DIOS NO ES UN PARRICIDA

En la actualidad, si hay algo en común entre la mayoría de los cristianos, pese a su multiplicidad de expresiones, es la creencia en Jesús como el Hijo de Dios que vino a este mundo para salvar a la humanidad del pecado. La mayoría cree que su muerte fue un sacrificio compensatorio ofrecido a Dios para aplacar su “justa” ira para con una humanidad corrompida, depravada y malévola. En el fondo, la muerte de Jesús es el sustituto de nuestra propia muerte.

Hoy en día somos cada vez más los cristianos que no estamos de acuerdo con esta imagen tradicional y dogmática de Jesús de Nazaret. En primer lugar, no estamos de acuerdo con esta imagen porque enfatiza la muerte de Jesús como el objetivo central de su existencia relegando a segundo plano su vida y enseñanzas. En consecuencia, su ministerio público no es más que una anécdota, un agregado a lo que va a ser realmente “trascendental”, es decir, su muerte. En segundo lugar, no compartimos esta imagen de Jesús porque manifiesta abiertamente un razonamiento mágico inconcebible que viola nuestra forma de razonar. En tercer lugar, porque en esta concepción de Jesús el verdadero monstruo es Dios al necesitar de una víctima para satisfacer su sed de ira. En la actualidad cualquier padre que clave en una cruz a su hijo por cualquier motivo que aduzca sería condenado a la cárcel por abuso infantil y parricidio.

Creo estar en lo cierto cuando digo que, la concepción que tengamos de la identidad de Jesús genera una praxis cristiana. Es decir, la imagen que poseamos de Jesús va ha tener importantes consecuencias para el desarrollo de nuestra vida cristiana. En definitiva, dicha concepción contiene los presupuestos que modelan nuestro actuar en la totalidad de nuestra vida aquí y ahora.

Teniendo en cuenta lo anterior, se deduce claramente que la imagen tradicional y dogmática de la comprensión de Jesús y su muerte compensatoria se traduce en una vida cristiana centrada en el pecado, la culpa y el perdón. El hombre y la mujer son culpables del pecado que habita en ellos. Pero gracias a Jesús el hombre y la mujer pueden acceder al perdón si se reconocen como pecadores y aceptan el sacrificio ofrecido por Jesús. La iglesia es esencialmente es el grupo de los que han recibido el perdón de Dios y que ahora se dedican a dar gracias por tan grande sacrificio.

¿Quién fue Jesús realmente? ¿Cuál fue el motivo central de su ministerio? ¿Fue realmente su muerte un sacrificio ofrecido a Dios? ¿Existe la posibilidad de comprender la vida de Jesús fuera del marco interpretativo tradicional del sacrificio compensatorio? ¿Qué consecuencias tendría una nueva imagen de Jesús para la vida cristiana? ¿Qué imagen de Dios se desprendería de una nueva visión de Jesús que no sea ya la del Dios sádico y parricida?

Creo que estas preguntas son centrales para la reflexión teológica contemporánea. De su debida respuesta depende en gran parte el futuro del cristianismo.

¿Dónde encontrar a Dios hoy? esta pregunta ha sido planteada desde los inicios de la humanidad y a ella nos seguimos enfrentando en el presente.

¿DÓNDE SE ENCONTRABA A DIOS EN LA ANTIGÜEDAD?

En el principio el hombre primitivo se encontraba con lo divino en situaciones límites de la naturaleza. En el rayo, en el fuego, en la tormentas, en el rugir de las montañas (volcanes), en la muerte. Esto los llevaba a edificar templos y hacer sacrificios en honor a la divinidad y para aplacar la ira de lo divino ya que todos estos encuentros eran en alguna medida terroríficos. La relación entre el ser humano, y lo divino se daba en el espacio del miedo.

La novedad de los orígenes del pueblo de Israel es que con Dios se encontraron en la vida. A Dios lo experimentaron en una situación de vida bastante particular. A Dios lo encontraron en medio del sufrimiento y la esclavitud, pero no como justificación de lo que les estaba pasando, sino que como fuerza liberadora de su situación de vida opresiva.

Pronto esta novedad de Israel se fue tergiversando y llevando el encuentro con lo divino nuevamente a situaciones como las anteriores. El Templo y los sacrificios se transformaron en los medios únicos por los cuales las personas podían tener un encuentro con lo divino. En la historia de Israel siempre hubo personas que no estaban de acuerdo con el rumbo que había tomado Israel y criticaban esta forma de religiosidad porque en vez de acercar a las personas a Dios las alejaba. Estos personajes fueron los profetas que muchas veces hablaron de parte de Dios, proclamando que Dios no habitaba en templos hechos por manos humanas, que no quería sacrificios sino misericordia, que el ayuna y la oración por excelencia era hacer el bien y vivir una vida en justicia. Sin embargo, a estos personajes en su mayoría no le hicieron caso y los trataron de locos, pecadores, alejados de Dios, y a muchos los mataron.

¿DÓNDE CREEN LAS PERSONAS QUE PUEDEN ENCONTRAR A DIOS HOY?

En Templos: Usualmente las personas cuando tienen necesidad de Dios se les recomienda ir a un Templo, porque estamos habituados a creer desde la antigüedad que es el lugar privilegiado para encontrarse con lo divino.

Siguiendo Gurúes: Otro camino que están usando las personas para encontrarse con lo divino es a través del seguimiento de personajes importantes que dicen haber encontrado el camino para unirse con lo divino. Los libros más vendidos en la actualidad son los que dicen relación con este tipo de personajes o gurúes, profetas, visionarios, etc. El fenómeno de las sectas en el día de hoy tiene que ver más con un fin comercial que con la búsqueda genuina de la verdad o lo sagrado. Y muchas iglesias han caído en el mismo juego.

En la disciplina: Muchas personas en la búsqueda de Dios llegan a iglesias, grupos religiosos o sectas que les proponen como camino de encuentro con lo divino las disciplina y la rigidez. Se les propone acatar reglas y verdades inquebrantables porque en alguna medida les ofrece a las personas seguridad y certeza en un mundo donde todo es relativo. He aquí también una de las causas del crecimiento de sectas e iglesias de este tipo.

El camino de las emociones y lo sobrenatural: Este es el camino por excelencia del día de hoy. En un mundo que por mucho tiempo reprimió a las emociones y lo sobrenatural bajo el imperio de la racional, son cada vez más lo que siguen el camino de movimientos que dan rienda suelta a las emociones y a creencias que van más allá del límite de la razón. Muchas iglesias también han seguido este camino dando buenos resultados numéricos pero cometiendo muchas veces abusos y tergiversaciones del evangelio.

