UNA TAREA URGENTE: CONSTRUIR UN NUEVO ROSTRO EVANGÉLICO


Cuando se me solicitó escribir este artículo en relación al CLADE V se me sugirió que compartiera mis expectativas sobre dicho congreso. Antes que todo, soy un joven teólogo y pastor de una comunidad cristiana evangélica latinoamericana de identidad bautista, y lo señalo básicamente porque desde esa condición es que deseo compartir mis esperanzas sobre el CLADE V.

El lema del Quinto Congreso Latinoamericano de Evangelización, CLADE V, es Sigamos a Jesús en su Reino de Vida. ¡Guíanos, Santo Espíritu! Presenta tres ejes temáticos principales: seguimiento de Jesús, Reino de Dios y espiritualidad. Sin embargo, la reflexión guiada por estos tres ejes, no llegará a la profunidad que se requiere si es que no se hacen patentes las disyuntivas que nos presenta el actual rostro del protestantismo evangélico latinoamericano.

Personalmente creo que una de las tareas más imperiosas a las que deben asistir las iglesias evangélicas en Latinoamérica es  a la re-significación de lo evangélico en ellas mismas. Y utilizo el concepto de re-significar porque no solo alude a una re-difinición conceptual, sino que además, a la capacidad de volver a ser significativas, es decir, ser capaces de visibilizar lo re-definido.

En la actualidad las iglesias evangélicas en Latinoamérica presentan un rostro que en estricto rigor no le hace mucho honor a su carácter de evangélicas. Poco a poco el rostro evangélico latinoamericano ha tendido a forjar su identidad sobre la base de una estructura teológica fundamentalista que es necesario reevaluar.

Fe: ¿Contenido o acción?

Si le preguntáramos a un cristiano evangélco en el día de hoy por qué cree en Dios diría básicamente, porque Dios me ama, porque me ha salvado, porque envió a su hijo a morir en un cruz, etc. Pareciera ser que en la modernidad la fe se ha transformado en un creer afirmaciones doctrinales con pretensión de verdad. Esto ha conllevado a que la decisión de creer se zanje en el terreno afirmativo de lo que es verdadero y lo que no es.

Desde esta perspectiva instalada sobretodo en el ámbito del cristianismo protestante, la fe de las personas es medible según la capacidad de afirmar enunciados dogmáticos. De esta manera quien confirma creer en ciertos postulados esenciales podrá confirmar a su vez que cree en Dios, sin embargo, quién no confirma creer en algunos de esos enunciados, no cree en Dios.

Una fe que se debate en el campo de las verdades o certezas en realidad no es fe. No es fe por cuanto el objeto de la fe no es al menos una verdad que pueda constatarse empíricamente. Creer que Dios me ama, o que Dios es el creador, o creer que me salvó, etc., son actos de confianza de segundo orden donde el primer lugar lo ocupa la realidad de Dios. Es decir, para confesar o creer que Dios me ama o me salva, debo primeramente tener fe; luego tener fe que Dios existe. «El mensaje lo oigo bien, ¡mas lo que me falta es la fe!»dice el protagonista del Fausto de Goethe. He aquí la esencia del problema. Por ello la fe no puede ser expresada como un contenido, sino que, más bien como un acto.

Sí no existe ningún argumento racional que de sustento a la existencia de Dios, entonces, ¿qué es la fe? Contrario a las afirmaciones de algunos círculos fundamentalistas, la fe no puede ser un contenido. La fe es una acción. La fe no consiste en afirmar un sinnúmero de enunciados doctrinales, la fe es previa a cualquier enunciado teológico con carácter de verdad, la fe es un profundo acto humano de confianza. Sí digo creo en Dios es porque he abierto mi confianza a experimentar como ser humano la realidad de Dios, y no porque algo o alguien me demostró empíricamente que dicha realidad existe. No creo en Dios por que la Biblia lo dice, no creo en Dios porque la tradición me lo señala, no creo en Dios porque la iglesia lo propone, creo en Dios simplemente porque he tenido la apertura suficiente para confiar en él. En el fondo creemos porque queremos creer.

Por lo tanto, ni un creyente ni un no-creyente pueden demostrar empíricamente el por qué de la decisión de ambos. Solo pueden dar razones para confiar o razones para no confiar.

La Biblia: ¿Lectura literalista o contextual?

El cristianismo evangélico latinoamericano se ha forjado sobre la base de los presupuestos de lahermenéutica literalista, por lo que negarlos te hace acreedor de forma inmediata del título de cristiano liberal o heterodoxo. Sin embargo, el literalismo bíblico es un fenómeno moderno forjado en un contexto particular, con problemáticas específicas del momento histórico y que hemos heredado en gran parte del fundamentalismo religioso norteamericano.

Al investigar sobre el fundamentalismo protestante norteamericano, nos damos cuenta que es la reacción de una fe amenazada por el avance tanto del secularismo, como por las ciencias decimonónicas que negaban la realidad sobrenatural. Tal como lo señala José Míguez Bonino, se podían ensayar dos caminos para responder a esta problemática.

Unos distinguen el nivel de la ciencia del de la religión: el primero es el ámbito de los hechos objetivos; el segundo, el de la experiencia subjetiva, del sentimiento: podríamos decir que es la expresión romántica en la cultura estadounidense. Otros en cambio, conocen un solo criterio de verdad: es el de los hechos y datos concretos de la realidad, que cualquiera puede observar directamente: es el de la tradición del “realismo del sentido común” de origen escoses que predominó en el pensamiento norteamericano[1].

Una fuente infalible e irrefutable tal como la de las ciencias era lo que necesitaba esta última perspectiva que fue seguida y defendida hasta el día de hoy por el fundamentalismo religioso norteamericano. Así, a través de la infalibilidad de las Escrituras, se podía sustentar el mundo sobrenatural con la misma fuerza con que el sentido común afirmaba lo natural a través de las ciencias. Cuando algo aparecía entrar en conflicto – el evolucionismo por ejemplo -, se determinaba que dicha hipótesis científica estaba equivocada. La infalibilidad de las Escrituras requería per sede un criterio objetivo de lectura e interpretación, este no podía ser otro que una hermenéutica literalista. Sin embargo, esta respuesta es la otra cara de la misma moneda, es decir, delpositivismo. Al positivismo científico se le contrapone el positivismo religioso. Inspiración verbal, plenaria, literalismo o inerrancia no son más que las murallas que protegen la verdad “absoluta” de la fe.

