DIOS NO ES UN PARRICIDA


En la actualidad, si hay algo en común entre la mayoría de los cristianos, pese a su multiplicidad de expresiones, es la creencia en Jesús como el Hijo de Dios que vino a este mundo para salvar a la humanidad del pecado. La mayoría cree que su muerte fue un sacrificio compensatorio ofrecido a Dios para aplacar su “justa” ira para con una humanidad corrompida, depravada y malévola. En el fondo, la muerte de Jesús es el sustituto de nuestra propia muerte.

Hoy en día somos cada vez más los cristianos que no estamos de acuerdo con esta imagen tradicional y dogmática de Jesús de Nazaret. En primer lugar, no estamos de acuerdo con esta imagen porque enfatiza la muerte de Jesús como el objetivo central de su existencia relegando a segundo plano su vida y enseñanzas. En consecuencia, su ministerio público no es más que una anécdota, un agregado a lo que va a ser realmente “trascendental”, es decir, su muerte. En segundo lugar, no compartimos esta imagen de Jesús porque manifiesta abiertamente un razonamiento mágico inconcebible que viola nuestra forma de razonar. En tercer lugar, porque en esta concepción de Jesús el verdadero monstruo es Dios al necesitar de una víctima para satisfacer su sed de ira. En la actualidad cualquier padre que clave en una cruz a su hijo por cualquier motivo que aduzca sería condenado a la cárcel por abuso infantil y parricidio.

Creo estar en lo cierto cuando digo que, la concepción que tengamos de la identidad de Jesús genera una praxis cristiana. Es decir, la imagen que poseamos de Jesús va ha tener importantes consecuencias para el desarrollo de nuestra vida cristiana. En definitiva, dicha concepción contiene los presupuestos que modelan nuestro actuar en la totalidad de nuestra vida aquí y ahora.

Teniendo en cuenta lo anterior, se deduce claramente que la imagen tradicional y dogmática de la comprensión de Jesús y su muerte compensatoria se traduce en una vida cristiana centrada en el pecado, la culpa y el perdón. El hombre y la mujer son culpables del pecado que habita en ellos. Pero gracias a Jesús el hombre y la mujer pueden acceder al perdón si se reconocen como pecadores y aceptan el sacrificio ofrecido por Jesús. La iglesia es esencialmente es el grupo de los que han recibido el perdón de Dios y que ahora se dedican a dar gracias por tan grande sacrificio.

¿Quién fue Jesús realmente? ¿Cuál fue el motivo central de su ministerio? ¿Fue realmente su muerte un sacrificio ofrecido a Dios? ¿Existe la posibilidad de comprender la vida de Jesús fuera del marco interpretativo tradicional del sacrificio compensatorio? ¿Qué consecuencias tendría una nueva imagen de Jesús para la vida cristiana? ¿Qué imagen de Dios se desprendería de una nueva visión de Jesús que no sea ya la del Dios sádico y parricida?

Creo que estas preguntas son centrales para la reflexión teológica contemporánea. De su debida respuesta depende en gran parte el futuro del cristianismo.

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LA ENIGMÁTICA IDENTIDAD DE JESÚS DE NAZARETH

DestacadoLA ENIGMÁTICA IDENTIDAD DE JESÚS DE NAZARETH

¿Quién dice la gente que soy yo? Y vosotros ¿quién decís que soy yo? Preguntaba Jesús a sus discípulos más cercanos. Para la muchedumbre Jesús era Juan el Bautista que había resucitado, para otros era Elías, tal vez uno de los profetas, incluso un mesías. Para la clase dominante judía quien fuera que sea representaba un peligro, era un saboteador de las tradiciones religiosas, un blasfemo que comía y bebía con lo peor de la sociedad y un agitador de las multitudes que merecía ser condenado a la muerte. Al parecer la figura de Jesús representaba un enigma para sus contemporáneos que lo veían deambular por las polvorientas aldeas y pueblos de la Palestina del primer siglo.

Tras su muerte su identidad se hizo más enigmática. Muy pronto las comunidades cristianas comenzaron a hablar de Jesús como el Mesías, el Hijo de David, el Hijo, el Señor, el Salvador, el Logos, el Hijo del Hombre, el Hijo de Dios, el Cristo. A través de estos títulos honoríficos mencionados y otros, dependiendo el contexto, interpretaban su enigmática figura y le otorgaban sentido y coherencia a lo que ellos habían experimentado a su lado bajos los presupuestos de una fe inconmensurable. Algo muy impactante e irrepetible experimentaron que les dio la confianza y autoridad suficiente para declarar que aquel judío de Nazaret no había muerto sino que estaba aún vivo, había resucitado.

La historia de los orígenes del cristianismo muestra una composición considerablemente diversa en lo que se refiere a la respuesta de quién era Jesús de Nazaret y cómo interpretar ciertos episodios de su vida. Como señala José Monserrat Torrents, «la fidelidad al mesías Jesús dejaba lugar para una heterogeneidad de actitudes en correspondencia con la diversidad del mismo judaísmo». El Nuevo Testamento es una recopilación literaria que intenta ser coherente en su contenido. Sin embargo, y debido a su propia naturaleza, no se escapa a la diversidad de concepciones respecto de la figura de Jesús. Si dejáramos de lado por un momento la visión de conjunto que nos impone el canon del Nuevo Testamento, repararíamos en que los textos reflejan ideas y creencias de comunidades particulares distintas las unas de las otras, y que irradian además, conductas propias de cada comunidad local en la que surgió cada relato. Desde esta perspectiva podemos argüir con cierta probabilidad de certeza que la concepción que tenía Pablo de Jesús no es la misma que tenía Juan, Santiago u otro autor del Nuevo Testamento. Una lectura atenta a los libros del Nuevo Testamento da cuenta de ello. En el fondo, el canon pese al ideal de coherencia que le exigimos mantiene una tensión cardinal entre una diversidad natural y una unidad artificial, erigida institucionalmente y legitimada por la ortodoxia de una iglesia dominante.

Sin embargo, cualquiera sea la representación y significado que se tuviera de Jesús en la especificidad de cada comunidad, dicha concepción tenía consecuencias gravitantes que modelaban y coloreaban la vida de los seguidores. Es decir, las creencias sobre Jesús se veían reflejadas en una praxis consecuente.

Tres preguntas para concluir: ¿Quién dices que es Jesús para ti? ¿Se refleja esa imagen en tu diario vivir? ¿Dé qué Jesús me habla tu praxis?