LA NOVEDAD DE JESÚS

Muchos de los camino que mencioné anteriormente tanto antiguos como nuevos son los que están siguiendo muchas iglesias cristianas el día de hoy con bastante eficacia en cuanto el crecimiento numérico, y es una de las posibilidades que podemos seguir como iglesia también. Las preguntas que debemos hacernos son las siguientes: ¿Son caminos que realmente conducen a un encuentro con el Dios presentado por Jesús? ¿Qué dicen los evangelios y Jesús específicamente?

Al respecto nosotros creemos que:

A Dios se le encuentra en Jesús y siguiendo el mismo camino que siguió Jesús. Es decir, imitando su estilo de vida. La novedad de Jesús es que rechaza todos los caminos que existían en su tiempo como por ejemplo el del Templo y los sacrificios para recuperar el camino del encuentro con Dios en la vida. Ese camino que Israel había experimentado al momento de ser liberado por Dios de Egipto. A Dios se le encuentra en la vida.

• Para mostrar los caminos que nos propone el propio Jesús para su encuentro con él y el Dios de Jesús les propongo leer el pasaje de Lucas que nos relata el camino de unos discípulos desilusionados que pensaban haber perdido el camino que los había llevado a tener un encuentro con Dios.

• Ellos habían creído profundamente que el encuentro con Jesús en la vida los había llevado a experimentar la cercanía de Dios en sus vidas. ¿Pero que había pasado luego que a Jesús lo habían matado? ¿Cómo podrían conectarse nuevamente con Dios? Ese era el gran problema, el mismo problema al que nos enfrentamos el día de hoy nosotros y todos los que buscan tener un encuentro con Dios.

A través de una rica narración nos damos cuenta que el camino de encuentro con Jesús que es el medio de acceder al encuentro con Dios, de ahí que después Pablo diga que nos hay otro mediador entre Dios y los hombres que Jesús.

1. Nos muestra que el encuentro misterioso con el Señor resucitado se da en el camino de la vida con otros. El camino de encuentro es comunitario. Necesito de otro caminante que me acompañe en este camino de búsqueda.

2. En el diálogo/conversación entorno a las Sagradas Escrituras teniendo como interprete a Jesús mismo. Las Escrituras no se pueden leer si no es desde la interpretación que hace de ellas Jesucristo.

3. En la acogida al forastero necesitado (sin saberlo era Jesús mismo). Cada vez que acogemos las necesidades de las personas estamos teniendo un encuentro con Jesucristo y el Dios de Jesús

4. y en la fracción del pan, es decir, en el compartimiento de los alimentos.

Todas estas experiencias son intrínsicamente comunitarias, no las puede realizar un individuo. Es por ello que para tener un encuentro genuino con Jesucristo resucitado mediador entre Dios y los hombres no puedo prescindir de quien está a mi lado. Necesito de mi hermano para experimentar a Dios en mi vida.

Que puedas tener un encuentro genuino con Dios. Que puedas seguir el camino que te lleva a Dios padre tal como lo proponen los evangelios. Que valores la importancia del hermano que tienes a tu lado. Que puedas compartir el pan y acoger el necesitado porque es allí donde experimentaras el verdadero encuentro con Dios que podrá saciar tu sed con esa agua que jamás podrás reemplazar por otra. Que El Dios de Paz revelado en Jesucristo bendiga tu vida.

¿Quién dice la gente que soy yo? Y vosotros ¿quién decís que soy yo? Preguntaba Jesús a sus discípulos más cercanos. Para la muchedumbre Jesús era Juan el Bautista que había resucitado, para otros era Elías, tal vez uno de los profetas, incluso un mesías. Para la clase dominante judía quien fuera que sea representaba un peligro, era un saboteador de las tradiciones religiosas, un blasfemo que comía y bebía con lo peor de la sociedad y un agitador de las multitudes que merecía ser condenado a la muerte. Al parecer la figura de Jesús representaba un enigma para sus contemporáneos que lo veían deambular por las polvorientas aldeas y pueblos de la Palestina del primer siglo.

Tras su muerte su identidad se hizo más enigmática. Muy pronto las comunidades cristianas comenzaron a hablar de Jesús como el Mesías, el Hijo de David, el Hijo, el Señor, el Salvador, el Logos, el Hijo del Hombre, el Hijo de Dios, el Cristo. A través de estos títulos honoríficos mencionados y otros, dependiendo el contexto, interpretaban su enigmática figura y le otorgaban sentido y coherencia a lo que ellos habían experimentado a su lado bajos los presupuestos de una fe inconmensurable. Algo muy impactante e irrepetible experimentaron que les dio la confianza y autoridad suficiente para declarar que aquel judío de Nazaret no había muerto sino que estaba aún vivo, había resucitado.

La historia de los orígenes del cristianismo muestra una composición considerablemente diversa en lo que se refiere a la respuesta de quién era Jesús de Nazaret y cómo interpretar ciertos episodios de su vida. Como señala José Monserrat Torrents, «la fidelidad al mesías Jesús dejaba lugar para una heterogeneidad de actitudes en correspondencia con la diversidad del mismo judaísmo». El Nuevo Testamento es una recopilación literaria que intenta ser coherente en su contenido. Sin embargo, y debido a su propia naturaleza, no se escapa a la diversidad de concepciones respecto de la figura de Jesús. Si dejáramos de lado por un momento la visión de conjunto que nos impone el canon del Nuevo Testamento, repararíamos en que los textos reflejan ideas y creencias de comunidades particulares distintas las unas de las otras, y que irradian además, conductas propias de cada comunidad local en la que surgió cada relato. Desde esta perspectiva podemos argüir con cierta probabilidad de certeza que la concepción que tenía Pablo de Jesús no es la misma que tenía Juan, Santiago u otro autor del Nuevo Testamento. Una lectura atenta a los libros del Nuevo Testamento da cuenta de ello. En el fondo, el canon pese al ideal de coherencia que le exigimos mantiene una tensión cardinal entre una diversidad natural y una unidad artificial, erigida institucionalmente y legitimada por la ortodoxia de una iglesia dominante.

Sin embargo, cualquiera sea la representación y significado que se tuviera de Jesús en la especificidad de cada comunidad, dicha concepción tenía consecuencias gravitantes que modelaban y coloreaban la vida de los seguidores. Es decir, las creencias sobre Jesús se veían reflejadas en una praxis consecuente.

Tres preguntas para concluir: ¿Quién dices que es Jesús para ti? ¿Se refleja esa imagen en tu diario vivir? ¿Dé qué Jesús me habla tu praxis?

 

Voy a comenzar haciendo una afirmación que creo es fundamental. No se puede entender la muerte y resurrección de Jesús sin entender su vida. Es más, su muerte y resurrección no tienen ningún sentido si no comprendemos estos sucesos a la luz de lo que hizo Jesús en su vida. La sociedad occidental conmemora el nacimiento, muerte y resurrección como grandes festividades que lo son, sin embargo, es muy probable que hoy en día las personas sin una tradición cristiana carezcan de información suficiente para encontrar sentido a estas festividades cristianas.