El problema no es que la Biblia se lea literalmente o como señalan algunos a través de un “método gramatical”, sino que además se lee bajo un talante historicista, es decir, el literalismo es un método que presupone que lo narrado sucedió tal cual como se narra. Dios creo el universo en seis días, Dios envió un diluvio para destruir la humanidad pecaminosa, Israel atravesó el jordán al estilo de las películas hollywoodences, Jesús nació biológicamente de una virgen, etc.

Es cierto que las ciencias decimonónicas encarnaron una fuerte crítica al pensamiento religioso, sin embargo, ambos bandos se equivocaron en las premisas fundamentales en las que sostenían su discurso. Hoy en día la objetividad de las ciencias está en tela de juicio, así como también lo están las premisas del discurso fundamentalista. Y quienes dieron el primer paso fueron los científicos al reconocer  que tanto la ciencia como la fe religiosa no pueden oponerse entre sí ya que trabajan con presupuestos distintos, su objeto es distinto, y por ende, sus respuestas son a preguntas distintas. Por ejemplo: La incansable lucha entre evolucionismo y creacionismo debiera tener fin cuando se reconoce que las ciencias responden al cómo y la fe responde al por qué o para qué, es decir, la Biblia busca responder al sentido del origen de la existencia, no el cómo se originó la existencia. El objeto de la Biblia no es defender afirmaciones históricas o científicas, tal como lo presupone la apologética fundamentalista, sino que su objeto es la fe y la confianza del ser humano en un Dios que se muestra así mismo. Un Dios que se muestra a sí mismo en el lenguaje y cosmovisión de cada momento histórico.

La Biblia es un libro religioso y su objeto es la fe. Puede sonar de perogrullo pero es lo que más recurrentemente olvida el protestantismo evangélico al defender las supuestas verdades históricas y científicas de la Biblia relegando la fe a un segundo plano.

La Biblia se originó en un contexto histórico, intelectual, social y cultural particular: el mundo hebreo y greco-romano del siglo I y parte del siglo II. Aún cuando muchos de los relatos tienen una tradición anterior, la totalidad de los escritos que contiene el Nuevo Testamento fueron plasmándose en forma escrita a partir de unos treinta años después de la muerte y resurrección de Jesús. Por ello es que sólo podemos entender y apropiarnos del relato bíblico cuando reconocemos la situación contextual tanto del texto bíblico como nuestra situación contextual y, principalmente, cuando explicitamos nuestros propios presupuestos como intérprete.

Desde mi punto de vista, la Biblia tomada al pie de la letra ha tenido consecuencias nefastas para la transmisión de la fe en nuestras sociedades contemporáneas. Principalmente porque un número creciente de personas educadas se están convenciendo de que el cristianismo es un sistema supersticioso y estéril a la hora de despertar respuestas y lealtades. Tal como se pregunta John Shelby Spong me pregunto:

¿Debo ser premoderno y con prejuicios para ser cristiano? ¿O debo abandonar el cristianismo para escapar de mis prejuicios y tomarme en serio mi mundo poscristiano? Quizás logre abrir los ojos de mis lectores, ayudándoles a comprender que el literalismo, en todas sus formas, puede morir y que, sin embargo, Dios seguirá viviendo. Creo que ese viaje será lo bastante fructífero como para que el lector emplee su tiempo y el creyente corra su riesgo.[2]

Dios: ¿Episódico o teofánico?

La imagen de Dios que promueve el evangelicalismo latinoamericano es la de un Dios episódico. Es decir, un Dios ausente que interviene en determinados momentos considerados cruciales y a favor de los creyentes. Sin embargo, el Dios cristiano es un Dios epifánico, es decir, un Dios cuya presencia es permanente aunque observada periódicamente por los creyentes[3]. Esta distinción es de radical importancia por cuanto la visión actual del evangelicalismo latinoamericano limita la acción de Dios a determinados momentos dentro de la concepción de un universo cerrado.

Una concepción teofánica de Dios reconoce la acción permanente de Dios. Desde esta perspectiva el problema no está en la no acción de Dios en determinadas circunstancias, sino que en los ojos con que se mira. Una testigo puede ver como unos cuantos esclavos recuperan su libertad debido a determinadas causas meramente históricas o sociales. Pero ese mismo testigo desde la fe puede ver que es Dios quien está interviniendo para liberar a esos esclavos de la opresión. Creo en un Dios epifánico que está en contra de la discriminación, la explotación, el sufrimiento y la muerte. Creo en un Dios que está a favor de la vida y la justicia. Por eso, cada vez que en nuestras vidas particulares y sociales triunfa la libertad, la vida y la justicia, veo a Dios interviniendo.

El cristianismo evangélico latinoamericano a puesto énfasis en la necesidad de ver a Dios en las cosas sobrenaturales cerrando sus ojos su presencia activa en aquellas cosas que parecen meramente cotidianas. Mientras las iglesias están mirando al cielo el evangelio les dice vayan y sean testigos a todas y desde todas las naciones.

Jesús: nació, murió y resucitó pero ¿no vivió?

Durante siglos la tradición evangélica ha puesto énfasis en el nacimiento, muerte y resurrección de Jesús como axiomas de la intervención salvífica de Dios, relegando su vida a un momento anecdótico y a lo sumo a modelo inspirador de vida. Sin embargo, se equivoca el evangelicalismo al poner la vida de Jesús en segundo plano cuando es precisamente el eje neurálgico desde el cual se puede entender la acción salvífica de Dios, y es desde su vida que se puede entender evangélicamente su nacimiento, muerte y resurrección. Así lo demuestran el contenido de los evangelios.

Luego de morir en la cruz y haber resucitado es que se les abrieron los ojos y pudieron vislumbrar el misterio y pudieron confesar Jesús es el Señor. Pero los ojos fueron abiertos por cuanto existe una vida de Jesús que provee de contenido a ese nacimiento, muerte y resurrección y que en consecuencia lleva a la confesión de fe.

