reino de Vida. ¡Guíanos, Santo Espíritu! Presenta tres ejes temáticos principales: seguimiento de Jesús, Reino de Dios y espiritualidad. Sin embargo, la reflexión guiada por estos tres ejes, no llegará a la profunidad que se requiere si es que no se hacen patentes las disyuntivas que nos presenta el actual rostro del protestantismo evangélico latinoamericano.

Personalmente creo que una de las tareas más imperiosas a las que deben asistir las iglesias evangélicas en Latinoamérica es  a la re-significación de lo evangélico en ellas mismas. Y utilizo el concepto de re-significar porque no solo alude a una re-difinición conceptual, sino que además, a la capacidad de volver a ser significativas, es decir, ser capaces de visibilizar lo re-definido.

En la actualidad las iglesias evangélicas en Latinoamérica presentan un rostro que en estricto rigor no le hace mucho honor a su carácter de evangélicas. Poco a poco el rostro evangélico latinoamericano ha tendido a forjar su identidad sobre la base de una estructura teológica fundamentalista que es necesario reevaluar.

Fe: ¿Contenido o acción?

Si le preguntáramos a un cristiano evangélco en el día de hoy por qué cree en Dios diría básicamente, porque Dios me ama, porque me ha salvado, porque envió a su hijo a morir en un cruz, etc. Pareciera ser que en la modernidad la fe se ha transformado en un creer afirmaciones doctrinales con pretensión de verdad. Esto ha conllevado a que la decisión de creer se zanje en el terreno afirmativo de lo que es verdadero y lo que no es.

Desde esta perspectiva instalada sobretodo en el ámbito del cristianismo protestante, la fe de las personas es medible según la capacidad de afirmar enunciados dogmáticos. De esta manera quien confirma creer en ciertos postulados esenciales podrá confirmar a su vez que cree en Dios, sin embargo, quién no confirma creer en algunos de esos enunciados, no cree en Dios.

Una fe que se debate en el campo de las verdades o certezas en realidad no es fe. No es fe por cuanto el objeto de la fe no es al menos una verdad que pueda constatarse empíricamente. Creer que Dios me ama, o que Dios es el creador, o creer que me salvó, etc., son actos de confianza de segundo orden donde el primer lugar lo ocupa la realidad de Dios. Es decir, para confesar o creer que Dios me ama o me salva, debo primeramente tener fe; luego tener fe que Dios existe. «El mensaje lo oigo bien, ¡mas lo que me falta es la fe!»dice el protagonista del Fausto de Goethe. He aquí la esencia del problema. Por ello la fe no puede ser expresada como un contenido, sino que, más bien como un acto.

Sí no existe ningún argumento racional que de sustento a la existencia de Dios, entonces, ¿qué es la fe? Contrario a las afirmaciones de algunos círculos fundamentalistas, la fe no puede ser un contenido. La fe es una acción. La fe no consiste en afirmar un sinnúmero de enunciados doctrinales, la fe es previa a cualquier enunciado teológico con carácter de verdad, la fe es un profundo acto humano de confianza. Sí digo creo en Dios es porque he abierto mi confianza a experimentar como ser humano la realidad de Dios, y no porque algo o alguien me demostró empíricamente que dicha realidad existe. No creo en Dios por que la Biblia lo dice, no creo en Dios porque la tradición me lo señala, no creo en Dios porque la iglesia lo propone, creo en Dios simplemente porque he tenido la apertura suficiente para confiar en él. En el fondo creemos porque queremos creer.

Por lo tanto, ni un creyente ni un no-creyente pueden demostrar empíricamente el por qué de la decisión de ambos. Solo pueden dar razones para confiar o razones para no confiar.

La Biblia: ¿Lectura literalista o contextual?

El cristianismo evangélico latinoamericano se ha forjado sobre la base de los presupuestos de lahermenéutica literalista, por lo que negarlos te hace acreedor de forma inmediata del título de cristiano liberal o heterodoxo. Sin embargo, el literalismo bíblico es un fenómeno moderno forjado en un contexto particular, con problemáticas específicas del momento histórico y que hemos heredado en gran parte del fundamentalismo religioso norteamericano.

Al investigar sobre el fundamentalismo protestante norteamericano, nos damos cuenta que es la reacción de una fe amenazada por el avance tanto del secularismo, como por las ciencias decimonónicas que negaban la realidad sobrenatural. Tal como lo señala José Míguez Bonino, se podían ensayar dos caminos para responder a esta problemática.

Unos distinguen el nivel de la ciencia del de la religión: el primero es el ámbito de los hechos objetivos; el segundo, el de la experiencia subjetiva, del sentimiento: podríamos decir que es la expresión romántica en la cultura estadounidense. Otros en cambio, conocen un solo criterio de verdad: es el de los hechos y datos concretos de la realidad, que cualquiera puede observar directamente: es el de la tradición del “realismo del sentido común” de origen escoses que predominó en el pensamiento norteamericano[1].

Una fuente infalible e irrefutable tal como la de las ciencias era lo que necesitaba esta última perspectiva que fue seguida y defendida hasta el día de hoy por el fundamentalismo religioso norteamericano. Así, a través de la infalibilidad de las Escrituras, se podía sustentar el mundo sobrenatural con la misma fuerza con que el sentido común afirmaba lo natural a través de las ciencias. Cuando algo aparecía entrar en conflicto – el evolucionismo por ejemplo -, se determinaba que dicha hipótesis científica estaba equivocada. La infalibilidad de las Escrituras requería per sede un criterio objetivo de lectura e interpretación, este no podía ser otro que una hermenéutica literalista. Sin embargo, esta respuesta es la otra cara de la misma moneda, es decir, delpositivismo. Al positivismo científico se le contrapone el positivismo religioso. Inspiración verbal, plenaria, literalismo o inerrancia no son más que las murallas que protegen la verdad “absoluta” de la fe.

