En estos últimos años cada vez que camino por el borde costero pongo mi mirada en el mar. Mi infancia y mi adolescencia la viví en un pequeño pueblo del sur de Chile. Mi pueblo se encuentra más cercano a la cordillera que al mar, por lo tanto, el mar no era para mí algo cotidiano. De hecho hasta mis 20 años habré conocido unas 3 veces el mar, y toda la realidad que este encierra y le rodea.
Hoy, el mar representa una realidad cotidiana ya que basta con mirar por mi ventana y ahí está. Mucho más cercano y significativo es el mar, por ejemplo para un pescador artesanal. El mar representa su vida; representa el sustento diario para él y para su familia.
Muchas veces hemos visto el mar en verano, tranquilo y con una suave brisa. Pero también muchas veces hemos visto el mar en invierno; fuertes vientos y gigantescas olas amenazantes. A nadie le gustaría estar cerca en ese momento. Intento imaginarme lo que puede sentir un pescador que se interna mar adentro con una suave brisa y un mar en absoluta tranquilidad. Intento imaginarme lo que siente ese pescador cuando esa absoluta tranquilidad se transforma en una terrible tempestad que amenaza su vida. Intento imaginar lo que puede sentir también la familia de ese pescador que se encuentra de cara a una tormenta en una embarcación de fragilidad extrema.
Es curioso. Los evangelios nos muestran una escena bastante similar. En una oportunidad los discípulos de Jesús, muchos de ellos pescadores, se internan en el mar junto a su Maestro y lo que parecía un viaje bastante tranquilo se convierte en una tormenta. El evangelio nos dice que se desató una tormenta, con un viento tan fuerte que las olas caían sobre la barca, de modo que se llenaba de agua. No estamos hablando de un gran barco pesquero de esos industriales, sino de un pequeño bote de pescadores artesanales.
El evangelio nos cuenta que Jesús se encontraba durmiendo mientras los discípulos intentaban salvarse. En medio de la desesperación le gritan a Jesús: ¡Maestro! ¿No te importa que nos hundamos? ¿No te importa que nos muramos?
Jesús se levantó y dio una orden al viento, y dijo al mar: ¡Silencio! ¡Quédate quieto! El viento se calmo y todo quedó completamente tranquilo. Después Jesús mirando a sus discípulos les pregunta: ¿Por qué están asustados? ¿Todavía no tienen fe?
Siempre me he preguntado por el significado de este relato, o por qué era tan importante como para persistir en la memoria de los creyentes. El evangelio de Juan nos dice que Jesús hizo muchas cosas y que se necesitarían muchos libros para poder escribir todo lo que hizo y dijo. Pero este es uno de esos relatos que era importante recordar ¿Cuál es la importancia? ¿Querían demostrar con este relato el poder de Jesús? Es posible. Pero quiero contarles algo, hay algo mucho más importante para Jesús que demostrar su poder, y esa es la vida. Jesús se preocupo de la vida de sus discípulos.
La muerte de Jesús significó una gran tormenta para la vida de los discípulos y de la comunidad cristiana que emergía. Sin embargo, una fuerza en su interior los impulsó a continuar. Las palabras y vivencias junto al Maestro hacían que sus corazones ardieran. Esas palabras y vivencias impulsaron a los discípulos a ver que la vida no termina en un Viernes Santo sino en Domingo de Resurrección.
En medio de todo el sufrimiento producido por la pérdida del Maestro, los discípulos se dieron cuenta que la vida se parece a una frágil barca navegando mar adentro. Entendieron que hay momentos de la vida en que parece que navegamos en un mar apacible, tranquilo y con una suave y cálida brisa. Pero también entendieron que hay momentos en que navegamos en medio de una tormenta con un viento tan fuerte que parece que nos hundimos.
Y donde todos vemos solo sufrimiento y nos parece que nos hundimos, los discípulos de Jesús experimentaron en sus vidas que no estaban solos. Se dijeron unos a otros en esta barca no estamos solos, sino que con nosotros está el Señor que fue capaz de calmar la tormenta. Con los ojos de la fe vieron que el maestro no dormía. Estaba vivo y calmando la tormenta.