Una cristología evangélica no puede tener otro comienzo que el seguimiento de Jesús. Debe ser capaz de ponerse en el lugar de los primeros discípulos. Evidenciar que Jesús se presenta así mismo como profeta del Reino de Dios que invita a sus discípulos a vivir los valores del Reino de Dios. Que su muerte es producto de una vida consecuente con los valores del Reino y que su resurrección es la identificación de Dios con el profeta del Reino declarado por Dios ahora como mesías. La resurrección de Jesús es la fidelidad de Dios para con la vida de Jesús y su proyecto. Jesús había encarnado el proyecto de Dios y este en ningún momento lo abandonó sino que se identificó a tal punto con Jesús que no podía dejar que su vida terminará con la muerte, sino que tenía que triunfar la vida sobre la muerte.

Los discípulos de Jesús no podrían haber llegado a la confesión «Jesús es el Señor» si es que no hubiese existido un seguimiento en vida. Aún cuando los discípulos de la segunda generación no fueron testigos oculares de lo sucedido en Jesús, el testimonio de dichos discípulos y la presencia activa del Espíritu son los permitieron y permiten aún hoy hacer el mismo recorrido que hicieron los primeros discípulos. La fe en Jesús el Cristo no se sustenta en formulaciones dogmáticas, sino en la experimentación del seguimiento del Jesús viviente. Por ende, la vida de Jesús y su seguimiento deben ser el axioma del nuevo rostro evangélico latinoamericano.

El Espíritu: ¿Al servicio de lo sobrenatural?[4]

La construcción teológica del evangelicalismo latinoamericano ha limitado la acción del Espíritu Santo al ámbito de lo sobrenatural e intraeclesial. Es decir, acontecimientos carismáticos como el don de lenguas o la acción particular de algunos profetas. Sin embargo, esto constituye un reduccionismo errático y un desequilibrio bíblico y teológico.

En primer lugar, el Espíritu Santo es Dios en acción. Es la misteriosa presencia de Dios en el mundo actuando para llevar a cabo su proyecto salvífico en el mundo. De ahí que no se puede reducir su acción a lo sobrenatural y mucho menos a lo que acontece en determinadas comunidades. El Espíritu Santo va delante de nosotros allanando el camino para la manifestación plena del Reinado de Dios. Una acción a la cual por cierto las comunidades cristianas están invitadas a participar. Por lo tanto, la experiencia del Espíritu es experiencia de acción en el mundo.

En segundo lugar, la experiencia del Espíritu Santo es experiencia de libertad. El Espíritu Santo se percibe en toda experiencia de liberación que acontece en la historia humana. Por ende, la comunidades cristianas son guiadas por espíritu para ser comunidades liberadoras tal cual lo señaló el propio Jesús: «El Espíritu del Señor está sobre mí, por cuanto me ha ungido para anunciar buenas nuevas a los pobres. Me ha enviado a proclamar libertad a los cautivos y dar vista a los ciegos, a poner en libertad a los oprimidos, a pregonar el año del favor del Señor». (Lucas 4:18-19 NVI).

En tercer lugar, la experiencia del Espíritu es experiencia de palabra crítica. Jesús, los profetas, y los apóstoles experimentaron la llenura del Espíritu al denunciar la tradición, el institucionalismo, el conformismo y por sobretodo las injusticias políticas y sociales[5]. Las comunidades evangélicas latinoamericanas están en deuda con la acción del Espíritu cuando callan ante las injusticias que ocurren en nuestro continente y más bien buscan el favor y la estima del poder político.

En cuarto lugar, la experiencia del Espíritu es experiencia de comunidad. El Espíritu Santo no actúa en individuos privilegiados sino que actúa en comunidades dispuestas a dejar guiar por él. El Nuevo Testamento es revelador en este sentido. Desde Pentecostés El Espíritu Santo actúa en las comunidades en su totalidad. Las comunidades cristianas primitivas mostraban claramente el modelo de iglesias comunitarias que viven a partir del Espíritu con la mediación de los apóstoles, pero como entidad autónoma, presente localmente. La experiencia del Espíritu forma comunidades cuyo fin último es la renovación de un nuevo tejido social global cuya manifestación definitiva será escatológica.

Por último, la experiencia del Espíritu es experiencia de vida. En un continente donde prima la muerte y apenas se sobrevive, el milagro es la vida.  Desde el Antiguo Testamento (Ez 37), el Espíritu es fuerza de vida: es capaz de resucitar aun los muertos. El don del Espíritu dado por Cristo resucitado es promesa de resurrección y vida eterna después de esta existencia terrestre. Pero la resurrección ya produce sus primeros frutos en esta tierra en el seno de las comunidades cristianas (Rom 8:11).

Iglesias: un camino de empoderamiento comunitario[6]

El actual panorama evangélico latinoamericano muestra una gran tendencia hacia una estructuración eclesial clerical y jerárquica. Pastores, “profetas” y “apóstoles” cada día van acumulando poder suficiente en sus personas como para determinar el accionar de las comunidades cristianas no sólo en la esfera íntima de las comunidades sino que también en la esfera pública.

Los modelos de trabajo pastoral que se han implantado en las comunidades eclesiales latinoamericanas se han construido sobre la base de relaciones de poder verticales en las que la tarea pastoral se legitima como autoridad que dirige y controla el “correcto creer” y el “correcto actuar”. Pero, ¿quién dirige y controla el “correcto creer y actuar” del pastor/a? Algunos dirán que son las instituciones y denominaciones a las que pertenecen dichos pastores, sin embargo, ¿quienes dirigen y controlan a aquellas instituciones y denominaciones? Otros propondrán que es su “llamado”, que suele entenderse como si fuera una investidura sacerdotal a la manera Católica Romana el que legitima al pastor para dirigir y controlar el “correcto creer y correcto actuar” de las comunidades. Pero ¿cómo establecen las comunidades que el “correcto creer y actuar” de su pastor es tal si es éste el único autorizado, el único con poder, para interpretar la Biblia y señalar el “correcto creer y correcto actuar”? Legitimar la relación de poder que se establece entre pastor y comunidad sobre la base de un “llamado” ¿acaso no contradice el sacerdocio universal de todo creyente.