El problema no es que la Biblia se lea literalmente o como señalan algunos a través de un “método gramatical”, sino que además se lee bajo un talante historicista, es decir, el literalismo es un método que presupone que lo narrado sucedió tal cual como se narra. Dios creo el universo en seis días, Dios envió un diluvio para destruir la humanidad pecaminosa, Israel atravesó el jordán al estilo de las películas hollywoodences, Jesús nació biológicamente de una virgen, etc.

Es cierto que las ciencias decimonónicas encarnaron una fuerte crítica al pensamiento religioso, sin embargo, ambos bandos se equivocaron en las premisas fundamentales en las que sostenían su discurso. Hoy en día la objetividad de las ciencias está en tela de juicio, así como también lo están las premisas del discurso fundamentalista. Y quienes dieron el primer paso fueron los científicos al reconocer  que tanto la ciencia como la fe religiosa no pueden oponerse entre sí ya que trabajan con presupuestos distintos, su objeto es distinto, y por ende, sus respuestas son a preguntas distintas. Por ejemplo: La incansable lucha entre evolucionismo y creacionismo debiera tener fin cuando se reconoce que las ciencias responden al cómo y la fe responde al por qué o para qué, es decir, la Biblia busca responder al sentido del origen de la existencia, no el cómo se originó la existencia. El objeto de la Biblia no es defender afirmaciones históricas o científicas, tal como lo presupone la apologética fundamentalista, sino que su objeto es la fe y la confianza del ser humano en un Dios que se muestra así mismo. Un Dios que se muestra a sí mismo en el lenguaje y cosmovisión de cada momento histórico.

La Biblia es un libro religioso y su objeto es la fe. Puede sonar de perogrullo pero es lo que más recurrentemente olvida el protestantismo evangélico al defender las supuestas verdades históricas y científicas de la Biblia relegando la fe a un segundo plano.

La Biblia se originó en un contexto histórico, intelectual, social y cultural particular: el mundo hebreo y greco-romano del siglo I y parte del siglo II. Aún cuando muchos de los relatos tienen una tradición anterior, la totalidad de los escritos que contiene el Nuevo Testamento fueron plasmándose en forma escrita a partir de unos treinta años después de la muerte y resurrección de Jesús. Por ello es que sólo podemos entender y apropiarnos del relato bíblico cuando reconocemos la situación contextual tanto del texto bíblico como nuestra situación contextual y, principalmente, cuando explicitamos nuestros propios presupuestos como intérprete.

Desde mi punto de vista, la Biblia tomada al pie de la letra ha tenido consecuencias nefastas para la transmisión de la fe en nuestras sociedades contemporáneas. Principalmente porque un número creciente de personas educadas se están convenciendo de que el cristianismo es un sistema supersticioso y estéril a la hora de despertar respuestas y lealtades. Tal como se pregunta John Shelby Spong me pregunto:

¿Debo ser premoderno y con prejuicios para ser cristiano? ¿O debo abandonar el cristianismo para escapar de mis prejuicios y tomarme en serio mi mundo poscristiano? Quizás logre abrir los ojos de mis lectores, ayudándoles a comprender que el literalismo, en todas sus formas, puede morir y que, sin embargo, Dios seguirá viviendo. Creo que ese viaje será lo bastante fructífero como para que el lector emplee su tiempo y el creyente corra su riesgo.[2]

Dios: ¿Episódico o teofánico?

La imagen de Dios que promueve el evangelicalismo latinoamericano es la de un Dios episódico. Es decir, un Dios ausente que interviene en determinados momentos considerados cruciales y a favor de los creyentes. Sin embargo, el Dios cristiano es un Dios epifánico, es decir, un Dios cuya presencia es permanente aunque observada periódicamente por los creyentes[3]. Esta distinción es de radical importancia por cuanto la visión actual del evangelicalismo latinoamericano limita la acción de Dios a determinados momentos dentro de la concepción de un universo cerrado.

Una concepción teofánica de Dios reconoce la acción permanente de Dios. Desde esta perspectiva el problema no está en la no acción de Dios en determinadas circunstancias, sino que en los ojos con que se mira. Una testigo puede ver como unos cuantos esclavos recuperan su libertad debido a determinadas causas meramente históricas o sociales. Pero ese mismo testigo desde la fe puede ver que es Dios quien está interviniendo para liberar a esos esclavos de la opresión. Creo en un Dios epifánico que está en contra de la discriminación, la explotación, el sufrimiento y la muerte. Creo en un Dios que está a favor de la vida y la justicia. Por eso, cada vez que en nuestras vidas particulares y sociales triunfa la libertad, la vida y la justicia, veo a Dios interviniendo.

El cristianismo evangélico latinoamericano a puesto énfasis en la necesidad de ver a Dios en las cosas sobrenaturales cerrando sus ojos su presencia activa en aquellas cosas que parecen meramente cotidianas. Mientras las iglesias están mirando al cielo el evangelio les dice vayan y sean testigos a todas y desde todas las naciones.

Jesús: nació, murió y resucitó pero ¿no vivió?

Durante siglos la tradición evangélica ha puesto énfasis en el nacimiento, muerte y resurrección de Jesús como axiomas de la intervención salvífica de Dios, relegando su vida a un momento anecdótico y a lo sumo a modelo inspirador de vida. Sin embargo, se equivoca el evangelicalismo al poner la vida de Jesús en segundo plano cuando es precisamente el eje neurálgico desde el cual se puede entender la acción salvífica de Dios, y es desde su vida que se puede entender evangélicamente su nacimiento, muerte y resurrección. Así lo demuestran el contenido de los evangelios.

