EL PADRE AMOROSO


Quisiera recordarles una parábola contada por Jesús a sus discípulos. Nos dice que un padre tenía dos hijos. Un día el menor de ellos le dice a su padre que le entregue su herencia pues pensaba irse de la casa. El padre accede a la petición y el hijo se va de su casa para recorrer el mundo y divertirse sin medir consecuencias ni tampoco escatimar en gastos. Fueron tantos los excesos  y la juerga del hijo menor que se quedó sin dinero teniendo que trabajar cuidando cerdos, uno de los oficios más humillantes que había entonces. Cansado de tanta humillación el hijo decide volver a la casa de su padre esperando tan sólo tenga compasión de él y le diera un trabajo para poder sostenerse. Grande fue su sorpresa cuando ve que su padre le sale al encuentro corriendo al borde de las lágrimas. El hijo menor había regresado, el padre estaba feliz y tanta alegría ameritaba la mejor fiestonga (fiesta).

Pero la historia no termina alli, el hemano mayor, que regresaba de sus quehaceres en el campo oyó desde lejos la música del baile y cuchicheando con los siervientes averiguó que su hermano había regresado. Indignado no quiso participar de la celebración. El padre al ver que su hijo mayor no quiere participar del festín también le sale al encuentro y le suplica que participe, sin embargo, se encuentra con una lluvia de reproches. Este, el hijo mayor,  gritándole le dice:

“¡Fíjate cuántos años te he servido sin desobedecer jamás tus órdenes, y ni un cabrito me has dado para celebrar una fiesta con mis amigos!¡Pero ahora llega ese hijo tuyo, que ha despilfarrado tu fortuna con prostitutas, y tú mandas matar en su honor el ternero más gordo!”

El padre cariñosamente le dice:

“Hijo querido (Hijo mío), tú siempre estás conmigo, y todo lo que tengo es tuyo. Pero teníamos que hacer fiesta y alegrarnos, porque este hermano tuyo estaba muerto, pero ahora ha vuelto a la vida; se había perdido, pero ya lo hemos encontrado.”

Esta parábola que comúnmente hemos conocido como la parábola del hijo pródigo, en realidad debería llamarse la parábola del padre amoroso. Y refleja el incondicional amor de nuestro Dios Padre. Como hijos suyos tenemos siempre la tendencia a alejarnos de él, a malgastar nuestra vida en cosas insignificantes y sinsentido. Sin embargo, recuerda que Dios no es un padre rencoroso, ni mucho menos violento. Nuestro Dios es un Padre amoroso que está dispuesto a salir corriendo a nuestro encuentro y a preparar la mejor fiesta si un día decidimos retomar el camino que nos lleva hasta él.

También nos hace una advertencia si es que estamos en la vereda contraria: “no te enfades ni te pongas envidioso(a) cuando veas que el amor de nuestro padre es ilimitado y alcance para el que menos  esperas.

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