¿Eres de esos que cree que la vida se parece a una barca mar adentro? ¿Te has sentido en una gran tormenta y que el Maestro duerme? El maestro te pregunta: ¿Por qué te asustas? ¿Por qué no confías?
“Creo en Dios, pero no siento la necesidad de ir a una iglesia”.
“Creo que Dios es un sentimiento que se siente dentro, que se lleva con uno. El problema está en que hay gente que se ha aprovechado de ese sentimiento para sacarnos dinero”.
“Las religiones son lo mismo que los partidos políticos, necesitan adherentes”.
“La gente se aburrió de que le estén diciendo siempre lo que tiene que hacer”.
“Yo creo que la iglesia está muy atrasada; son anacrónicos, no están en función de los tiempos. Siempre están a mayor distancia”.
Estas frases fueron expresadas por algunos chilenos encuestados para un artículo sobre partencias religiosas realizado por el Programa de Desarrollo de las Naciones Unidas para Chile (PNUD) 2001. Las opiniones vertidas reflejan la crisis que enfrenta el cristianismo. Una religión con profundos rasgos comunitarios ha mutado a una experiencia religiosa de índole privada e individualista.
¿Cómo se puede explicar esta transformación? Se pueden airear muchas causas tanto internas como externas. Sin embargo, pese a toda causa que se pueda mencionar, pese a la culpabilidad que pueda tener la propia iglesia, en el fondo tanto el individualismo como la privatización son las consecuencias de una crisis mayor que afecta a toda la cultura occidental y que ha afectado todo ámbito de nuestra existencia.
¿Es posible mantener la fe cristiana en su dimensión comunitaria? La individualización es un hecho y los desafíos que ella nos plantea necesitan la búsqueda de respuestas también en la experiencia religiosa. Quienes vivimos nuestra fe en su dimensión comunitaria nos vemos confrontados cada vez más con estas preguntas y la vitalidad de nuestras comunidades depende de la capacidad de responder a esta crisis.
Frente a las opiniones vertidas es imperioso responder que:
• ¡Dios no es patrimonio de las Iglesias! Sin embargo, esto no quiere decir que Dios no sea vivenciado comunitariamente.
• ¡Dios no es una categoría utilizable para aprovecharse de los sentimientos íntimos del individuo! Debo reconocer que es bastante común ver hoy en día cómo muchas pseudos-iglesias se aprovechan de los sentimientos genuinos de muchas personas y en nombre de Dios se llenan los bolsillos con el dinero de gente muy humilde que ante la oferta de prosperidad se han despojado de todo lo que tienen.
• ¡La iglesia no necesita adherentes al igual que un partido político! Que algunas de ellas funciones bajo está lógica es totalmente cierto.
• ¡La iglesia no está para decirle a la gente lo que tienen que hacer! También es cierto que muchas iglesias imponen patrones de compartimiento con categoría de ley. Algunas, incluso utilizan el miedo como mecanismos de control conductual.
• ¡La iglesia no existe para mantener tradicionalismos, ni tampoco para mantener el status quo! Lamentablemente el anquilosamiento de la iglesia en muchas materias contingentes no sola le resta credibilidad, sino que también la hace ver como un anacronismo.
¿Cuál debe ser el fundamento para seguir vivenciando la fe cristiana desde su dimensión comunitaria? ¿Qué respuesta puede tomar en serio la crisis planteada? ¿Existe oportunidad en medio de esta crisis?
Quisiera responder compartiendo un diálogo que tuve con un amigo mientras nos encontrábamos en un Pub. Él me comentaba que Dios es una experiencia individual y que desde su perspectiva dicha fe no necesita de un experiencia comunitaria. Agregaba además que Dios no lo encuentra en una iglesia sino que cada vez que veía el mar ahí estaba Dios, es decir, en la contemplación de la naturaleza. Yo respondí: “Tú experiencia de Dios ha sido tan importante para mí, porque no me daba cuenta que mirando el mar podía encontrar a Dios”.
La experiencia de Dios en el individuo es tan importante, tan genuina y tan única que compartirlo a otros se constituye en una necesidad vital. La fe genuina experimentada desde el individuo se ha constituido en el fundamento de una fe vivenciada en una comunidad. La comunidad ha pasado a ser vital por cuanto es en esta dimensión donde puedo hallar, aprender y experimentar nuevas posibilidades de búsqueda, apertura y encuentro con Dios. Somos así partícipes de esa gran nube de testigos de la fe de la cual habla el autor de la Carta a los Hebreos y que nos permite caminar con paciencia el sendero que tenemos por delante.