Luego de morir en la cruz y haber resucitado es que se les abrieron los ojos y pudieron vislumbrar el misterio y pudieron confesar Jesús es el Señor. Pero los ojos fueron abiertos por cuanto existe una vida de Jesús que provee de contenido a ese nacimiento, muerte y resurrección y que en consecuencia lleva a la confesión de fe.

Una cristología evangélica no puede tener otro comienzo que el seguimiento de Jesús. Debe ser capaz de ponerse en el lugar de los primeros discípulos. Evidenciar que Jesús se presenta así mismo como profeta del Reino de Dios que invita a sus discípulos a vivir los valores del Reino de Dios. Que su muerte es producto de una vida consecuente con los valores del Reino y que su resurrección es la identificación de Dios con el profeta del Reino declarado por Dios ahora como mesías. La resurrección de Jesús es la fidelidad de Dios para con la vida de Jesús y su proyecto. Jesús había encarnado el proyecto de Dios y este en ningún momento lo abandonó sino que se identificó a tal punto con Jesús que no podía dejar que su vida terminará con la muerte, sino que tenía que triunfar la vida sobre la muerte.

Los discípulos de Jesús no podrían haber llegado a la confesión «Jesús es el Señor» si es que no hubiese existido un seguimiento en vida. Aún cuando los discípulos de la segunda generación no fueron testigos oculares de lo sucedido en Jesús, el testimonio de dichos discípulos y la presencia activa del Espíritu son los permitieron y permiten aún hoy hacer el mismo recorrido que hicieron los primeros discípulos. La fe en Jesús el Cristo no se sustenta en formulaciones dogmáticas, sino en la experimentación del seguimiento del Jesús viviente. Por ende, la vida de Jesús y su seguimiento deben ser el axioma del nuevo rostro evangélico latinoamericano.

El Espíritu: ¿Al servicio de lo sobrenatural?[4]

La construcción teológica del evangelicalismo latinoamericano ha limitado la acción del Espíritu Santo al ámbito de lo sobrenatural e intraeclesial. Es decir, acontecimientos carismáticos como el don de lenguas o la acción particular de algunos profetas. Sin embargo, esto constituye un reduccionismo errático y un desequilibrio bíblico y teológico.

En primer lugar, el Espíritu Santo es Dios en acción. Es la misteriosa presencia de Dios en el mundo actuando para llevar a cabo su proyecto salvífico en el mundo. De ahí que no se puede reducir su acción a lo sobrenatural y mucho menos a lo que acontece en determinadas comunidades. El Espíritu Santo va delante de nosotros allanando el camino para la manifestación plena del Reinado de Dios. Una acción a la cual por cierto las comunidades cristianas están invitadas a participar. Por lo tanto, la experiencia del Espíritu es experiencia de acción en el mundo.

En segundo lugar, la experiencia del Espíritu Santo es experiencia de libertad. El Espíritu Santo se percibe en toda experiencia de liberación que acontece en la historia humana. Por ende, la comunidades cristianas son guiadas por espíritu para ser comunidades liberadoras tal cual lo señaló el propio Jesús: «El Espíritu del Señor está sobre mí, por cuanto me ha ungido para anunciar buenas nuevas a los pobres. Me ha enviado a proclamar libertad a los cautivos y dar vista a los ciegos, a poner en libertad a los oprimidos, a pregonar el año del favor del Señor». (Lucas 4:18-19 NVI).

En tercer lugar, la experiencia del Espíritu es experiencia de palabra crítica. Jesús, los profetas, y los apóstoles experimentaron la llenura del Espíritu al denunciar la tradición, el institucionalismo, el conformismo y por sobretodo las injusticias políticas y sociales[5]. Las comunidades evangélicas latinoamericanas están en deuda con la acción del Espíritu cuando callan ante las injusticias que ocurren en nuestro continente y más bien buscan el favor y la estima del poder político.

En cuarto lugar, la experiencia del Espíritu es experiencia de comunidad. El Espíritu Santo no actúa en individuos privilegiados sino que actúa en comunidades dispuestas a dejar guiar por él. El Nuevo Testamento es revelador en este sentido. Desde Pentecostés El Espíritu Santo actúa en las comunidades en su totalidad. Las comunidades cristianas primitivas mostraban claramente el modelo de iglesias comunitarias que viven a partir del Espíritu con la mediación de los apóstoles, pero como entidad autónoma, presente localmente. La experiencia del Espíritu forma comunidades cuyo fin último es la renovación de un nuevo tejido social global cuya manifestación definitiva será escatológica.

Por último, la experiencia del Espíritu es experiencia de vida. En un continente donde prima la muerte y apenas se sobrevive, el milagro es la vida.  Desde el Antiguo Testamento (Ez 37), el Espíritu es fuerza de vida: es capaz de resucitar aun los muertos. El don del Espíritu dado por Cristo resucitado es promesa de resurrección y vida eterna después de esta existencia terrestre. Pero la resurrección ya produce sus primeros frutos en esta tierra en el seno de las comunidades cristianas (Rom 8:11).

Iglesias: un camino de empoderamiento comunitario[6]

El actual panorama evangélico latinoamericano muestra una gran tendencia hacia una estructuración eclesial clerical y jerárquica. Pastores, “profetas” y “apóstoles” cada día van acumulando poder suficiente en sus personas como para determinar el accionar de las comunidades cristianas no sólo en la esfera íntima de las comunidades sino que también en la esfera pública.