En este sentido, el único camino plausible y evangélico es una praxis de fe debe construida comunitariamente. En este sentido, las iglesias deben recuperar el poder delegado en la figura del pastor para transformarse en sujetos activos de su propia praxis. A este proceso de recuperación es lo que hemos llamado con el teólogo Luis Tapia, camino de empoderamiento comunitario. La labor pastoral no debe entenderse como el poder para dirigir y controlar, sino como el oficio de facilitar, cuyo último objetivo es empoderar a la propia comunidad de fe local como sujeto teológico capaz de reflexionar por sí misma su creer y actuar.

Los modelos jerárquicos y autoritarios son contraproducentes en sociedades que se encaminan a la construcción de espacios cada vez más democráticos. Por ende, avanzar hacia modelos más participativos es el camino que deben seguir y encarnar las comunidades cristianas latinoamericanas.

Conclusión

Mis expectativas sobre el CLADE V están en la necesidad de sentar las bases para la construcción de un nuevo rostro del protestantismo evangélico latinoamericano. Una resignificación que es necesaria para el futuro de la misión cristiana.

El nuevo rostro evangélico debe cimentarse sobre la base de una fe que más que contenido doctrinal se exprese como confianza en el Dios de Jesús. Debe cimentarse sobre la base de una nueva imagen de Dios que no sea la del Dios episódico sino la del Dios epifánico que Jesús mismo experimentaba día a día. También el nuevo rostro evangélico debe poner énfasis en la vida y el seguimiento de Jesús como axioma de la fe cristiana; en un Espíritu que actúa en las cosas trascendentales de la vida y no sólo en lo anecdótico; y en comunidades empoderadas capaces de discernir y construir su praxis en el mundo.

Mis esperanzas en el CLADE V están en que sea mucho más que una celebración, sino que una instancia trascendental para el futuro del cristianismo evangélico latinoamericano. Una instancia que pueda sentar las bases para un genuino cristianismo evangélico latinoamericano en misión integral. Sólo así podremos hacer realidad la consigna, Sigamos a Jesús en su Reino de Vida. ¡Guíanos, Santo Espíritu!

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[1] MÍGUEZ BONINO, José. Rostros del protestantismo latinoamericano, Ed. Nueva Creación, Buenos Aires, 1995, pp. 41.

[2] SHELBY SPONG, John. Jesús: Hijo de mujer, Ed. Martínez Roca.

[3] Cf. CROSSAN, John Dominic, El nacimiento del cristianismo, Emecé, Buenos Aires, 2002, p. 314.

[4] Para una mayor profundización en lo expuesto puede remitirse a COMBLIN, José. «Espíritu Santo» en: ELLACURÍA, Ignacio – SOBRINO, Jon. Mysterium Liberationis: Conceptos fundamentales de la teología de la liberación, Ed. Trotta, Madrid, 1990, pp. 619-642.

[5] NEUFELD, Alfed. Vivir desde el futuro de Dios, Ed. Kairos, Buenos Aires, 2006, p. 196.

[6] Reflexiones que han surgido de un nutrido diálogo entre el autor y el teólogo chileno Luis Tapia R.

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La buena noticia que las iglesias transformaron en desagradable


Hace tiempo compartí en mi comunidad cristiana un artículo de José María Catillo, Felicidad y alegría en la vida cristiana, que se encuentra en el libro Espiritualidad para Insatisfechos. La presente reflexión se la debo a este artículo y gran parte de lo que escribo esta contenida en la obra de este autor.

Existe un dicho popular que reza que todo lo que está bueno o es pecado o engorda. Lo cierto es que, en alguna medida, este dicho resume todo el mensaje cristiano en este último tiempo. Quien frecuenta una iglesia se dará cuenta que, en el mayor de los casos se invita más al dolor, al sufrimiento y al llanto, más que a la alegría, la risa y la felicidad. Se habla más de la muerte que de la vida. Y cuando se hace referencia a «la vida» va acompañada del adjetivo «eterna». Los templos y su ornamentación, la vestimenta de la gente de iglesia, los cánticos, todo evoca tristeza y como señala José María Castillo, pareciera ser que nos enfrenta más a la muerte que a la vida. Seguramente esto es lo que explica, al menos en buena medida, por qué la oferta de felicidad y bienestar que hace la sociedad actual tiene más poder sobre el común de la gente que la oferta de bienaventuranzas eternas que hacen las religiones.

Evangelio significa «buena noticia». El evangelio tiene por contenido a Jesús y su mensaje sobre el Reino de Dios. Jesús hablaba de tal manera que la felicidad que la religión oficial de su tiempo proyectaba al futuro se podía vivir ahora ya, es decir en el presente. Asumir el proyecto cristiano es aceptar y asumir un proyecto de felicidad, gozo y alegría para la vida presente de cualquier persona y de la humanidad completa.

Para Jesús el tiempo de privación y la tristeza se habían terminado. Ahora, comenzamos a vivir el Reino de Dios que se asemeja a una fiesta de bodas a la que somos todos invitados y donde la comida y el vino sobreabundan.

José María Castillo comenta en su libro: «No se trata sólo de que a los cristianos se nos ha secuestrado la alegría y ya no encontramos en el Evangelio un mensaje de felicidad y, menos aún, podemos ver en el mensaje de Jesús un proyecto que encarne la felicidad de vivir. Lo peor de todo es que, al arrancarle al Evangelio su mensaje de felicidad y de alegría, hemos precipitado al cristianismo en una crisis tan profunda que, ya a estas alturas, esa crisis parece humanamente insuperable». La que era buena noticia, la iglesia la ha transformado en desagradable.

Creemos que a Dios le gusta el dolor y el sufrimiento. Aún creemos que Dios necesita de sacrificios. Lo que a Dios le agrada es que seamos felices y gocemos de la vida en cuanto sea posible. Sin embargo la felicidad no es por arte de magia. La felicidad la construimos cada uno y en conjunto. Somos nosotros los que nos hacemos felices. José María Castillo comenta que, «lo que ocurre es que es más exigente y más costoso dar felicidad a los otros que vencer uno mismo sus propios vicios y pasiones. Porque para dar felicidad a los demás, uno tiene que empezar por ser feliz. Y, sobre todo, tiene que hacerse sensible de tal manera a lo que agrada a los otros que tendrá que renunciar a muchas cosas que le agradan a él para que los demás se sientan bien».