Cuando se le pregunta a un cristiano por qué murió Jesús, enseguida responderá, por los pecados de la humanidad. Y si se les pregunta por qué resucitó, inmediatamente responderán sin pensarlo porque era Dios. Pero, si bien la primera relativamente responde al sentido de su muerte, en seguida surge la siguiente pregunta: ¿Qué es pecado? La segunda respuesta es simplemente una herejía porque niega la humanidad de Jesús. Desconoce todos los conflictos que hubo en los primeros siglos para tratar de erradicar esa falsa doctrina que negaba los sufrimientos y muerte de Jesús. Pero bien, tampoco es mi intensión repasar la historia del cristianismo de los primeros siglos. Mi intención es fundamentalmente tratar de comprender el sentido que tiene la muerte y resurrección si miramos estos sucesos a la luz de su vida.

Empecemos por el principio. La cosa comenzó en Galilea. Un hombre llamado Jesús de la ciudad de Nazareth cuando tenía alrededor de treinta años sintió en lo profundo de su corazón de que estaba siendo llamado por Dios para encausar su vida al servicio de su pueblo. Ese llamado es lo que hoy comúnmente llamamos vocación ¿Has sentido en un momento de tu vida que deseas hacer algo que realmente le llena, te hace sentir pleno? En la actualidad esa vocación generalmente se traduce en una profesión. Algunos sienten que serían felices si sirvieran a los demás sanando sus heridas y enfermedades, entonces estudian y se hacen médicos. Otros sientes que serían felices si sirvieran a las personas en riesgo social, entonces estudian y se hacen trabajadores sociales. Otros sienten que serían felices ayudando a las personas a cumplir sus sueños de tener una casa propia entonces estudian y se hacen ingenieros o constructores o arquitectos. Y digo que generalmente la vocación se traduce en profesión porque algunas veces eso no ocurre. Y no ocurre básicamente por aún cuando se siente llamados ha hacer una cosa determinada, terminan haciendo otra porque esa otra quizás le generará más dinero, o más poder, o más fama. Muchos terminan consiguiendo esas cosas pero felices no terminan. Jesús sintió ese llamado que todos sentimos en un momento de nuestra vida y llevó a la práctica esa vocación.

Su llamado consistía en anunciar y experimentar junto a las personas de su pueblo la llegada del Reino de Dios. Pero, ¿Qué significado tenía el Reino de Dios? El reino de Dios no es un lugar, ni el cielo, sino que es el momento en que Dios vuelve a Reinar sobre este mundo, comienza a encausar nuestra historia hacia el propósito original por el cual había sido creado. Dios anhelaba profundamente que su creación (el ser humano, hombre y mujer, y todo lo que le rodea) vivieran en completa armonía y paz. Tampoco Dios quería que el ser humano sea un ser que estuviera obligado vivir de una manera determinada sino que esa armonía y paz fuera producto de una relación en plena libertad. Sin embargo, el ser humano dotado de libertad decidió romper la relación de armonía y paz que le había provisto Dios y decidió seguir su propio camino. El ser humano confiaba en que él era autosuficiente para decidir que era bueno y malo. En conclusión, en esa creación armoniosa y pacífica entró el pecado.

Y cuando digo pecado necesito nuevamente explicarlo partiendo con lo que no es pecado. Pecado no son actos que comúnmente se han denominado como pecado. Generalmente cuando un cristiano habla de pecado se está refiriendo a relaciones extramatrimoniales, o hurtos, o beber alcohol, o matar, o etc. Todas esas cosa que he enumerado no son pecados. El pecado es vivir una vida alejada de Dios. El pecado es tomar decisiones en tu vida totalmente alejada de lo que Dios considera que es bueno para ti. Todo lo demás obviamente son consecuencias del pecado, pero en estricto rigor el pecado es uno, es decir, vivir una vida distanciada de Dios.

Volviendo a Jesús. Cuando el anunciaba que el Reino de Dios había llegado, estaba diciendo que había llegado el momento oportuno para retornar nuestras vida al camino trazado por Dios. Estaba señalando que la única forma de ser realmente felices, de vivir en armonía y completa paz, era dejando que Dios encause nuestras vidas porque no somos nosotros quienes sabemos como vivir bien y en armonía sino que realmente es Dios quien nos puede ayudar a conseguir esa plenitud, felicidad, armonía y paz. No había que ser suficientemente un genio para entender esto. En realidad la historia que hemos construido los seres humanos es básicamente una historia llena de infelicidad, injusticias, guerras, genocidios, muertes, sufrimientos, explotación. Esas son las consecuencias de haber creído que podíamos determinar que era bueno y que era malo por nosotros mismos.

Para Jesús el momento de cambiar el curso de la historia había llegado. Entendía que la única forma de no seguir incurriendo en los mismos errores era arrepintiéndonos del camino que habíamos escogido y aceptar que Dios podía llevar nuestra vida a un buen fin. Entendía que a través de leyes se podían regular las acciones de los seres humanos, por ejemplo: leyes contra el divorcio, leyes contra el asesinato, leyes contra las guerras, leyes contra la violencia, las injusticias, etc. Sin embargo, con leyes no se atacaban el problema de raíz. Y como la raíz del problema era el pecado, es decir, el vivir alejados de Dios, entonces la solución era volverse a Dios, entender que Dios estaba cerca, que Dios deseaba que vivieras feliz y pleno, pero que eso se conseguía aceptando que Dios gobernara la vida de las personas. Pero como Dios nunca ha querido imponer su voluntad, esa decisión tenía que tomarla cada persona. Así Jesús comienza a invitar a las personas de su tiempo a vivir y aceptar el Reino de Dios.

Al iniciar su ministerio de vivir y anunciar el reino de Dios se da cuenta de que hay personas dispuestas a encausar su vida de acuerdo a la voluntad de Dios. Entonces se forma un grupo de amigos que poco a poco va creciendo. Con Jesús, este grupo de amigos va a prendiendo que significa vivir bajo la soberanía de Dios. Van aprendiendo y experimentando que efectivamente se podía vivir plenos, felices, en paz y armonía. Sin embargo, para conseguir lo tan anhelado se debía vivir de una forma distinta. Si antes creían que se podían conseguir la felicidad acumulando riquezas, con Jesús se dieron cuenta que la felicidad se conseguía compartiendo lo mucho o poco que se tenía. Si antes creían que ayudar a una persona necesitada era una perdida de tiempo en la búsqueda de la felicidad y plenitud, con Jesús se dieron cuenta que era justamente perdiendo el tiempo con esa persona necesitada que se ganaba la plenitud y la felicidad. Si antes creían que para conseguir una vida armoniosa se podía pasar a llevar a cualquiera que se interpusiera en el camino, con Jesús se dieron cuenta que era justamente respetando la vida de los demás que se conseguía una vida armoniosa. Si antes creían que para lograr su objetivo de vivir plenamente era necesario servirse y explotar a los demás, con Jesús se dieron cuenta que sirviendo a los demás es que se podía lograr vivir plenamente.