Vistas las cosas de esta manera, es evidente que se hace necesario un cambio estructural en el modo como se viene haciendo iglesia. Para ello es necesario poner menos énfasis en aquellos aspectos institucionales, más bien, será necesario todo un programa de des-institucionalización para dar paso a una genuina experiencia comunitaria movida por un espíritu de libertad, fraternidad e igualdad.
Sí las iglesias no toman enserio estas interrogantes y persisten en su anquilosamiento en vez de apostar por una genuina dimensión comunitaria, tendremos que buscar otras instancias donde podamos vivir una fe comunitaria enriquecida por nuestras personales experiencias de Dios. Si las iglesias persisten en ahogar la fe comunitaria con el yugo de las estructuras burocráticas e institucionales tendremos que vivenciar la fe comunitaria compartiendo nuestras experiencias en otros espacios como en un Pub.
Mostrando la Hilacha: Una aproximación cristiana de cultura de paz a la responsabilidad civil
En esta oportunidad quiero dejar con usted la reflexión de un profesor amigo.
Omar Cortés Gaibur, Licenciado en filosofía, PUC; Profesor del Seminario Teológico Bautista; Miembro de la Fraternidad Teológica Latinoamericana.
(El articulo fue publicado en cercapaz.cl)
En medio de la atroz persecución que los cristianos acometieron contra los judíos sefardíes y los musulmanes en el periodo de los Reyes Católicos, muchos Judíos se vieron obligados a convertirse al cristianismo para salvar sus vidas. Muchos de ellos, fieles a sus tradiciones, escondían sus vestimentas que podrían delatarlos. En particular las hilachas de sus preceptos que colgaban de sus camisas. En ciertas ocasiones estas se les salían de su pantalón y el asomo de ellas los delataba mostrando su verdadera identidad y engaño a la religión oficial o el status quo. De ahí el dicho hasta ahora de “mostrar la hilacha”
Hemos mostrado la hilacha o no queremos que otros la muestren. Una vez más sacamos mala nota en nuestra madurez civil. Lo que merecía un aplauso en el camino de hacer de nuestro país una sociedad respetuosamente plural, se ha transformado nuevamente en el desastroso intento de solicitar a los legisladores que hagan leyes que tapicen de modo legal el camino de la evangelización. De tal modo, que se imponga una moral de máximos y de cuño estrictamente cristiano por ley a todos los ciudadanos de este país. So pretensión de pensar que los valores que proclama el cristianismo son de derecho exclusivo de su interpretación moral
Nuevamente la imagen de Constantino, el Emperador de Roma que crea el imperio Bizantino, se nos viene como un mal ejemplo no aprendido ni asumido por la religión cristiana. Antes de su estratégica decisión de oficializar el cristianismo como religión del imperio se vivía en una sociedad plural, donde coexistía de modo creativo, no exento de riesgo y lleno de vida, el cristianismo militante que observaba la enseñanza de Jesús como un asunto testimonial desde la vida personal y colectiva de la comunidad de fe que prendió en el Gólgota y la tumba vacía. Se entendía, en ese entonces, la evangelización como una persuasión amorosa a partir de propio testimonio de vida de los seguidores del Nazareno. No existía entre ellos la intención de hacer del reino o el imperio de su tiempo la fotocopia del Reino de Dios. Una vez oficializado, la palabra conversión a la fe pasó a ser conveniencia, la persuasión desapareció y pasó a ser obligatoriedad. El infierno tuvo sus mejores imágenes en los desastres y horrores que el imperio arremetió contra aquellos pueblos que eran evangelizados por la vía del sometimiento armado al Imperio y su religión oficial.