¿Qué hacer para recuperar la alegría de las primeras generaciones de cristianos? Concuerdo con José María Castillo que lo más urgente que debemos hacer es:

1. Abandonar para siempre el Dios violento y amenazante del Antiguo Testamento. Y poner, en su lugar, el Dios que se nos reveló en el hombre Jesús de Nazaret.

2. Abandonar para siempre la ética del deber y las obligaciones. Y poner, en su lugar, la ética de la necesidad o, más exactamente, la ética de las necesidades fundamentales y básicas que tiene la gente.

3. Abandonar para siempre la espiritualidad del dolor y el sacrificio. Y poner, en su lugar, la espiritualidad de la felicidad, es decir, la espiritualidad que se plantea como proyecto de vida hacer felices a las personas que están a nuestro alcance.

Jesús soñaba con que la gente viviera atenta a lo que hace felices a otros, el mismo fue sensible a lo que daba alegría a los demás. Cuando, en la boda de Cana, convirtió el agua en vino, no sabemos si hizo un milagro para demostrar que era Dios. Y no sabemos eso porque no tenemos una idea clara sobre si eso estaba en su mente o si es una disquisición de los cristianos. Lo que sabemos con seguridad es que convirtió unos seiscientos litros de agua, que estaban destinados a las purificaciones rituales de los judíos, en el mejor vino que allí se podía beber. O sea, lo que realmente hizo Jesús fue convertir la obligación religiosa en el gozo y la alegría que produce el mejor vino.

José María Castillo termina su artículo diciendo lo siguiente: «Sueño con el día en que los cristianos vivamos la mística de la felicidad. Sueño con ver una Iglesia que convierta el agua de sus rituales en vino de fiesta de bodas, fiesta de vida y hasta de exceso y disfrute. Sueño con la religión de los que hacen reír, aunque quien hace eso esté llorando por dentro. Sueño con un mundo más soportable y una vida más llevadera. El mundo y la vida que hacen los que, en cualquier caso, consiguen que los demás se sientan mejor cada día».

Para terminar, una observación importante: la felicidad no se impone por mandato ni se enseña como doctrina. La felicidad se contagia, es decir, el que es feliz, hace felices a los que le rodean y conviven con él. La capacidad de contagiar felicidad es determinante para quien quiere hablar de Dios.

Como José María Castillo, también sueño en el día en que nuestras iglesias dejen de ser un servicio fúnebre, centro de batallas por el poder y camisas de fuerza. Sueño con que un día las iglesias se transformarán en una manifestación visible de esa gran fiesta del reino de Dios en la que están todos invitados no importando su condición. Esa gran fiesta en la que la comida y el vino sobreabundan.

TRÁFICO DE RELIGIOSIDAD


“Viendo a lo lejos una higuera que tenía hojas, fue a ver si hallaba algún fruto. Cuando llegó a ella sólo encontró hojas, porque no era tiempo de higos. «¡Nadie vuelva jamás a comer fruto de ti!», le dijo a la higuera. Y lo oyeron sus discípulos”.

(Marcos 11:13-14)

Quien tenga la percepción de Jesús como un corderito manso y humilde, bastante estoico, chocará de frente con uno de los episodios más polémicos de su vida y que desencadenarán la ira de los poderes religiosos de Jerusalén que no querrán otro cosa que matarle.

Es extraño ver en los evangelios a Jesús maldiciendo una higuera porque no tenía frutos siendo que no era la temporada de higos ¿Parece que Jesús no durmió bien? ¿Se levantó malhumorado y con el pie izquierdo? ¿Por qué mejor no se quedó acostado? ¿Si tenía hambre, porqué no se preparó algo antes de salir de la casa? ¿Qué culpa tenía la higuera? Todas estas preguntas son posibles de hacer, sin embargo, el episodio narrado cobra sentido y relevancia si lo entendemos como un símbolo plástico y didáctico al más puro estilo de los profetas del Antiguo Testamento. Este símbolo está estrechamente conectado con el relato de Jesús en el Templo.

Cuando llegaron a Jerusalén, Jesús entró en el Templo y comenzó a echar a los que vendían y compraban en él. Derribó las mesas de los cambistas, desmanteló los puestos de los vendedores de palomas, y prohibió que transportaran cargas por el Templo. Y les enseñaba: “¿Acaso no está escrito: Mi casa será llamada casa de oración para todas las naciones? Pero ustedes la han convertido en una cueva de ladrones”.

Estas acusaciones que hace Jesús son gravísimas en contra la religiosidad oficial de Israel. Acusaciones que se insertan en la tradición profética, específicamente de Isaías y Jeremías.

Siempre hubo sectores en Israel que entendieron que la categoría de pueblo elegido de Dios estaba estrechamente ligado a una funcionalidad más que a un favoritismo. Esta función era la de acercar a las demás naciones al Dios que había conocido Israel. Sin embargo, al poco andar la elección se transformó en favoritismo, y el favoritismo en exclusividad.

La percepción de favoritismo y exclusividad degeneró en una falta de compromiso respecto de las responsabilidades éticas y sociales transformando la religión en un conjunto de rituales desprovistos de todo significado e implicancias para la vida del pueblo.

Exclusividad y ritualismo vacío desprovisto de toda implicancia ética hicieron que la religión de Israel en tiempos de Jesús se asemejara a una higuera estéril que no era capaz de dar frutos cuando se necesitaba. En lo esencial, desde la perspectiva de Jesús, no se trata de dar frutos en un tiempo determinado sino que cuando la necesidad lo amerite. Es decir, en todo tiempo.

En vez de acercar a Dios a las personas, Israel montó un aparataje burocrático que más bien alejaba a Dios de las personas. El Dios de la religión judía, era el innombrable, un Dios lejano, totalmente trascendente. La imagen de ese Dios era la de un juez que castigaba a quienes no cumplían con las leyes y premiaba a los piadosos. Así las cosas, era bastante simple saber quienes estaban siendo favorecidos por Dios y quienes no. Desde esta cosmovisión, los pobres eran despreciados por cuanto su pobreza era el testimonio encarnado del juicio de Dios a sus pecados, mientras que los ricos eran los bienaventurados de la sociedad judía por cuanto sus riquezas eran el vivo testimonio del favor de Dios. Los enfermos – ciegos, cojos, paralíticos, leprosos, etc. –, sufrían el juicio de Dios por sus pecados, mientras que los sanos lo eran por su piedad.