Los modelos de trabajo pastoral que se han implantado en las comunidades eclesiales latinoamericanas se han construido sobre la base de relaciones de poder verticales en las que la tarea pastoral se legitima como autoridad que dirige y controla el “correcto creer” y el “correcto actuar”. Pero, ¿quién dirige y controla el “correcto creer y actuar” del pastor/a? Algunos dirán que son las instituciones y denominaciones a las que pertenecen dichos pastores, sin embargo, ¿quienes dirigen y controlan a aquellas instituciones y denominaciones? Otros propondrán que es su “llamado”, que suele entenderse como si fuera una investidura sacerdotal a la manera Católica Romana el que legitima al pastor para dirigir y controlar el “correcto creer y correcto actuar” de las comunidades. Pero ¿cómo establecen las comunidades que el “correcto creer y actuar” de su pastor es tal si es éste el único autorizado, el único con poder, para interpretar la Biblia y señalar el “correcto creer y correcto actuar”? Legitimar la relación de poder que se establece entre pastor y comunidad sobre la base de un “llamado” ¿acaso no contradice el sacerdocio universal de todo creyente.

En este sentido, el único camino plausible y evangélico es una praxis de fe debe construida comunitariamente. En este sentido, las iglesias deben recuperar el poder delegado en la figura del pastor para transformarse en sujetos activos de su propia praxis. A este proceso de recuperación es lo que hemos llamado con el teólogo Luis Tapia, camino de empoderamiento comunitario. La labor pastoral no debe entenderse como el poder para dirigir y controlar, sino como el oficio de facilitar, cuyo último objetivo es empoderar a la propia comunidad de fe local como sujeto teológico capaz de reflexionar por sí misma su creer y actuar.

Los modelos jerárquicos y autoritarios son contraproducentes en sociedades que se encaminan a la construcción de espacios cada vez más democráticos. Por ende, avanzar hacia modelos más participativos es el camino que deben seguir y encarnar las comunidades cristianas latinoamericanas.

Conclusión

Mis expectativas sobre el CLADE V están en la necesidad de sentar las bases para la construcción de un nuevo rostro del protestantismo evangélico latinoamericano. Una resignificación que es necesaria para el futuro de la misión cristiana.

El nuevo rostro evangélico debe cimentarse sobre la base de una fe que más que contenido doctrinal se exprese como confianza en el Dios de Jesús. Debe cimentarse sobre la base de una nueva imagen de Dios que no sea la del Dios episódico sino la del Dios epifánico que Jesús mismo experimentaba día a día. También el nuevo rostro evangélico debe poner énfasis en la vida y el seguimiento de Jesús como axioma de la fe cristiana; en un Espíritu que actúa en las cosas trascendentales de la vida y no sólo en lo anecdótico; y en comunidades empoderadas capaces de discernir y construir su praxis en el mundo.

Mis esperanzas en el CLADE V están en que sea mucho más que una celebración, sino que una instancia trascendental para el futuro del cristianismo evangélico latinoamericano. Una instancia que pueda sentar las bases para un genuino cristianismo evangélico latinoamericano en misión integral. Sólo así podremos hacer realidad la consigna, Sigamos a Jesús en su Reino de Vida. ¡Guíanos, Santo Espíritu!

_____________


[1] MÍGUEZ BONINO, José. Rostros del protestantismo latinoamericano, Ed. Nueva Creación, Buenos Aires, 1995, pp. 41.

[2] SHELBY SPONG, John. Jesús: Hijo de mujer, Ed. Martínez Roca.

[3] Cf. CROSSAN, John Dominic, El nacimiento del cristianismo, Emecé, Buenos Aires, 2002, p. 314.

[4] Para una mayor profundización en lo expuesto puede remitirse a COMBLIN, José. «Espíritu Santo» en: ELLACURÍA, Ignacio – SOBRINO, Jon. Mysterium Liberationis: Conceptos fundamentales de la teología de la liberación, Ed. Trotta, Madrid, 1990, pp. 619-642.

[5] NEUFELD, Alfed. Vivir desde el futuro de Dios, Ed. Kairos, Buenos Aires, 2006, p. 196.

[6] Reflexiones que han surgido de un nutrido diálogo entre el autor y el teólogo chileno Luis Tapia R.

DIOS NO ES UN PARRICIDA


En la actualidad, si hay algo en común entre la mayoría de los cristianos, pese a su multiplicidad de expresiones, es la creencia en Jesús como el Hijo de Dios que vino a este mundo para salvar a la humanidad del pecado. La mayoría cree que su muerte fue un sacrificio compensatorio ofrecido a Dios para aplacar su “justa” ira para con una humanidad corrompida, depravada y malévola. En el fondo, la muerte de Jesús es el sustituto de nuestra propia muerte.

Hoy en día somos cada vez más los cristianos que no estamos de acuerdo con esta imagen tradicional y dogmática de Jesús de Nazaret. En primer lugar, no estamos de acuerdo con esta imagen porque enfatiza la muerte de Jesús como el objetivo central de su existencia relegando a segundo plano su vida y enseñanzas. En consecuencia, su ministerio público no es más que una anécdota, un agregado a lo que va a ser realmente “trascendental”, es decir, su muerte. En segundo lugar, no compartimos esta imagen de Jesús porque manifiesta abiertamente un razonamiento mágico inconcebible que viola nuestra forma de razonar. En tercer lugar, porque en esta concepción de Jesús el verdadero monstruo es Dios al necesitar de una víctima para satisfacer su sed de ira. En la actualidad cualquier padre que clave en una cruz a su hijo por cualquier motivo que aduzca sería condenado a la cárcel por abuso infantil y parricidio.

Creo estar en lo cierto cuando digo que, la concepción que tengamos de la identidad de Jesús genera una praxis cristiana. Es decir, la imagen que poseamos de Jesús va ha tener importantes consecuencias para el desarrollo de nuestra vida cristiana. En definitiva, dicha concepción contiene los presupuestos que modelan nuestro actuar en la totalidad de nuestra vida aquí y ahora.