Jesús, si pudiésemos entrevistarlo respecto de aquello que más le indigna nos respondería con una sola palabra: la exclusión. O, dicho de otro modo, la obligatoriedad por imposición externa, dígase leyes, de la verdad que su persona traía consigo. Frente a los religiosos de su época, quienes lo criticaban por juntarse, comer y participar de la vida de personas marginalizadas por su condición social, religiosa, étnica y moral, expone una de sus más hermosas parábolas, la mal llamada parábola de hijo prodigo. Vale la pena advertir que esta es la tercera y conclusiva parábola después de dos anteriores relacionadas con su fuerte y tajante respuesta a la murmuración contra su actitud de mezclarse con gente de segunda categoría según la moral de la religión mayoritaria.
Primero los compara con pastores que cuidan rebaños. ¡Que comparación! Les está diciendo quien de ustedes teniendo ovejas. Por favor, dirían ellos, presos de sus enclaves excluyentes, compáranos con otra cosa pero no con el personaje y su oficio más bajo dentro de la escala y status social de la época. Seria comparable hoy a la diferencia entre un ejecutivo gerencial y el junior ascensorista. Definitivamente no les gustó la comparación. Los preparaba para la comparación final que haría de ellos con la actitud del hermano mayor del hijo prodigo. Pero antes otro golpe a sus estructuras rígidas, otra parábola, esta vez una mujer pobre y su sensatez de buscar la moneda que había perdido. Otro golpe más a su status y prejuicios, esta vez sexistas.
Los religiosos de su época en su actitud excluyente fueron claramente reprendidos por Jesús. Es decir, con su mirada de la realidad donde solo existían sus iguales conformados desde su moral particular con pretensiones de universalización dominante fueron desestructurados por la mirada inclusiva de Jesús, quien se paraba desde el amor y no desde las leyes. Ellos, los religiosos dominantes de su época, eran miembros de la familia del Padre pero no aceptaban que se incluyera al otro, a un hermano, miembro de la misma familia, en el ceno de la comunión fraternal, cualquiera haya sido su condición previa. Como nos muestra la conducta del hermano mayor en la parábola.
De este modo podríamos advertir muchos otros pasajes de la actitud ejemplar de Jesús frente a los otros, distintos y diversos. Valga recordar aquella respuesta de Jesús para el bronce de la inclusividad. Ante el asombro de sus seguidores al advertir que había algunos, que sin seguirle a El estaban haciendo obras semejantes a sus enseñanzas, Jesús los acepta como quienes, sin ser sus seguidores hacen lo que él está proponiendo. “Si no es en contra de mi conmigo es”.
Por tanto, una ley antidiscriminación vela por que los espacios públicos se conviertan en encuentros de respeto sobre la base de una moral mínima. Es decir, donde los valores universales se conjugan desde todas las opciones religiosas, no religiosas o condiciones sexuales. La ley que se está elaborando afianzó en su última expresión la centralidad del acto por sobre los dichos discriminadores. En otras palabras, podemos disentir verbalmente, persuadir desde nuestras respectivas cosmovisiones pero no acometer un acto discriminatorio que atente contra la dignidad y derechos de las personas. Una ley que nos ayudaría a hacer del Evangelio un camino de tolerancia y amor tal como lo esperaría la persona central de la fe cristiana. Donde la persuasión se ejerce desde la riqueza del testimonio de vida y el amor y no sobre la base de una imposición legal.
El Estado no está en función de legislar a partir de una determinada y particular moral. El Estado es plural y debe velar por el respeto a esa pluralidad. Bien decía Anna Harendt que el legislador debe suspender su moral. En otras palabras el parlamento no es el intérprete de lo que anhela por ley la moral mayoritaria. Si no canaliza, incluso los males desbordados dándole un cauce de control y regularización, como por ejemplo en la problemática del aborto.
De igual modo, acontecerá con la ley que legisla las uniones de hecho. ¿Por qué he de obligar a las parejas en el proceso de legislar su unión la imposición por ley de una expresión de familia de cuño y moral cristiana? ¿No es acaso mi camino persuasivo y amoroso a partir del propio testimonio? Si se legisla en términos que aquellas uniones de hecho tengan un marco legal que protege el compromiso y los miembros de la familia que surge de esa unión, ¿por qué demandarles que acepten el código moral cristiano por ley? Si comparativamente hablando tiene el mismo marco de compromiso y legalidad.