Esta nueva formar de vivir tenía enormes costos pero lo que se conseguía era aún más valioso. En esta nueva forma de vivir había nuevas prioridades. Incluso se rompían esquemas y leyes considerados por la sociedad como inquebrantables. Si en aquella sociedad en la que se encontraba Jesús era sagrado respetar el día sábado, para Jesús era mucho más importante que un enfermo pudiera recobrar su salud física, aún cuando en sábado se prohibiera curar a un enfermo. Si en aquella sociedad era importante respetar leyes que regulaban la pureza de la vida cotidiana como, por ejemplo, hacer el ritual de lavado de manos antes de comer, para Jesús más importante y puro era guardarse de no ensuciar la vida de los demás a través de insultos y descalificaciones.

Muchas personas se fueron convenciendo que Jesús tenía razón. Y no sólo porque Jesús decía cosas verdaderas, sino porque esas palabras iban acompañadas de acciones concretas que respaldaban lo que estaba haciendo diciendo Jesús. Las personas que se acercaban a Jesús efectivamente experimentaban una transformación radical de sus vidas y de manera integral. Los enfermos se sanaban, los excluidos se sentían incluidos en Jesús, aquellos que habían sido rechazados por la sociedad porque según ellos eran rechazados por Dios, al encontrase con Jesús no solo experimentaban la inclusividad de Jesús sino que también y quizás por primera vez se sentían y experimentaban una real cercanía con Dios. Por lo tanto, al ver estas señalas el movimiento de Jesús fue creciendo y muchas personas veían que Dios estaba realmente en Jesús, en sus palabras y en sus acciones.

Pero lo que estaba llevando a cabo Jesús no era bien visto por todos. Jesús inquietaba principalmente a los que se privilegiaban del orden existente. Aquellos que el orden social les acomodaba no deseaban que las cosas cambiaran.

Los que se privilegiaban del poder religioso no deseaban que las cosas cambiaran porque hacer caso a lo que decía Jesús significaba transformar radicalmente como se entendía religión. Las autoridades religiosas eran los únicos capaces de determinar que persona tenía una buena relación que con Dios y quien no. Ellos tenían la autoridad para incluir y excluir. En cambio, Jesús creía Dios no excluía a nadie, que Dios no se alejaba de nadie, que todos podían tener acceso a la reconciliación con Dios únicamente a través del perdón sin la mediación de una autoridad religiosa o una institución como el templo. Para las autoridades religiosas Jesús era un enemigo que ponía en riesgo sus privilegios y beneficios.

Los que se beneficiaban del poder político también vieron un enemigo en Jesús. Para Jesús los poderosos debían renunciar al uso del poder y la violencia porque el único digno de gobernar la vida de las personas y formar una sociedad más justa era Dios. Por lo tanto los poderosos debían renunciar al uso del poder y transformarse en servidores de los demás.

A los ricos tampoco les gustaba mucho Jesús, porque no concebían que la felicidad se consiguiera renunciando a las riquezas, por lo tanto, Jesús ponía en riesgo su estilo de vida. Además les enrostraba que gran parte de sus riquezas habían sido acumuladas en base a la explotación de los más débiles. Jesús ponía como modelo de justicia a Dios a través de una parábola en la que un hombre pagaba a sus trabajadores no por la cantidad de horas de trabajo sino que pagaba de acuerdo a lo que el consideraba que era justo para cada uno de sus trabajadores.

Estos poderes nombrados anteriormente fueron los que se unieron para matar a Jesús y lo consiguieron. Jesús fue consecuente hasta el final con su vocación al servicio de Dios y de los demás porque realmente creía que este era el camino que podía conducir nuevamente a vivir en paz, en plenitud y armonía. Sin embargo, los que se beneficiaban del antiguo orden formado por el pecado no les pareció bien. Para Jesús el orden de la sociedad que ellos defendían era pecaminoso, alejado de lo que Dios pretendía para el ser humano, en su lugar propuso un nuevo orden de cosas, un nuevo orden de relaciones humanas que era precisamente el orden que Dios quería. Sin embargo, a Jesús lo mataron por proponer ese nuevo orden de cosas llamado Reino de Dios.

Hasta aquí podemos comprender efectivamente por qué mataron a Jesús. A Jesús lo mataron porque su propuesta estaba en contradicción con los valores que imperaban en aquella sociedad judía. Lo mataron porque cuestionaba el orden de una sociedad que privilegiaba a unos pocos pero que excluía a gran parte de los demás. Lo mataron por denunciar a aquel orden como un orden pecaminoso y promover un nuevo orden llamado Reino de Dios

Pero ¿Por qué muere Jesús? ¿Por qué Dios permite que muera injustamente si realmente estaba cumpliendo y llevando a cabo lo que Dios mismo tenía planeado para la humanidad? ¿Fue Jesús abandonado por Dios justamente en el momento más crucial de su vida?

Estas preguntas son las que precisamente embargaron la vida de los discípulos de Jesús. Cuando el proyecto de Jesús se mostraba ante los ojos de los demás como exitoso nadie se cuestionaba si Jesús estaba respaldado por Dios. Es más, todo apuntaba hacia el hecho de que efectivamente Dios estaba respaldando el proyecto de Jesús. Sin embargo, cuando se comenzaron a enfrentar las primeras dificultades y ya finalmente cuando Jesús muere en la cruz, en muchos discípulos entró la duda respecto de si lo que estaba haciendo Jesús estaba siendo respaldado por Dios.

Pareciera ser que la desilusión es algo habitual en el ser humano. Cuando todo nos va bien, cuando parece que el éxito nos acompaña nos sentimos que estamos siendo respaldado por Dios, pero cuando las cosas no resultan, o hay problemas o se bienes las crisis pareciera ser que Dios nos ha abandonado ¿Cuántas veces no nos ha sucedido lo mismo en nuestra vida, incluso en nuestra iglesia?

Efectivamente varios discípulos desilusionados dejaron a un lado el proyecto del reino de Dios y volvieron a sus hogares. Ejemplos encontramos varios en los evangelios: Era sólo un profeta más, Era tan solo un buen maestro, los pecadores volvieron a sus barcas a pescar, y en el fondo de su ser Jesús había sido un justo más desamparado por Dios. Hasta pareciera que Jesús mismo en la cruz se sintió abandonado. Sin embargo, ¿había sido realmente abandonado por Dios?

Pero lo que intentan señalarnos los evangelios es justamente lo contrario. Dios no había abandonado a Jesús ni el proyecto que el estaba encarnando. Dios aún mantenía su respaldo. Dios aún mantenía su fidelidad para con Jesús y su proyecto. Y es en el momento cuando más sentía abandonado Jesús que Dios estaba más cerca. Dios estaba padeciendo los sufrimientos de la cruz tal como lo estaba haciendo Jesús. Dios estaba más cerca que nunca, Dios estaba en Jesús. Cuando se estaba rechazando a Jesús se estaba rechazando a Dios. Cuando se estaba azotando a Jesús se estaba azotando a Dios. Cuando Jesús daba su último suspiro era Dios quien estaba dando su último suspiro.