En este contexto Jesús viene a derrumbar todo el sistema religioso judío. El Dios de Jesús es el Dios/Padre amoroso. El Dios cercano a las personas. Es el que dice: “Bienaventurados los pobres, porque de ellos es el reino de Dios”. Es el Dios que viene a sanar las heridas, sufrimientos y miserias de los hombres y mujeres. Es el Dios defensor de la causa de los más humildes. Es el Dios que viene a hacer justicia y a defender a su rebaño de los lobos que lo único que hacen es acaudalar riquezas a costa de los más humildes.

Es lamentable que las palabras de Jesús nos calen tan hondo en este tiempo que estamos viviendo. Las palabras pronunciadas hacia la religiosidad de Israel, ahora nos las pronuncia contra nosotros mismos. Al igual que Israel hemos montado un sistema religioso excluyente que al igual que antaño determina quienes son los privilegiados y quienes son los desfavorecidos por Dios. Hemos construido todo un sistema perverso que cumple la función de categorizar a las personas. Quienes no cumplen con las normas establecidas por este monstruoso sistema son catalogados de viles, pecadores, merecedores del infierno. Quienes cumplen al pie de la letra los requerimientos religiosos son los santos, los virtuosos y merecedores de el cielo. Quienes sufren debe ser porque no cumplen con los requerimientos establecidos y quienes tienen una vida agradable y buen pasar es porque ya son perfectos ante Dios y son fieles a las reglas del sistema. En un sistema así todo funciona perfectamente y todo es predecible, pero, ¿realmente Dios puede ser tan predecible?

Me parecen aberrantes las palabras de Pat Robertson quien señaló que lo acontecido en Haití no es más que el juicio de Dios debido a los pecados de dicha nación. Lo más lamentable es que muchas personas piensan lo mismo que este cretino reconocido como el líder religioso más influyente de EEUU.

Dios si realmente estas de detrás de todo esto, en este mismo instante renunció a ti y me hago merecedor de todos lo desastres que afectan a estos pobres hermanos desvalidos. Prefiero el infierno a un cielo lleno de miserables santurrones. Sin embargo, tengo fe en que tú no eres así, creo profundamente que tú eres el Dios de Jesús y que todo este sistema aberrante no es más que un tráfico de religiosidad.

Que significa ser evangélico


Me confieso. Soy evangélico y me cuesta reconocerlo.

Es probable que cuando usted escucha esa palabra le genere una sensación de animosidad. Tal vez le genere indiferencia. Puede ser que mientras está leyendo estas primeras líneas lo haga con cierta desconfianza. Los motivos pueden estar totalmente justificados.

Por mucho tiempo hemos contribuido a formar en las personas una imagen estereotipada de lo que es ser evangélico que en más de alguno produce rechazo. Quizás no sea tan así y tengas una percepción más positiva.

Lo cierto es que en la mayoría de los casos, cuando decimos “evangélico” nos imaginamos a personas que cada domingo, sea por la mañana o en la tarde, caminan por fuera de nuestra casa en dirección a un punto de encuentro llamado “templo”. Sea con frío o con calor, los hombres visten de terno y corbata, mientras que las mujeres vestidos y pelo alargado. Generalmente, llevan en su brazo una Biblia y otro libro más pequeño llamado himnario. Es probable que en más de una oportunidad te encontraras con un grupo parado en una esquina hablando a viva voz del cielo, el infierno, pecado, pecadores, salvación y arrepentimiento. Quizás escuchaste palabras e imágenes lingüísticas que no entendiste como amén, aleluya, vil, “cordero santo” entre otras.

Esta descripción que hemos hecho corresponde a los hábitos de muchos “evangélicos” de hoy en día, sin embargo, ser evangélico no tiene absolutamente nada que ver con eso. Ser evangélico es creer y vivir plenamente el proyecto de Dios para los seres humanos.

Hace dos mil años atrás, un hombre llamado Jesús de Nazareth, decidió compartir a sus coterráneos un evangelio, es decir, una buena noticia. Jesús comenzó a hablarles a los demás de que el Reino de Dios estaba cerca y que debían arrepentirse. ¿Qué quería decir Jesús con estas palabras?

Con estas palabras Jesús estaba declarando lo siguiente: Dios desde la creación del mundo ha tenido un sueño. Dios siempre ha soñado con que el hombre y la mujer vivan plenamente como si vivieran en un paraíso. Dios siempre ha querido erradicar de nuestro mundo la violencia, el odio, las guerras, la miseria, la pobreza, las injusticias, las opresiones, las enfermedades, etc. Todo aquello que conduce la muerte. Bueno, queridos compatriotas, ahora esto es posible, porque Dios ha comenzado ya a hacer realidad su sueño. Por lo tanto, lo que debemos hacer es dejar de hacer todas estas cosas, aceptar y experimentar el sueño de Dios en nuestras vidas.

Jesús no sólo habló de esta buena noticia, sino que, toda su vida la dedico a demostrar con hechos de que el sueño de Dios era posible. Para ello formó un pequeño grupo de discípulos destinados a vivenciar el sueño de Dios en sus vidas. La forma de hacer patente la realidad del sueño de Dios era bastante sencilla y radical. Si en el mundo existe violencia, Jesús y sus seguidores optaron por una vida regida por la paz. Si en el mundo existe injusticia, las relaciones sociales de la comunidad de discípulos apuntaban hacia la justicia. Si en el mundo existe pobreza, la comunidad de discípulos de Jesús compartía sus bienes como una forma de erradicar la pobreza. Si en el mundo impera la exclusión, la comunidad de discípulos era inclusiva. Si en el mundo lo que impera son las relaciones entorno al poder, la comunidad era una comunidad servidora.

En definitiva, podemos decir que la comunidad de discípulos de Jesús era una comunidad evangélica. Esto es porque era una comunidad que había creído y vivía la buena noticia (evangelio) que Jesús de Nazareth había compartido con ellos.

Hubo muchos que no creyeron la buena noticia de Jesús. En su mayoría eran quienes se sentían perjudicados con la noticia de Jesús. Es decir, gente poderosa que no quiso renunciar a su condición de poderosos y dominadores. Por eso es que decidieron matar a Jesús. Sin embargo, a luz de las fe en Dios, estos discípulos experimentaron en sus vidas algo asombroso; Dios había resucitado a Jesús. La buena noticia era real y posible, porque Dios estaba tan comprometido con la realización de su sueño que no había permitido que la violencia y la muerte vencieran sobre Jesús.