Teniendo en cuenta lo anterior, se deduce claramente que la imagen tradicional y dogmática de la comprensión de Jesús y su muerte compensatoria se traduce en una vida cristiana centrada en el pecado, la culpa y el perdón. El hombre y la mujer son culpables del pecado que habita en ellos. Pero gracias a Jesús el hombre y la mujer pueden acceder al perdón si se reconocen como pecadores y aceptan el sacrificio ofrecido por Jesús. La iglesia es esencialmente es el grupo de los que han recibido el perdón de Dios y que ahora se dedican a dar gracias por tan grande sacrificio.

¿Quién fue Jesús realmente? ¿Cuál fue el motivo central de su ministerio? ¿Fue realmente su muerte un sacrificio ofrecido a Dios? ¿Existe la posibilidad de comprender la vida de Jesús fuera del marco interpretativo tradicional del sacrificio compensatorio? ¿Qué consecuencias tendría una nueva imagen de Jesús para la vida cristiana? ¿Qué imagen de Dios se desprendería de una nueva visión de Jesús que no sea ya la del Dios sádico y parricida?

Creo que estas preguntas son centrales para la reflexión teológica contemporánea. De su debida respuesta depende en gran parte el futuro del cristianismo.

TRÁFICO DE RELIGIOSIDAD


“Viendo a lo lejos una higuera que tenía hojas, fue a ver si hallaba algún fruto. Cuando llegó a ella sólo encontró hojas, porque no era tiempo de higos. «¡Nadie vuelva jamás a comer fruto de ti!», le dijo a la higuera. Y lo oyeron sus discípulos”.

(Marcos 11:13-14)

Quien tenga la percepción de Jesús como un corderito manso y humilde, bastante estoico, chocará de frente con uno de los episodios más polémicos de su vida y que desencadenarán la ira de los poderes religiosos de Jerusalén que no querrán otro cosa que matarle.

Es extraño ver en los evangelios a Jesús maldiciendo una higuera porque no tenía frutos siendo que no era la temporada de higos ¿Parece que Jesús no durmió bien? ¿Se levantó malhumorado y con el pie izquierdo? ¿Por qué mejor no se quedó acostado? ¿Si tenía hambre, porqué no se preparó algo antes de salir de la casa? ¿Qué culpa tenía la higuera? Todas estas preguntas son posibles de hacer, sin embargo, el episodio narrado cobra sentido y relevancia si lo entendemos como un símbolo plástico y didáctico al más puro estilo de los profetas del Antiguo Testamento. Este símbolo está estrechamente conectado con el relato de Jesús en el Templo.

Cuando llegaron a Jerusalén, Jesús entró en el Templo y comenzó a echar a los que vendían y compraban en él. Derribó las mesas de los cambistas, desmanteló los puestos de los vendedores de palomas, y prohibió que transportaran cargas por el Templo. Y les enseñaba: “¿Acaso no está escrito: Mi casa será llamada casa de oración para todas las naciones? Pero ustedes la han convertido en una cueva de ladrones”.

Estas acusaciones que hace Jesús son gravísimas en contra la religiosidad oficial de Israel. Acusaciones que se insertan en la tradición profética, específicamente de Isaías y Jeremías.

Siempre hubo sectores en Israel que entendieron que la categoría de pueblo elegido de Dios estaba estrechamente ligado a una funcionalidad más que a un favoritismo. Esta función era la de acercar a las demás naciones al Dios que había conocido Israel. Sin embargo, al poco andar la elección se transformó en favoritismo, y el favoritismo en exclusividad.

La percepción de favoritismo y exclusividad degeneró en una falta de compromiso respecto de las responsabilidades éticas y sociales transformando la religión en un conjunto de rituales desprovistos de todo significado e implicancias para la vida del pueblo.

Exclusividad y ritualismo vacío desprovisto de toda implicancia ética hicieron que la religión de Israel en tiempos de Jesús se asemejara a una higuera estéril que no era capaz de dar frutos cuando se necesitaba. En lo esencial, desde la perspectiva de Jesús, no se trata de dar frutos en un tiempo determinado sino que cuando la necesidad lo amerite. Es decir, en todo tiempo.

En vez de acercar a Dios a las personas, Israel montó un aparataje burocrático que más bien alejaba a Dios de las personas. El Dios de la religión judía, era el innombrable, un Dios lejano, totalmente trascendente. La imagen de ese Dios era la de un juez que castigaba a quienes no cumplían con las leyes y premiaba a los piadosos. Así las cosas, era bastante simple saber quienes estaban siendo favorecidos por Dios y quienes no. Desde esta cosmovisión, los pobres eran despreciados por cuanto su pobreza era el testimonio encarnado del juicio de Dios a sus pecados, mientras que los ricos eran los bienaventurados de la sociedad judía por cuanto sus riquezas eran el vivo testimonio del favor de Dios. Los enfermos – ciegos, cojos, paralíticos, leprosos, etc. –, sufrían el juicio de Dios por sus pecados, mientras que los sanos lo eran por su piedad.

En este contexto Jesús viene a derrumbar todo el sistema religioso judío. El Dios de Jesús es el Dios/Padre amoroso. El Dios cercano a las personas. Es el que dice: “Bienaventurados los pobres, porque de ellos es el reino de Dios”. Es el Dios que viene a sanar las heridas, sufrimientos y miserias de los hombres y mujeres. Es el Dios defensor de la causa de los más humildes. Es el Dios que viene a hacer justicia y a defender a su rebaño de los lobos que lo único que hacen es acaudalar riquezas a costa de los más humildes.