La fidelidad de Dios a Jesús y su proyecto era tal que la muerte no podía tener la última palabra y en este contexto es el que se enmarca la fe en la resurrección de Jesús. La resurrección de Jesús es la fidelidad de Dios para con la vida de Jesús y su proyecto. Jesús había encarnado el proyecto de Dios y este en ningún momento lo abandonó sino que se identificó a tal punto con Jesús que no podía dejar que su vida terminará con la muerte, sino que tenía que triunfar la vida sobre la muerte, tenía que triunfar la muerte sobre el pecado.

Cuando conmemoramos la muerte y resurrección de Jesús estamos celebrando el triunfo del proyecto de Dios. Celebramos que es posible vivir y experimentar el nuevo orden de relaciones que anunció y experimentó Jesús en vida, celebramos la continua presencia de Jesús en la vida de los discípulos de Jesús que ahora llamamos iglesia. Celebramos la fidelidad de Dios para con cada uno de nosotros y celebramos la oportunidad que nos da nuevamente Dios de poder experimentar en el presente una vida feliz, plena, en paz y armonía. Celebramos nuestro compromiso de anunciar y vivir el reino tal como lo hizo y los está haciendo Jesús hasta el día de hoy acompañándonos día a día en nuestra vida cotidiana.

El libro de los Hechos nos relata un evento sumamente especial con que quisiera terminar esta reflexión. Este libro nos dice que Pedro, uno de los discípulos de Jesús, uno que se había decepcionado, uno que creía que Jesús había sido abandonado por Dios pero que después fue restituido en su fe, se dirigió a una multitud de personas que se encontraban en Jerusalén de la siguiente manera:

Pueblo de Israel, escuchen esto: Jesús de Nazaret fue un hombre acreditado por Dios ante ustedes con milagros, señales y prodigios, los cuales realizó Dios entre ustedes por medio de él, como bien lo saben. Éste fue entregado según el determinado propósito y el previo conocimiento de Dios; y por medio de gente malvada, ustedes lo mataron, clavándolo en la cruz. Sin embargo, Dios lo resucitó, librándolo de las angustias de la muerte, porque era imposible que la muerte lo mantuviera bajo su dominio.

Por tanto, sépalo bien todo Israel que a este Jesús, a quien ustedes crucificaron, Dios lo ha hecho Señor y Mesías». Cuando oyeron esto, todos se sintieron profundamente conmovidos y les dijeron a Pedro y a los otros apóstoles: —Hermanos, ¿qué debemos hacer?

La pregunta que hicieron es tos judíos al escuchar a Pedro es la que efectivamente nos podemos estar haciendo: ¿Qué debemos hacer? Pedro en esa oportunidad contestó:

Arrepiéntase y bautícese cada uno de ustedes en el nombre de Jesucristo para perdón de sus pecados —les contestó Pedro—, y recibirán el don del Espíritu Santo.

Eso que Pedro contestó es lo mismo que podemos decir de la siguiente manera: Si realmente deseas que tu vida sea plena, feliz, de armonía y de paz, debes reconocer que la única forma es dejándote guiar por la voluntad de Dios. La voluntad de Dios no es una obligación es una decisión voluntaria. Luego de reconducir tu vida de acuerdo a la voluntad de Dios deber ser parte de una comunidad de discípulos (el sentido de ser bautizados) por que es en una comunidad donde puedes poner en práctica los valores que Jesús promovía y te conducen a la tan anhelada vida plena.

¿Te has sentido abandonado por Dios? Ten la plena confianza de que así como Dios jamás abandonó a Jesús tampoco te abandonará a ti. Y cuando te sientas más afligido y lleno de problemas es cuando Dios está más cerca de ti. La fidelidad de Dios permanece para siempre y es gracias a ella que obtenemos una vida plena y feliz.

¿Sientes que tu vida aún no esta encaminada de acuerdo a la voluntad de Dios? Este puede ser el momento de encausar tu vida y comenzar una nueva vida bajo los valores del Reino de Dios.

¿Por mucho tiempo te has considerado cristiano o cristiana pero te a costado vivir los valores propuestos por Jesús o pensabas que ser cristiano tenía que ver con otras cosas más religiosas y no habías podido experimentar la nueva vida que ofrece el Reino de Dios? Puede ser este el momento oportuno de volver a comenzar.

EL PADRE AMOROSO

Quisiera recordarles una parábola contada por Jesús a sus discípulos. Nos dice que un padre tenía dos hijos. Un día el menor de ellos le dice a su padre que le entregue su herencia pues pensaba irse de la casa. El padre accede a la petición y el hijo se va de su casa para recorrer el mundo y divertirse sin medir consecuencias ni tampoco escatimar en gastos. Fueron tantos los excesos  y la juerga del hijo menor que se quedó sin dinero teniendo que trabajar cuidando cerdos, uno de los oficios más humillantes que había entonces. Cansado de tanta humillación el hijo decide volver a la casa de su padre esperando tan sólo tenga compasión de él y le diera un trabajo para poder sostenerse. Grande fue su sorpresa cuando ve que su padre le sale al encuentro corriendo al borde de las lágrimas. El hijo menor había regresado, el padre estaba feliz y tanta alegría ameritaba la mejor fiestonga (fiesta).

Pero la historia no termina alli, el hemano mayor, que regresaba de sus quehaceres en el campo oyó desde lejos la música del baile y cuchicheando con los siervientes averiguó que su hermano había regresado. Indignado no quiso participar de la celebración. El padre al ver que su hijo mayor no quiere participar del festín también le sale al encuentro y le suplica que participe, sin embargo, se encuentra con una lluvia de reproches. Este, el hijo mayor,  gritándole le dice:

“¡Fíjate cuántos años te he servido sin desobedecer jamás tus órdenes, y ni un cabrito me has dado para celebrar una fiesta con mis amigos!¡Pero ahora llega ese hijo tuyo, que ha despilfarrado tu fortuna con prostitutas, y tú mandas matar en su honor el ternero más gordo!”

El padre cariñosamente le dice:

“Hijo querido (Hijo mío), tú siempre estás conmigo, y todo lo que tengo es tuyo. Pero teníamos que hacer fiesta y alegrarnos, porque este hermano tuyo estaba muerto, pero ahora ha vuelto a la vida; se había perdido, pero ya lo hemos encontrado.”