Ser evangélico, significa creer y experimentar la buena noticia proclamada por Jesús. Es creer que Dios continúa llevando a cabo la realización de su sueño en el presente. Es pertenecer a una comunidad de discípulos que experimentan en sus vidas el sueño de Dios, tanto para hombre como para mujeres. Es cierto, aún no se ha concretado plenamente, sin embargo, pronto lo estará. Pero eso no significa no hacer nada, al contrario, significa comenzar a vivir ya la realización del sueño de Dios. Esa es la esencia de la conversión.

Ser evangélico no es el estereotipo que se ha impuesto socialmente, sino que el evangélico es y será quien crea y encarne el proyecto de Dios en su vida. Tú puedes ser una persona católica, protestante u ortodoxa, y ser evangélico porque crees y vives el sueño de Dios. Puedes no practicar una religión tradicional, y sin embargo, creer y experimentar el sueño de Dios para el ser humano.

Debo reconocer que también hay personas que dicen ser “evangélicos”, tener una “tradición evangélica” y creer en Jesús, pero en la realidad, no experimentar la buena noticia de Jesús. Muchos creen que el cristianismo se compone de un conjunto de dogmas y creencias, sin embargo, ser cristiano y ser evangélico es un estilo de vida que encarna el sueño de Dios.

Cuando digo que soy evangélico me gustaría que las personas se imaginaran a una persona que cree y vive la buena noticia de Jesús. No quiero que se imaginen a un loco que viste de traje, vocifera y manda a las personas al infierno.

Ojala que todos algún día viéramos que la buena noticia de Jesús es posible. Ojala que todos algún día pudiéramos creer que el sueño de Dios se está llevando a cabo. Nuestro mundo sería cada vez más como un paraíso, podríamos vivir una vida más plena y seríamos un poco más felices. Seríamos evangélicos en el correcto sentido de la palabra.

La experiencia comunitaria de Dios sigue siendo vital


Pinturas+en+techo+Iglesia“Creo en Dios, pero no siento la necesidad de ir a una iglesia”.

“Creo que Dios es un sentimiento que se siente dentro, que se lleva con uno. El problema está en que hay gente que se ha aprovechado de ese sentimiento para sacarnos dinero”.

“Las religiones son lo mismo que los partidos políticos, necesitan adherentes”.

“La gente se aburrió de que le estén diciendo siempre lo que tiene que hacer”.

“Yo creo que la iglesia está muy atrasada; son anacrónicos, no están en función de los tiempos. Siempre están a mayor distancia”.

Estas frases fueron expresadas por algunos chilenos encuestados para un artículo sobre partencias religiosas realizado por el Programa de Desarrollo de las Naciones Unidas para Chile (PNUD) 2001. Las opiniones vertidas reflejan la crisis que enfrenta el cristianismo. Una religión con profundos rasgos comunitarios ha mutado a una experiencia religiosa de índole privada e individualista.

¿Cómo se puede explicar esta transformación? Se pueden airear muchas causas tanto internas como externas. Sin embargo, pese a toda causa que se pueda mencionar, pese a la culpabilidad que pueda tener la propia iglesia, en el fondo tanto el individualismo como la privatización son las consecuencias de una crisis mayor que afecta a toda la cultura occidental y que ha afectado todo ámbito de nuestra existencia.

¿Es posible mantener la fe cristiana en su dimensión comunitaria? La individualización es un hecho y los desafíos que ella nos plantea necesitan la búsqueda de respuestas también en la experiencia religiosa. Quienes vivimos nuestra fe en su dimensión comunitaria nos vemos confrontados cada vez más con estas preguntas y la vitalidad de nuestras comunidades depende de la capacidad de responder a esta crisis.

Frente a las opiniones vertidas es imperioso responder que:

¡Dios no es patrimonio de las Iglesias! Sin embargo, esto no quiere decir que Dios no sea vivenciado comunitariamente.

¡Dios no es una categoría utilizable para aprovecharse de los sentimientos íntimos del individuo! Debo reconocer que es bastante común ver hoy en día cómo muchas pseudos-iglesias se aprovechan de los sentimientos genuinos de muchas personas y en nombre de Dios se llenan los bolsillos con el dinero de gente muy humilde que ante la oferta de prosperidad se han despojado de todo lo que tienen.

¡La iglesia no necesita adherentes al igual que un partido político! Que algunas de ellas funciones bajo está lógica es totalmente cierto.

¡La iglesia no está para decirle a la gente lo que tienen que hacer! También es cierto que muchas iglesias imponen patrones de compartimiento con categoría de ley. Algunas, incluso utilizan el miedo como mecanismos de control conductual.

¡La iglesia no existe para mantener tradicionalismos, ni tampoco para mantener el status quo! Lamentablemente el anquilosamiento de la iglesia en muchas materias contingentes no sola le resta credibilidad, sino que también la hace ver como un anacronismo.

¿Cuál debe ser el fundamento para seguir vivenciando la fe cristiana desde su dimensión comunitaria? ¿Qué respuesta puede tomar en serio la crisis planteada? ¿Existe oportunidad en medio de esta crisis?

Quisiera responder compartiendo un diálogo que tuve con un amigo mientras nos encontrábamos en un Pub. Él me comentaba que Dios es una experiencia individual y que desde su perspectiva dicha fe no necesita de un experiencia comunitaria. Agregaba además que Dios no lo encuentra en una iglesia sino que cada vez que veía el mar ahí estaba Dios, es decir, en la contemplación de la naturaleza. Yo respondí: “Tú experiencia de Dios ha sido tan importante para mí, porque no me daba cuenta que mirando el mar podía encontrar a Dios”.

iglesiaLa experiencia de Dios en el individuo es tan importante, tan genuina y tan única que compartirlo a otros se constituye en una necesidad vital. La fe genuina experimentada desde el individuo se ha constituido en el fundamento de una fe vivenciada en una comunidad. La comunidad ha pasado a ser vital por cuanto es en esta dimensión donde puedo hallar, aprender y experimentar nuevas posibilidades de búsqueda, apertura y encuentro con Dios. Somos así partícipes de esa gran nube de testigos de la fe de la cual habla el autor de la Carta a los Hebreos y que nos permite caminar con paciencia el sendero que tenemos por delante.