Es lamentable que las palabras de Jesús nos calen tan hondo en este tiempo que estamos viviendo. Las palabras pronunciadas hacia la religiosidad de Israel, ahora nos las pronuncia contra nosotros mismos. Al igual que Israel hemos montado un sistema religioso excluyente que al igual que antaño determina quienes son los privilegiados y quienes son los desfavorecidos por Dios. Hemos construido todo un sistema perverso que cumple la función de categorizar a las personas. Quienes no cumplen con las normas establecidas por este monstruoso sistema son catalogados de viles, pecadores, merecedores del infierno. Quienes cumplen al pie de la letra los requerimientos religiosos son los santos, los virtuosos y merecedores de el cielo. Quienes sufren debe ser porque no cumplen con los requerimientos establecidos y quienes tienen una vida agradable y buen pasar es porque ya son perfectos ante Dios y son fieles a las reglas del sistema. En un sistema así todo funciona perfectamente y todo es predecible, pero, ¿realmente Dios puede ser tan predecible?

Me parecen aberrantes las palabras de Pat Robertson quien señaló que lo acontecido en Haití no es más que el juicio de Dios debido a los pecados de dicha nación. Lo más lamentable es que muchas personas piensan lo mismo que este cretino reconocido como el líder religioso más influyente de EEUU.

Dios si realmente estas de detrás de todo esto, en este mismo instante renunció a ti y me hago merecedor de todos lo desastres que afectan a estos pobres hermanos desvalidos. Prefiero el infierno a un cielo lleno de miserables santurrones. Sin embargo, tengo fe en que tú no eres así, creo profundamente que tú eres el Dios de Jesús y que todo este sistema aberrante no es más que un tráfico de religiosidad.

Que significa ser evangélico


Me confieso. Soy evangélico y me cuesta reconocerlo.

Es probable que cuando usted escucha esa palabra le genere una sensación de animosidad. Tal vez le genere indiferencia. Puede ser que mientras está leyendo estas primeras líneas lo haga con cierta desconfianza. Los motivos pueden estar totalmente justificados.

Por mucho tiempo hemos contribuido a formar en las personas una imagen estereotipada de lo que es ser evangélico que en más de alguno produce rechazo. Quizás no sea tan así y tengas una percepción más positiva.

Lo cierto es que en la mayoría de los casos, cuando decimos “evangélico” nos imaginamos a personas que cada domingo, sea por la mañana o en la tarde, caminan por fuera de nuestra casa en dirección a un punto de encuentro llamado “templo”. Sea con frío o con calor, los hombres visten de terno y corbata, mientras que las mujeres vestidos y pelo alargado. Generalmente, llevan en su brazo una Biblia y otro libro más pequeño llamado himnario. Es probable que en más de una oportunidad te encontraras con un grupo parado en una esquina hablando a viva voz del cielo, el infierno, pecado, pecadores, salvación y arrepentimiento. Quizás escuchaste palabras e imágenes lingüísticas que no entendiste como amén, aleluya, vil, “cordero santo” entre otras.

Esta descripción que hemos hecho corresponde a los hábitos de muchos “evangélicos” de hoy en día, sin embargo, ser evangélico no tiene absolutamente nada que ver con eso. Ser evangélico es creer y vivir plenamente el proyecto de Dios para los seres humanos.

Hace dos mil años atrás, un hombre llamado Jesús de Nazareth, decidió compartir a sus coterráneos un evangelio, es decir, una buena noticia. Jesús comenzó a hablarles a los demás de que el Reino de Dios estaba cerca y que debían arrepentirse. ¿Qué quería decir Jesús con estas palabras?

Con estas palabras Jesús estaba declarando lo siguiente: Dios desde la creación del mundo ha tenido un sueño. Dios siempre ha soñado con que el hombre y la mujer vivan plenamente como si vivieran en un paraíso. Dios siempre ha querido erradicar de nuestro mundo la violencia, el odio, las guerras, la miseria, la pobreza, las injusticias, las opresiones, las enfermedades, etc. Todo aquello que conduce la muerte. Bueno, queridos compatriotas, ahora esto es posible, porque Dios ha comenzado ya a hacer realidad su sueño. Por lo tanto, lo que debemos hacer es dejar de hacer todas estas cosas, aceptar y experimentar el sueño de Dios en nuestras vidas.

Jesús no sólo habló de esta buena noticia, sino que, toda su vida la dedico a demostrar con hechos de que el sueño de Dios era posible. Para ello formó un pequeño grupo de discípulos destinados a vivenciar el sueño de Dios en sus vidas. La forma de hacer patente la realidad del sueño de Dios era bastante sencilla y radical. Si en el mundo existe violencia, Jesús y sus seguidores optaron por una vida regida por la paz. Si en el mundo existe injusticia, las relaciones sociales de la comunidad de discípulos apuntaban hacia la justicia. Si en el mundo existe pobreza, la comunidad de discípulos de Jesús compartía sus bienes como una forma de erradicar la pobreza. Si en el mundo impera la exclusión, la comunidad de discípulos era inclusiva. Si en el mundo lo que impera son las relaciones entorno al poder, la comunidad era una comunidad servidora.

En definitiva, podemos decir que la comunidad de discípulos de Jesús era una comunidad evangélica. Esto es porque era una comunidad que había creído y vivía la buena noticia (evangelio) que Jesús de Nazareth había compartido con ellos.

Hubo muchos que no creyeron la buena noticia de Jesús. En su mayoría eran quienes se sentían perjudicados con la noticia de Jesús. Es decir, gente poderosa que no quiso renunciar a su condición de poderosos y dominadores. Por eso es que decidieron matar a Jesús. Sin embargo, a luz de las fe en Dios, estos discípulos experimentaron en sus vidas algo asombroso; Dios había resucitado a Jesús. La buena noticia era real y posible, porque Dios estaba tan comprometido con la realización de su sueño que no había permitido que la violencia y la muerte vencieran sobre Jesús.