Esta parábola que comúnmente hemos conocido como la parábola del hijo pródigo, en realidad debería llamarse la parábola del padre amoroso. Y refleja el incondicional amor de nuestro Dios Padre. Como hijos suyos tenemos siempre la tendencia a alejarnos de él, a malgastar nuestra vida en cosas insignificantes y sinsentido. Sin embargo, recuerda que Dios no es un padre rencoroso, ni mucho menos violento. Nuestro Dios es un Padre amoroso que está dispuesto a salir corriendo a nuestro encuentro y a preparar la mejor fiesta si un día decidimos retomar el camino que nos lleva hasta él.

También nos hace una advertencia si es que estamos en la vereda contraria: “no te enfades ni te pongas envidioso(a) cuando veas que el amor de nuestro padre es ilimitado y alcance para el que menos  esperas.

ADIÓS JOSÉ COMBLIN

Como hemos sabido a través de los medios el lunes 28 de marzo falleció el destacado teólogo y biblista José Comblin.

El 16 de Noviembre del 2009 tuve la oportunidad de organizar para la FTL, núcleo de Valparaíso, en conjunto con el movimiento de teologías de la liberación Chile, un encuentro con con el padre Comblin titulado “El Camino: El seguimiento de Jesús”. Es por ello que deseo compartir con ustedes la transcripción de dicha conferencia.

Agradezco a Dios la oportunidad de haber compartido con él y aprender de su experiencia de seguimiento. Que su recorrido sea el impulso que necesitamos para involucrarnos y comprometernos con el seguimiento de Jesús y la causa de los más necesitados de nuestro continente.

Un agradecimiento especial al movimiento de teologías de la liberación Chile por hacer la transcripcción de esta charla.

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EL CIELO SON LOS OTROS

La Biblia utiliza dos imágenes muy potentes para hablar de la relación entre la vida del ser humano y Dios. Se sirve de la imagen del infierno para hablar de lo que puede significar una vida alejada de Dios. Una vida sin Dios es una vida llena de dolor y sufrimiento. En cambio, una vida en relación con Dios es una vida plena y abundante, gratificante, de infinita felicidad. A esto apunta la imagen del cielo.

Jean Paul Sartre, filósofo existencialista declaró que “el infierno son los otros”. Se debe recordar que a Sartre le tocó vivir el periodo de las guerras mundiales y de ahí nace su total pesimismo por la naturaleza humana.

Desde el pensamiento de Jesús podemos afirmar que para él “el cielo son los otros”. La vida plena, abundante y llena de felicidad la encontramos cuando dedicamos nuestra vida al servicio de los más necesitados. La vida de Jesús se presenta como el camino que nos conduce al encuentro con una vida abundante, plena y feliz. Ese camino se presenta como un encuentro con el prójimo que se encuentra en necesidad. Es justamente cuando renuncia a una vida centrada en ti mismo, y das paso a los otros que verdaderamente eres feliz y te sientes en armonía contigo mismo. Por este motivo es que el cielo son los otros.

Hace tiempo compartí en mi comunidad cristiana un artículo de José María Catillo, Felicidad y alegría en la vida cristiana, que se encuentra en el libro Espiritualidad para Insatisfechos. La presente reflexión se la debo a este artículo y gran parte de lo que escribo esta contenida en la obra de este autor.

Existe un dicho popular que reza que todo lo que está bueno o es pecado o engorda. Lo cierto es que, en alguna medida, este dicho resume todo el mensaje cristiano en este último tiempo. Quien frecuenta una iglesia se dará cuenta que, en el mayor de los casos se invita más al dolor, al sufrimiento y al llanto, más que a la alegría, la risa y la felicidad. Se habla más de la muerte que de la vida. Y cuando se hace referencia a «la vida» va acompañada del adjetivo «eterna». Los templos y su ornamentación, la vestimenta de la gente de iglesia, los cánticos, todo evoca tristeza y como señala José María Castillo, pareciera ser que nos enfrenta más a la muerte que a la vida. Seguramente esto es lo que explica, al menos en buena medida, por qué la oferta de felicidad y bienestar que hace la sociedad actual tiene más poder sobre el común de la gente que la oferta de bienaventuranzas eternas que hacen las religiones.

Evangelio significa «buena noticia». El evangelio tiene por contenido a Jesús y su mensaje sobre el Reino de Dios. Jesús hablaba de tal manera que la felicidad que la religión oficial de su tiempo proyectaba al futuro se podía vivir ahora ya, es decir en el presente. Asumir el proyecto cristiano es aceptar y asumir un proyecto de felicidad, gozo y alegría para la vida presente de cualquier persona y de la humanidad completa.

Para Jesús el tiempo de privación y la tristeza se habían terminado. Ahora, comenzamos a vivir el Reino de Dios que se asemeja a una fiesta de bodas a la que somos todos invitados y donde la comida y el vino sobreabundan.

José María Castillo comenta en su libro: «No se trata sólo de que a los cristianos se nos ha secuestrado la alegría y ya no encontramos en el Evangelio un mensaje de felicidad y, menos aún, podemos ver en el mensaje de Jesús un proyecto que encarne la felicidad de vivir. Lo peor de todo es que, al arrancarle al Evangelio su mensaje de felicidad y de alegría, hemos precipitado al cristianismo en una crisis tan profunda que, ya a estas alturas, esa crisis parece humanamente insuperable». La que era buena noticia, la iglesia la ha transformado en desagradable.

Creemos que a Dios le gusta el dolor y el sufrimiento. Aún creemos que Dios necesita de sacrificios. Lo que a Dios le agrada es que seamos felices y gocemos de la vida en cuanto sea posible. Sin embargo la felicidad no es por arte de magia. La felicidad la construimos cada uno y en conjunto. Somos nosotros los que nos hacemos felices. José María Castillo comenta que, «lo que ocurre es que es más exigente y más costoso dar felicidad a los otros que vencer uno mismo sus propios vicios y pasiones. Porque para dar felicidad a los demás, uno tiene que empezar por ser feliz. Y, sobre todo, tiene que hacerse sensible de tal manera a lo que agrada a los otros que tendrá que renunciar a muchas cosas que le agradan a él para que los demás se sientan bien».

¿Qué hacer para recuperar la alegría de las primeras generaciones de cristianos? Concuerdo con José María Castillo que lo más urgente que debemos hacer es:

1. Abandonar para siempre el Dios violento y amenazante del Antiguo Testamento. Y poner, en su lugar, el Dios que se nos reveló en el hombre Jesús de Nazaret.

2. Abandonar para siempre la ética del deber y las obligaciones. Y poner, en su lugar, la ética de la necesidad o, más exactamente, la ética de las necesidades fundamentales y básicas que tiene la gente.

3. Abandonar para siempre la espiritualidad del dolor y el sacrificio. Y poner, en su lugar, la espiritualidad de la felicidad, es decir, la espiritualidad que se plantea como proyecto de vida hacer felices a las personas que están a nuestro alcance.

