La buena noticia que las iglesias transformaron en desagradable


Hace tiempo compartí en mi comunidad cristiana un artículo de José María Catillo, Felicidad y alegría en la vida cristiana, que se encuentra en el libro Espiritualidad para Insatisfechos. La presente reflexión se la debo a este artículo y gran parte de lo que escribo esta contenida en la obra de este autor.

Existe un dicho popular que reza que todo lo que está bueno o es pecado o engorda. Lo cierto es que, en alguna medida, este dicho resume todo el mensaje cristiano en este último tiempo. Quien frecuenta una iglesia se dará cuenta que, en el mayor de los casos se invita más al dolor, al sufrimiento y al llanto, más que a la alegría, la risa y la felicidad. Se habla más de la muerte que de la vida. Y cuando se hace referencia a «la vida» va acompañada del adjetivo «eterna». Los templos y su ornamentación, la vestimenta de la gente de iglesia, los cánticos, todo evoca tristeza y como señala José María Castillo, pareciera ser que nos enfrenta más a la muerte que a la vida. Seguramente esto es lo que explica, al menos en buena medida, por qué la oferta de felicidad y bienestar que hace la sociedad actual tiene más poder sobre el común de la gente que la oferta de bienaventuranzas eternas que hacen las religiones.

Evangelio significa «buena noticia». El evangelio tiene por contenido a Jesús y su mensaje sobre el Reino de Dios. Jesús hablaba de tal manera que la felicidad que la religión oficial de su tiempo proyectaba al futuro se podía vivir ahora ya, es decir en el presente. Asumir el proyecto cristiano es aceptar y asumir un proyecto de felicidad, gozo y alegría para la vida presente de cualquier persona y de la humanidad completa.

Para Jesús el tiempo de privación y la tristeza se habían terminado. Ahora, comenzamos a vivir el Reino de Dios que se asemeja a una fiesta de bodas a la que somos todos invitados y donde la comida y el vino sobreabundan.

José María Castillo comenta en su libro: «No se trata sólo de que a los cristianos se nos ha secuestrado la alegría y ya no encontramos en el Evangelio un mensaje de felicidad y, menos aún, podemos ver en el mensaje de Jesús un proyecto que encarne la felicidad de vivir. Lo peor de todo es que, al arrancarle al Evangelio su mensaje de felicidad y de alegría, hemos precipitado al cristianismo en una crisis tan profunda que, ya a estas alturas, esa crisis parece humanamente insuperable». La que era buena noticia, la iglesia la ha transformado en desagradable.

Creemos que a Dios le gusta el dolor y el sufrimiento. Aún creemos que Dios necesita de sacrificios. Lo que a Dios le agrada es que seamos felices y gocemos de la vida en cuanto sea posible. Sin embargo la felicidad no es por arte de magia. La felicidad la construimos cada uno y en conjunto. Somos nosotros los que nos hacemos felices. José María Castillo comenta que, «lo que ocurre es que es más exigente y más costoso dar felicidad a los otros que vencer uno mismo sus propios vicios y pasiones. Porque para dar felicidad a los demás, uno tiene que empezar por ser feliz. Y, sobre todo, tiene que hacerse sensible de tal manera a lo que agrada a los otros que tendrá que renunciar a muchas cosas que le agradan a él para que los demás se sientan bien».

¿Qué hacer para recuperar la alegría de las primeras generaciones de cristianos? Concuerdo con José María Castillo que lo más urgente que debemos hacer es:

1. Abandonar para siempre el Dios violento y amenazante del Antiguo Testamento. Y poner, en su lugar, el Dios que se nos reveló en el hombre Jesús de Nazaret.

2. Abandonar para siempre la ética del deber y las obligaciones. Y poner, en su lugar, la ética de la necesidad o, más exactamente, la ética de las necesidades fundamentales y básicas que tiene la gente.

3. Abandonar para siempre la espiritualidad del dolor y el sacrificio. Y poner, en su lugar, la espiritualidad de la felicidad, es decir, la espiritualidad que se plantea como proyecto de vida hacer felices a las personas que están a nuestro alcance.

Jesús soñaba con que la gente viviera atenta a lo que hace felices a otros, el mismo fue sensible a lo que daba alegría a los demás. Cuando, en la boda de Cana, convirtió el agua en vino, no sabemos si hizo un milagro para demostrar que era Dios. Y no sabemos eso porque no tenemos una idea clara sobre si eso estaba en su mente o si es una disquisición de los cristianos. Lo que sabemos con seguridad es que convirtió unos seiscientos litros de agua, que estaban destinados a las purificaciones rituales de los judíos, en el mejor vino que allí se podía beber. O sea, lo que realmente hizo Jesús fue convertir la obligación religiosa en el gozo y la alegría que produce el mejor vino.

José María Castillo termina su artículo diciendo lo siguiente: «Sueño con el día en que los cristianos vivamos la mística de la felicidad. Sueño con ver una Iglesia que convierta el agua de sus rituales en vino de fiesta de bodas, fiesta de vida y hasta de exceso y disfrute. Sueño con la religión de los que hacen reír, aunque quien hace eso esté llorando por dentro. Sueño con un mundo más soportable y una vida más llevadera. El mundo y la vida que hacen los que, en cualquier caso, consiguen que los demás se sientan mejor cada día».

Para terminar, una observación importante: la felicidad no se impone por mandato ni se enseña como doctrina. La felicidad se contagia, es decir, el que es feliz, hace felices a los que le rodean y conviven con él. La capacidad de contagiar felicidad es determinante para quien quiere hablar de Dios.

Como José María Castillo, también sueño en el día en que nuestras iglesias dejen de ser un servicio fúnebre, centro de batallas por el poder y camisas de fuerza. Sueño con que un día las iglesias se transformarán en una manifestación visible de esa gran fiesta del reino de Dios en la que están todos invitados no importando su condición. Esa gran fiesta en la que la comida y el vino sobreabundan.

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Un comentario en “La buena noticia que las iglesias transformaron en desagradable

  1. Entiendo lo que quiere decir,y se que en iglesias muy institucionales del protestantismo histórico el servicio de adoración,es tan extremadamente solemne-o rutinario-que daría un retrato como el que usted describe.
    También entiendo a Castillo por ser católico.ya que el catolicismo más añejo habla mucho de sacrificio y “mortificación de la carne” y todo eso, además de la celebración de determinadas fiestas donde la sangre ocupa el primer plano.contagiando tristeza,
    En las iglesias evangélicas que yo he conocido en mis casi cincuenta años de cristiano-gran parte de ellos con ministerio actívo-,(Bautistas, Hermanos,Metodistas,Presbiterianas y Pentecostales,(Fundamentalistas,del Pacto, del Reino) la alegria y el gozo, se predica se vive plenamente de manera colectiva, y se transmite, aunque algunos individuos,siempre entendieron que la espiritualidad y necesaria piedad cristiana se debe mostrar “poniendo cara de sello”, ¡y no hay quién les cambie!.
    Lo de “centros de batalla de poder” si que es tan cierto como grave en todas partes, pero sobre todo, en las denominaciones más “congregacionalistas”.

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