Ser evangélico, significa creer y experimentar la buena noticia proclamada por Jesús. Es creer que Dios continúa llevando a cabo la realización de su sueño en el presente. Es pertenecer a una comunidad de discípulos que experimentan en sus vidas el sueño de Dios, tanto para hombre como para mujeres. Es cierto, aún no se ha concretado plenamente, sin embargo, pronto lo estará. Pero eso no significa no hacer nada, al contrario, significa comenzar a vivir ya la realización del sueño de Dios. Esa es la esencia de la conversión.

Ser evangélico no es el estereotipo que se ha impuesto socialmente, sino que el evangélico es y será quien crea y encarne el proyecto de Dios en su vida. Tú puedes ser una persona católica, protestante u ortodoxa, y ser evangélico porque crees y vives el sueño de Dios. Puedes no practicar una religión tradicional, y sin embargo, creer y experimentar el sueño de Dios para el ser humano.

Debo reconocer que también hay personas que dicen ser “evangélicos”, tener una “tradición evangélica” y creer en Jesús, pero en la realidad, no experimentar la buena noticia de Jesús. Muchos creen que el cristianismo se compone de un conjunto de dogmas y creencias, sin embargo, ser cristiano y ser evangélico es un estilo de vida que encarna el sueño de Dios.

Cuando digo que soy evangélico me gustaría que las personas se imaginaran a una persona que cree y vive la buena noticia de Jesús. No quiero que se imaginen a un loco que viste de traje, vocifera y manda a las personas al infierno.

Ojala que todos algún día viéramos que la buena noticia de Jesús es posible. Ojala que todos algún día pudiéramos creer que el sueño de Dios se está llevando a cabo. Nuestro mundo sería cada vez más como un paraíso, podríamos vivir una vida más plena y seríamos un poco más felices. Seríamos evangélicos en el correcto sentido de la palabra.

La experiencia comunitaria de Dios sigue siendo vital


Pinturas+en+techo+Iglesia“Creo en Dios, pero no siento la necesidad de ir a una iglesia”.

“Creo que Dios es un sentimiento que se siente dentro, que se lleva con uno. El problema está en que hay gente que se ha aprovechado de ese sentimiento para sacarnos dinero”.

“Las religiones son lo mismo que los partidos políticos, necesitan adherentes”.

“La gente se aburrió de que le estén diciendo siempre lo que tiene que hacer”.

“Yo creo que la iglesia está muy atrasada; son anacrónicos, no están en función de los tiempos. Siempre están a mayor distancia”.

Estas frases fueron expresadas por algunos chilenos encuestados para un artículo sobre partencias religiosas realizado por el Programa de Desarrollo de las Naciones Unidas para Chile (PNUD) 2001. Las opiniones vertidas reflejan la crisis que enfrenta el cristianismo. Una religión con profundos rasgos comunitarios ha mutado a una experiencia religiosa de índole privada e individualista.

¿Cómo se puede explicar esta transformación? Se pueden airear muchas causas tanto internas como externas. Sin embargo, pese a toda causa que se pueda mencionar, pese a la culpabilidad que pueda tener la propia iglesia, en el fondo tanto el individualismo como la privatización son las consecuencias de una crisis mayor que afecta a toda la cultura occidental y que ha afectado todo ámbito de nuestra existencia.

¿Es posible mantener la fe cristiana en su dimensión comunitaria? La individualización es un hecho y los desafíos que ella nos plantea necesitan la búsqueda de respuestas también en la experiencia religiosa. Quienes vivimos nuestra fe en su dimensión comunitaria nos vemos confrontados cada vez más con estas preguntas y la vitalidad de nuestras comunidades depende de la capacidad de responder a esta crisis.

Frente a las opiniones vertidas es imperioso responder que:

¡Dios no es patrimonio de las Iglesias! Sin embargo, esto no quiere decir que Dios no sea vivenciado comunitariamente.

¡Dios no es una categoría utilizable para aprovecharse de los sentimientos íntimos del individuo! Debo reconocer que es bastante común ver hoy en día cómo muchas pseudos-iglesias se aprovechan de los sentimientos genuinos de muchas personas y en nombre de Dios se llenan los bolsillos con el dinero de gente muy humilde que ante la oferta de prosperidad se han despojado de todo lo que tienen.

¡La iglesia no necesita adherentes al igual que un partido político! Que algunas de ellas funciones bajo está lógica es totalmente cierto.

¡La iglesia no está para decirle a la gente lo que tienen que hacer! También es cierto que muchas iglesias imponen patrones de compartimiento con categoría de ley. Algunas, incluso utilizan el miedo como mecanismos de control conductual.

¡La iglesia no existe para mantener tradicionalismos, ni tampoco para mantener el status quo! Lamentablemente el anquilosamiento de la iglesia en muchas materias contingentes no sola le resta credibilidad, sino que también la hace ver como un anacronismo.

¿Cuál debe ser el fundamento para seguir vivenciando la fe cristiana desde su dimensión comunitaria? ¿Qué respuesta puede tomar en serio la crisis planteada? ¿Existe oportunidad en medio de esta crisis?