Jesús soñaba con que la gente viviera atenta a lo que hace felices a otros, el mismo fue sensible a lo que daba alegría a los demás. Cuando, en la boda de Cana, convirtió el agua en vino, no sabemos si hizo un milagro para demostrar que era Dios. Y no sabemos eso porque no tenemos una idea clara sobre si eso estaba en su mente o si es una disquisición de los cristianos. Lo que sabemos con seguridad es que convirtió unos seiscientos litros de agua, que estaban destinados a las purificaciones rituales de los judíos, en el mejor vino que allí se podía beber. O sea, lo que realmente hizo Jesús fue convertir la obligación religiosa en el gozo y la alegría que produce el mejor vino.

José María Castillo termina su artículo diciendo lo siguiente: «Sueño con el día en que los cristianos vivamos la mística de la felicidad. Sueño con ver una Iglesia que convierta el agua de sus rituales en vino de fiesta de bodas, fiesta de vida y hasta de exceso y disfrute. Sueño con la religión de los que hacen reír, aunque quien hace eso esté llorando por dentro. Sueño con un mundo más soportable y una vida más llevadera. El mundo y la vida que hacen los que, en cualquier caso, consiguen que los demás se sientan mejor cada día».

Para terminar, una observación importante: la felicidad no se impone por mandato ni se enseña como doctrina. La felicidad se contagia, es decir, el que es feliz, hace felices a los que le rodean y conviven con él. La capacidad de contagiar felicidad es determinante para quien quiere hablar de Dios.

Como José María Castillo, también sueño en el día en que nuestras iglesias dejen de ser un servicio fúnebre, centro de batallas por el poder y camisas de fuerza. Sueño con que un día las iglesias se transformarán en una manifestación visible de esa gran fiesta del reino de Dios en la que están todos invitados no importando su condición. Esa gran fiesta en la que la comida y el vino sobreabundan.

TRÁFICO DE RELIGIOSIDAD

“Viendo a lo lejos una higuera que tenía hojas, fue a ver si hallaba algún fruto. Cuando llegó a ella sólo encontró hojas, porque no era tiempo de higos. «¡Nadie vuelva jamás a comer fruto de ti!», le dijo a la higuera. Y lo oyeron sus discípulos”.

(Marcos 11:13-14)

Quien tenga la percepción de Jesús como un corderito manso y humilde, bastante estoico, chocará de frente con uno de los episodios más polémicos de su vida y que desencadenarán la ira de los poderes religiosos de Jerusalén que no querrán otro cosa que matarle.

Es extraño ver en los evangelios a Jesús maldiciendo una higuera porque no tenía frutos siendo que no era la temporada de higos ¿Parece que Jesús no durmió bien? ¿Se levantó malhumorado y con el pie izquierdo? ¿Por qué mejor no se quedó acostado? ¿Si tenía hambre, porqué no se preparó algo antes de salir de la casa? ¿Qué culpa tenía la higuera? Todas estas preguntas son posibles de hacer, sin embargo, el episodio narrado cobra sentido y relevancia si lo entendemos como un símbolo plástico y didáctico al más puro estilo de los profetas del Antiguo Testamento. Este símbolo está estrechamente conectado con el relato de Jesús en el Templo.

Cuando llegaron a Jerusalén, Jesús entró en el Templo y comenzó a echar a los que vendían y compraban en él. Derribó las mesas de los cambistas, desmanteló los puestos de los vendedores de palomas, y prohibió que transportaran cargas por el Templo. Y les enseñaba: “¿Acaso no está escrito: Mi casa será llamada casa de oración para todas las naciones? Pero ustedes la han convertido en una cueva de ladrones”.

Estas acusaciones que hace Jesús son gravísimas en contra la religiosidad oficial de Israel. Acusaciones que se insertan en la tradición profética, específicamente de Isaías y Jeremías.

Siempre hubo sectores en Israel que entendieron que la categoría de pueblo elegido de Dios estaba estrechamente ligado a una funcionalidad más que a un favoritismo. Esta función era la de acercar a las demás naciones al Dios que había conocido Israel. Sin embargo, al poco andar la elección se transformó en favoritismo, y el favoritismo en exclusividad.

La percepción de favoritismo y exclusividad degeneró en una falta de compromiso respecto de las responsabilidades éticas y sociales transformando la religión en un conjunto de rituales desprovistos de todo significado e implicancias para la vida del pueblo.

Exclusividad y ritualismo vacío desprovisto de toda implicancia ética hicieron que la religión de Israel en tiempos de Jesús se asemejara a una higuera estéril que no era capaz de dar frutos cuando se necesitaba. En lo esencial, desde la perspectiva de Jesús, no se trata de dar frutos en un tiempo determinado sino que cuando la necesidad lo amerite. Es decir, en todo tiempo.

En vez de acercar a Dios a las personas, Israel montó un aparataje burocrático que más bien alejaba a Dios de las personas. El Dios de la religión judía, era el innombrable, un Dios lejano, totalmente trascendente. La imagen de ese Dios era la de un juez que castigaba a quienes no cumplían con las leyes y premiaba a los piadosos. Así las cosas, era bastante simple saber quienes estaban siendo favorecidos por Dios y quienes no. Desde esta cosmovisión, los pobres eran despreciados por cuanto su pobreza era el testimonio encarnado del juicio de Dios a sus pecados, mientras que los ricos eran los bienaventurados de la sociedad judía por cuanto sus riquezas eran el vivo testimonio del favor de Dios. Los enfermos – ciegos, cojos, paralíticos, leprosos, etc. –, sufrían el juicio de Dios por sus pecados, mientras que los sanos lo eran por su piedad.

En este contexto Jesús viene a derrumbar todo el sistema religioso judío. El Dios de Jesús es el Dios/Padre amoroso. El Dios cercano a las personas. Es el que dice: “Bienaventurados los pobres, porque de ellos es el reino de Dios”. Es el Dios que viene a sanar las heridas, sufrimientos y miserias de los hombres y mujeres. Es el Dios defensor de la causa de los más humildes. Es el Dios que viene a hacer justicia y a defender a su rebaño de los lobos que lo único que hacen es acaudalar riquezas a costa de los más humildes.

Es lamentable que las palabras de Jesús nos calen tan hondo en este tiempo que estamos viviendo. Las palabras pronunciadas hacia la religiosidad de Israel, ahora nos las pronuncia contra nosotros mismos. Al igual que Israel hemos montado un sistema religioso excluyente que al igual que antaño determina quienes son los privilegiados y quienes son los desfavorecidos por Dios. Hemos construido todo un sistema perverso que cumple la función de categorizar a las personas. Quienes no cumplen con las normas establecidas por este monstruoso sistema son catalogados de viles, pecadores, merecedores del infierno. Quienes cumplen al pie de la letra los requerimientos religiosos son los santos, los virtuosos y merecedores de el cielo. Quienes sufren debe ser porque no cumplen con los requerimientos establecidos y quienes tienen una vida agradable y buen pasar es porque ya son perfectos ante Dios y son fieles a las reglas del sistema. En un sistema así todo funciona perfectamente y todo es predecible, pero, ¿realmente Dios puede ser tan predecible?