Al introducirnos en la participación civil como evangélicos una vez más hemos mostrado la hilacha o nos oponemos a quienes reprimiéndoles, las oculten. Al parecer no nos acercamos por el interés del bien común en el respeto de una sociedad plural, sino bajo un estricto interés de velar por lo que creemos se imponga por ley y no por el camino evangélico de la persuasión respetuosa y el testimonio de vida. Y Hay del que muestre la hilacha, a la cárcel con él.
Si algunos de los enlistados en la ley antidiscriminación, que han sido objeto de vejámenes por su condición, nos parecen contrarios a nuestras creencias y moral eso no justifica el rechazo de la ley. Más bien, nuestra postura a favor de ella da testimonio de un valor más cristiano que la lucha legal por nuestros intereses, el valor y respeto de todo ser humano como imagen de Dios. Creyentes o no creyentes, mujer o hombre, discapacitado o capacitado; heterosexuales u homosexuales.
Los mártires Sefardíes sin querer y por razones de sobrevivencia, mostraban la hilacha. En nuestro caso, lamentable y contrariamente al origen discriminatorio del refrán, mostramos la hilacha constantiniana, el solapado interés por imponer el Reino de Dios por ley. Líbrenos Dios de ese infierno y libre a los no creyentes de que no se asomen sus hilachas.
Esta es la historia de un hombre común y corriente que, junto a otro hombre, decidieron que era el tiempo de hacer algo con esa inmensa multitud de personas que necesitaban experimentar en sus vidas a Dios.
Un día, reconociendo en si mismo las habilidades que tenían para comunicar, decidieron que para llevar a cabo su proyecto de forma más expedita era necesario tener un canal de televisión. Fue así como impulsados por su idea, se fueron abriendo camino para conseguir sus objetivos. Unos cuantos que simpatizaron con sus ideas fueron apoyando el proyecto.
Así fue como con bastante osadía decidieron arrendar un canal de televisión en desuso. No había que perder tiempo, había que salir al aire y transmitir el preciado mensaje ¡Luz! ¡Cámara! ¡Acción! De esa forma se daba inicio a las transmisiones del primer canal evangélico. Sin embargo, una inquietud saltaba a la vista, ¿cómo se financiaría tan magno proyecto?
La solución estaba en la Biblia ¡Dios bendice al dador alegre! Luego, el mensaje era más atractivo si se enfatizaba en la idea de que Dios prospera al dador alegre. Sí, definitivamente esto daba resultado, pero se podía aún ser más eficiente. Entonces era necesario formular las reglas de dichas transacciones. La solución nuevamente estaba en la Biblia; Dios multiplica la siembra del sembrador al ciento por uno. Entonces no había duda. Se les explicaba a los visitantes del estudio y a la audiencia que, si daba mil el señor se los multiplicaría en cien mil. Si daba diez mil el señor de lo multiplicaría por millones. Esto si que daba resultado, se podía sustentar los gastos del canal y por supuesto sostener a los evangelistas.
Pronto, aquel hombre común y corriente, sintió la necesidad de comprarse un auto, pero como Dios prospera a sus hijos, no podía comprarse cualquier auto, así se compró un porsche. Luego como hijos del Rey no se podían comprar cualquier ropa, debían vestirse como reyes, así que de vez en cuando viajaban a Miami para comprar sus lujosas tenidas.
Dios realmente prosperaba. Prosperaba el canal, prosperaban los evangelistas, pero, ¿y la gente que daba? ¿Esos personas comunes y corrientes que confiaban en las promesas de los evangelistas? No lo sabemos. Al parecer no. La gente que asistía a los multitudinarios encuentros no siempre era la misma. Cuando transito por la ciudad, no veo autos lujosos por todas partes, tampoco veo a la gente de ese tipo de iglesias y ese tipo de creencias con tenidas exclusivas.
Finalmente, el proyecto del canal no se concreto. La visión cambió. Ahora era necesaria una mega-iglesia.
Hace un momento entré a una librería y para mi sorpresa me encontré con un libro. Uno de estas personalidades plasmaba en un libro sus experiencias. El libro explica que existe un secreto que podemos descubrir por medio de la fe, este secreto nos llevará al éxito. Dios quiere que seas un hombre de éxito.
No tengo la menor duda que si sigues las experiencias de este personaje, que como él hay muchos, no solo dentro del cristianismo, llegaras a ser próspero y a tener éxito según estos márgenes.