Quisiera responder compartiendo un diálogo que tuve con un amigo mientras nos encontrábamos en un Pub. Él me comentaba que Dios es una experiencia individual y que desde su perspectiva dicha fe no necesita de un experiencia comunitaria. Agregaba además que Dios no lo encuentra en una iglesia sino que cada vez que veía el mar ahí estaba Dios, es decir, en la contemplación de la naturaleza. Yo respondí: “Tú experiencia de Dios ha sido tan importante para mí, porque no me daba cuenta que mirando el mar podía encontrar a Dios”.

iglesiaLa experiencia de Dios en el individuo es tan importante, tan genuina y tan única que compartirlo a otros se constituye en una necesidad vital. La fe genuina experimentada desde el individuo se ha constituido en el fundamento de una fe vivenciada en una comunidad. La comunidad ha pasado a ser vital por cuanto es en esta dimensión donde puedo hallar, aprender y experimentar nuevas posibilidades de búsqueda, apertura y encuentro con Dios. Somos así partícipes de esa gran nube de testigos de la fe de la cual habla el autor de la Carta a los Hebreos y que nos permite caminar con paciencia el sendero que tenemos por delante.

Vistas las cosas de esta manera, es evidente que se hace necesario un cambio estructural en el modo como se viene haciendo iglesia. Para ello es necesario poner menos énfasis en aquellos aspectos institucionales, más bien, será necesario todo un programa de des-institucionalización para dar paso a una genuina experiencia comunitaria movida por un espíritu de libertad, fraternidad e igualdad.

Sí las iglesias no toman enserio estas interrogantes y persisten en su anquilosamiento en vez de apostar por una genuina dimensión comunitaria, tendremos que buscar otras instancias donde podamos vivir una fe comunitaria enriquecida por nuestras personales experiencias de Dios. Si las iglesias persisten en ahogar la fe comunitaria con el yugo de las estructuras burocráticas e institucionales tendremos que vivenciar la fe comunitaria compartiendo nuestras experiencias en otros espacios como en un Pub.

No existe evangelio sin cultura


jesusUno de los grandes problemas que ha tenido que enfrentar el cristianismo a lo largo de su historia, es el de la relación entre evangelio y cultura. El cristianismo surge en un contexto muy específico. Su origen está determinado por un espacio y un tiempo concreto. Esto es, en la palestina del primer siglo y bajo el dominio del imperio romano.

Jesús era un judío. Estuvo determinado por una cosmovisión específica, la judía. Nació cómo un judío, creció como un judío, llevó a cabo su ministerio bajo las posibilidades que le ofrecía su tiempo, oró como judío, su visión de Dios estuvo determinada por su contexto aunque claramente intentó ir más allá del status quo. Sin embargo, aunque le reconozcamos el mérito a la originalidad, su mensaje tiene aroma a mediterráneo oriental del primer siglo de nuestra era. Reconocemos que para entender su proyecto debemos hacer el esfuerzo de ubicarnos en su contexto histórico. Al menos, esa es nuestra pretensión.

Pero la problemática no termina allí. Sabemos que el mensaje de Jesús no hubiese traspasado las fronteras de palestina, si no hubiesen existido hombres como Pablo o como Juan que fueron capaces de reconocer las limitaciones culturales del mensaje e hicieron el esfuerzo hermenéutico de traducirlo de tal manera que pueda ser experimentado por las personas en los distintos contextos del orbe romano y más allá. Así junto al cristianismo palestinense que no tenía ningún problema en conciliar el mensaje de Jesús con sus prácticas religiosas identitatarias como la circuncisión, el sábado o asistir al templo, también surgió un conjunto de cristianismos en versiones helenistas. Digo cristianismos porque no sólo existió uno. Podemos decir que existió un cristianismo en versión paulina, un cristianismo en versión juanina en el Asia Central, un cristianismo alejandrino en Egipto, un cristianismo romano entre otros. Que después, en el siglo IV, y bajo la venia imperial se imponga una versión, es decir el romano, ese es otro tema.

Este breve paso por la historia del cristianismo primitivo nos ha hecho entrever que es imposible que se de el evangelio sin cultura. Sin embargo, el cómo se relacionan estos dos conceptos no se interpreta de la misma forma.

Desde la modernidad algunos sectores de las iglesias cristianas creen que el evangelio se puede experimentar de manera acultural. Es decir, el mensaje de Jesús puede ser entendido sin llevar a cabo una interpretación de este.

Desde otra perspectiva algunos sostienen la necesidad de contextualizar el evangelio. Es decir, el mensaje de Jesús tiene que necesariamente tomar la forma cultural en la que está inserto el sujeto, sin embargo, se cree que el esfuerzo estaría en despojar el mensaje de Jesús de su ropaje cultural, desnudarlo hasta llegar a su estado más puro y de ahí insertarlo en la cultura del sujeto.

20070615191154_022Sin embargo, de algo no nos habíamos percatado si no fuera gracias a la crítica postmoderna. Y es que en el afán de descubrir la esencia del evangelio para traducirlo a nuestro contexto, no nos dábamos cuenta que nosotros mismos estamos sujetos a las limitaciones de nuestro contexto. No sólo Jesús es un hijo de su tiempo, no sólo Pablo o Juan, sino que nosotros mismos al intentar descubrir el mensaje de Jesús lo estamos haciendo bajo la mirada de nuestro contexto. No nos podemos quitar los anteojos. Durante mucho tiempo creímos poder llegar a la esencia del mensaje de jesús y de esta manera plantarlo en nuestro contexto moderno, sin embargo, lo que hicieron fue experimentar el cristianismo con los lentes de la modernidad. Pablo, Juan y tantos otros leyeron el mensaje de Jesús bajo los lentes del helenismo.

Esto nos da pie para lo siguiente. Cuando muchos defienden la verdad del evangelio están defendiendo el evangelio que ellos viven bajo los lentes de la modernidad. El problema está en que estamos atravesando el umbral de una nueva era y el cristianismo tradicional se niega a cruzar el umbral. Este es el gran problema de fondo por el cual atraviesa la iglesia. Estoy seguro que el cristianismo del futuro es un cristianismo leído y experimentando bajo nuestro nuevo contexto.