Me parecen aberrantes las palabras de Pat Robertson quien señaló que lo acontecido en Haití no es más que el juicio de Dios debido a los pecados de dicha nación. Lo más lamentable es que muchas personas piensan lo mismo que este cretino reconocido como el líder religioso más influyente de EEUU.

Dios si realmente estas de detrás de todo esto, en este mismo instante renunció a ti y me hago merecedor de todos lo desastres que afectan a estos pobres hermanos desvalidos. Prefiero el infierno a un cielo lleno de miserables santurrones. Sin embargo, tengo fe en que tú no eres así, creo profundamente que tú eres el Dios de Jesús y que todo este sistema aberrante no es más que un tráfico de religiosidad.

Me confieso. Soy evangélico y me cuesta reconocerlo.

Es probable que cuando usted escucha esa palabra le genere una sensación de animosidad. Tal vez le genere indiferencia. Puede ser que mientras está leyendo estas primeras líneas lo haga con cierta desconfianza. Los motivos pueden estar totalmente justificados.

Por mucho tiempo hemos contribuido a formar en las personas una imagen estereotipada de lo que es ser evangélico que en más de alguno produce rechazo. Quizás no sea tan así y tengas una percepción más positiva.

Lo cierto es que en la mayoría de los casos, cuando decimos “evangélico” nos imaginamos a personas que cada domingo, sea por la mañana o en la tarde, caminan por fuera de nuestra casa en dirección a un punto de encuentro llamado “templo”. Sea con frío o con calor, los hombres visten de terno y corbata, mientras que las mujeres vestidos y pelo alargado. Generalmente, llevan en su brazo una Biblia y otro libro más pequeño llamado himnario. Es probable que en más de una oportunidad te encontraras con un grupo parado en una esquina hablando a viva voz del cielo, el infierno, pecado, pecadores, salvación y arrepentimiento. Quizás escuchaste palabras e imágenes lingüísticas que no entendiste como amén, aleluya, vil, “cordero santo” entre otras.

Esta descripción que hemos hecho corresponde a los hábitos de muchos “evangélicos” de hoy en día, sin embargo, ser evangélico no tiene absolutamente nada que ver con eso. Ser evangélico es creer y vivir plenamente el proyecto de Dios para los seres humanos.

Hace dos mil años atrás, un hombre llamado Jesús de Nazareth, decidió compartir a sus coterráneos un evangelio, es decir, una buena noticia. Jesús comenzó a hablarles a los demás de que el Reino de Dios estaba cerca y que debían arrepentirse. ¿Qué quería decir Jesús con estas palabras?

Con estas palabras Jesús estaba declarando lo siguiente: Dios desde la creación del mundo ha tenido un sueño. Dios siempre ha soñado con que el hombre y la mujer vivan plenamente como si vivieran en un paraíso. Dios siempre ha querido erradicar de nuestro mundo la violencia, el odio, las guerras, la miseria, la pobreza, las injusticias, las opresiones, las enfermedades, etc. Todo aquello que conduce la muerte. Bueno, queridos compatriotas, ahora esto es posible, porque Dios ha comenzado ya a hacer realidad su sueño. Por lo tanto, lo que debemos hacer es dejar de hacer todas estas cosas, aceptar y experimentar el sueño de Dios en nuestras vidas.

Jesús no sólo habló de esta buena noticia, sino que, toda su vida la dedico a demostrar con hechos de que el sueño de Dios era posible. Para ello formó un pequeño grupo de discípulos destinados a vivenciar el sueño de Dios en sus vidas. La forma de hacer patente la realidad del sueño de Dios era bastante sencilla y radical. Si en el mundo existe violencia, Jesús y sus seguidores optaron por una vida regida por la paz. Si en el mundo existe injusticia, las relaciones sociales de la comunidad de discípulos apuntaban hacia la justicia. Si en el mundo existe pobreza, la comunidad de discípulos de Jesús compartía sus bienes como una forma de erradicar la pobreza. Si en el mundo impera la exclusión, la comunidad de discípulos era inclusiva. Si en el mundo lo que impera son las relaciones entorno al poder, la comunidad era una comunidad servidora.

En definitiva, podemos decir que la comunidad de discípulos de Jesús era una comunidad evangélica. Esto es porque era una comunidad que había creído y vivía la buena noticia (evangelio) que Jesús de Nazareth había compartido con ellos.

Hubo muchos que no creyeron la buena noticia de Jesús. En su mayoría eran quienes se sentían perjudicados con la noticia de Jesús. Es decir, gente poderosa que no quiso renunciar a su condición de poderosos y dominadores. Por eso es que decidieron matar a Jesús. Sin embargo, a luz de las fe en Dios, estos discípulos experimentaron en sus vidas algo asombroso; Dios había resucitado a Jesús. La buena noticia era real y posible, porque Dios estaba tan comprometido con la realización de su sueño que no había permitido que la violencia y la muerte vencieran sobre Jesús.

Ser evangélico, significa creer y experimentar la buena noticia proclamada por Jesús. Es creer que Dios continúa llevando a cabo la realización de su sueño en el presente. Es pertenecer a una comunidad de discípulos que experimentan en sus vidas el sueño de Dios, tanto para hombre como para mujeres. Es cierto, aún no se ha concretado plenamente, sin embargo, pronto lo estará. Pero eso no significa no hacer nada, al contrario, significa comenzar a vivir ya la realización del sueño de Dios. Esa es la esencia de la conversión.

Ser evangélico no es el estereotipo que se ha impuesto socialmente, sino que el evangélico es y será quien crea y encarne el proyecto de Dios en su vida. Tú puedes ser una persona católica, protestante u ortodoxa, y ser evangélico porque crees y vives el sueño de Dios. Puedes no practicar una religión tradicional, y sin embargo, creer y experimentar el sueño de Dios para el ser humano.

Debo reconocer que también hay personas que dicen ser “evangélicos”, tener una “tradición evangélica” y creer en Jesús, pero en la realidad, no experimentar la buena noticia de Jesús. Muchos creen que el cristianismo se compone de un conjunto de dogmas y creencias, sin embargo, ser cristiano y ser evangélico es un estilo de vida que encarna el sueño de Dios.

Cuando digo que soy evangélico me gustaría que las personas se imaginaran a una persona que cree y vive la buena noticia de Jesús. No quiero que se imaginen a un loco que viste de traje, vocifera y manda a las personas al infierno.

Ojala que todos algún día viéramos que la buena noticia de Jesús es posible. Ojala que todos algún día pudiéramos creer que el sueño de Dios se está llevando a cabo. Nuestro mundo sería cada vez más como un paraíso, podríamos vivir una vida más plena y seríamos un poco más felices. Seríamos evangélicos en el correcto sentido de la palabra.

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