Vistas las cosas de esta manera, es evidente que se hace necesario un cambio estructural en el modo como se viene haciendo iglesia. Para ello es necesario poner menos énfasis en aquellos aspectos institucionales, más bien, será necesario todo un programa de des-institucionalización para dar paso a una genuina experiencia comunitaria movida por un espíritu de libertad, fraternidad e igualdad.

Sí las iglesias no toman enserio estas interrogantes y persisten en su anquilosamiento en vez de apostar por una genuina dimensión comunitaria, tendremos que buscar otras instancias donde podamos vivir una fe comunitaria enriquecida por nuestras personales experiencias de Dios. Si las iglesias persisten en ahogar la fe comunitaria con el yugo de las estructuras burocráticas e institucionales tendremos que vivenciar la fe comunitaria compartiendo nuestras experiencias en otros espacios como en un Pub.

Respuesta a una pregunta sobre el Manifiesto Emergente


Quisiera responder a la pregunta que me hizo un amigo a través de Facebook.

“¿Realmente la gran iglesia imperial será capaz de tener en cuenta los puntos de vistas que planteas? ¿Realmente cederán a su autoritarismo, riquezas, control social etc., por una vida en fe… una verdadera fe sustentada en el amor y no en el miedo?”

Cuando me propuse expresar la realidad que actualmente estamos viviendo a través del manifiesto emergente, tenía sumamente claro que:

benny_hinn-india En primer lugar, vivimos un momento histórico coyuntural que ha sido propiciado por la decadencia de los modelos eclesiales autoritarios o imperiales. Esta decadencia está dada principalmente porque no han sido capaces de hacer una correcta lectura de los tiempos a los cuales nos enfrentamos, o si lo hicieron no fueron capaces de dar el salto o giro histórico que se les propone, esto es, renunciar a los fundamentos absolutos en los que basan todo su modelo.

En segundo lugar, la realidad a la cual nos enfrentamos nos desafía a experimentar nuevos modelos de relaciones alejados de un centro absoluto que es el que propiciaba y sostenía los modelos eclesiales jerárquicos y autoritarios. No sólo la Iglesia Católica Romana se basa un modelo jerárquico y autoritario propiciado por un absoluto, sino que todo modelo eclesial que sostenga la clarividencia de lo absoluto. En las iglesias evangélicas generalmente el absoluto está sustentado en la Biblia, o en un líder que se atribuye a sí mismo esa capacidad de desvelar el absoluto. Ejemplos de esto serían los líderes que se atribuyen para sí la posesión del Espíritu, o la correcta interpretación de la Biblia, el fenómeno de los profetas y apóstoles que hoy están de moda. Todos tiene en común una cosa, esto es, sustentar relaciones de poder con base a su experiencia privilegiada con lo absoluto y la cual no todos puedes acceder.

¿Quiere decir esto que se debe negar la existencia de absolutos? ¿En la negación de los absolutos no está de fondo la negación de Dios? ¿No es acaso la Biblia el acceso a esa verdad absoluta?

En el fondo de la problemática está más bien nuestra incapacidad de acceder a la realidad como absoluta. Está el reconocimiento de que todo intento es una aproximación subjetiva, es decir relativa al sujeto que intenta acceder a dicha realidad. Está el reconocimiento de que todo es una interpretación.

n619282209_938096_5641En este reconocimiento se sustenta el nuevo modelo emergente de ser iglesia y que tiene enormes implicancias. De este hecho es que no se pueden sustentar relaciones eclesiales jerárquicas y autoritarias, sino que como el acceso a la verdad – Dios, Biblia, etc, – es subjetivo se debería practicar un modelo horizontal donde es una comunidad la que a través del diálogo se encamina hacia la búsqueda de lo sagrado y donde es sumamente importante la experiencia de cada individuo en su relación de búsqueda de lo sagrado.

Teniendo en cuenta esto, ¿importa que las iglesias basadas en el modelo antiguo y que se sustentan en el poder cedan a su autoritarismo? En realidad no, porque el futuro del nuevo modelo que se propone está en la conformación de nuevas comunidades de fe que encarnen y experimenten lo que propone el manifiesto. Por ningún motivo es un modelo que se deba imponer a través del poder, sino que es un modelo para vivir y experimentar la fe bajo los nuevos presupuestos de nuestro tiempo. El futuro no depende de la transformación o acomodo de lo añejo, sino de la experimentación y puesta en práctica a través de comunidades alternativas.

Orar con los ojos bien abiertos


orando22En unas conferencias organizadas por la Red del Camino en Republica Dominicana, Brian Mclaren contó el siguiente chiste:

“Cuando los colonizadores llegaron a nuestros países, ellos tenían la Biblia y nosotros la tierra. Todos cerramos los ojos para orar. Cuando los abrimos, ellos tenían la tierra y nosotros la Biblia”.

Lo que puede ser más chistoso es la cantidad de anécdotas que podemos seguir agregando respecto de las relaciones coloniales en Iberoamérica. No sólo poseyeron la tierra, sino que además poseyeron nuestras a mujeres.

Luego, cuando al fin nuestros países se “independizaron” políticamente decidimos abrirnos al libre comercio. Esto bastó para que los ingleses llegaran a nuestros paisajes latinoamericanos. Ellos tenían una nueva forma de orar y nosotros los minerales. Nuevamente cerramos los ojos para aprender a orar como ellos. Cuando los abrimos, ellos tenían los minerales y nosotros una nueva forma de orar.

Finalmente, el siglo XX, fue testigo de cómo oleadas de misioneros norteamericanos que fueron expulsados de países del oriente por motivos políticos llegaron a Latinoamérica. Ellos nos enseñaron a que los cristianos no debíamos meternos en política sino que debíamos orar. Mientras orábamos con los ojos cerrados, sus compatriotas estaban financiando las dictaduras militares que tanto sufrimiento nos provocaron.

¿Qué quiero decir con todo? ¿Es acaso el típico discurso de un sudaca resentido? Simplemente quiero que aprendamos una lección para los nuevos tiempos que vivimos. En esta nueva época postcolonial, si vamos a orar, hagámoslo con los OJOS BIEN ABIERTOS.