A veces me pregunto, ¿Qué pensará Jesús? ¿Cuál será el éxito según Jesús? Estoy totalmente seguro que no pasa por estos modelitos. Mientras tanto aún las personas sienten la necesidad de buscar a Dios. Otros simplemente se defraudaron.
Uno de los grandes problemas que ha tenido que enfrentar el cristianismo a lo largo de su historia, es el de la relación entre evangelio y cultura. El cristianismo surge en un contexto muy específico. Su origen está determinado por un espacio y un tiempo concreto. Esto es, en la palestina del primer siglo y bajo el dominio del imperio romano.
Jesús era un judío. Estuvo determinado por una cosmovisión específica, la judía. Nació cómo un judío, creció como un judío, llevó a cabo su ministerio bajo las posibilidades que le ofrecía su tiempo, oró como judío, su visión de Dios estuvo determinada por su contexto aunque claramente intentó ir más allá del status quo. Sin embargo, aunque le reconozcamos el mérito a la originalidad, su mensaje tiene aroma a mediterráneo oriental del primer siglo de nuestra era. Reconocemos que para entender su proyecto debemos hacer el esfuerzo de ubicarnos en su contexto histórico. Al menos, esa es nuestra pretensión.
Pero la problemática no termina allí. Sabemos que el mensaje de Jesús no hubiese traspasado las fronteras de palestina, si no hubiesen existido hombres como Pablo o como Juan que fueron capaces de reconocer las limitaciones culturales del mensaje e hicieron el esfuerzo hermenéutico de traducirlo de tal manera que pueda ser experimentado por las personas en los distintos contextos del orbe romano y más allá. Así junto al cristianismo palestinense que no tenía ningún problema en conciliar el mensaje de Jesús con sus prácticas religiosas identitatarias como la circuncisión, el sábado o asistir al templo, también surgió un conjunto de cristianismos en versiones helenistas. Digo cristianismos porque no sólo existió uno. Podemos decir que existió un cristianismo en versión paulina, un cristianismo en versión juanina en el Asia Central, un cristianismo alejandrino en Egipto, un cristianismo romano entre otros. Que después, en el siglo IV, y bajo la venia imperial se imponga una versión, es decir el romano, ese es otro tema.
Este breve paso por la historia del cristianismo primitivo nos ha hecho entrever que es imposible que se de el evangelio sin cultura. Sin embargo, el cómo se relacionan estos dos conceptos no se interpreta de la misma forma.
Desde la modernidad algunos sectores de las iglesias cristianas creen que el evangelio se puede experimentar de manera acultural. Es decir, el mensaje de Jesús puede ser entendido sin llevar a cabo una interpretación de este.
Desde otra perspectiva algunos sostienen la necesidad de contextualizar el evangelio. Es decir, el mensaje de Jesús tiene que necesariamente tomar la forma cultural en la que está inserto el sujeto, sin embargo, se cree que el esfuerzo estaría en despojar el mensaje de Jesús de su ropaje cultural, desnudarlo hasta llegar a su estado más puro y de ahí insertarlo en la cultura del sujeto.
Sin embargo, de algo no nos habíamos percatado si no fuera gracias a la crítica postmoderna. Y es que en el afán de descubrir la esencia del evangelio para traducirlo a nuestro contexto, no nos dábamos cuenta que nosotros mismos estamos sujetos a las limitaciones de nuestro contexto. No sólo Jesús es un hijo de su tiempo, no sólo Pablo o Juan, sino que nosotros mismos al intentar descubrir el mensaje de Jesús lo estamos haciendo bajo la mirada de nuestro contexto. No nos podemos quitar los anteojos. Durante mucho tiempo creímos poder llegar a la esencia del mensaje de jesús y de esta manera plantarlo en nuestro contexto moderno, sin embargo, lo que hicieron fue experimentar el cristianismo con los lentes de la modernidad. Pablo, Juan y tantos otros leyeron el mensaje de Jesús bajo los lentes del helenismo.
Esto nos da pie para lo siguiente. Cuando muchos defienden la verdad del evangelio están defendiendo el evangelio que ellos viven bajo los lentes de la modernidad. El problema está en que estamos atravesando el umbral de una nueva era y el cristianismo tradicional se niega a cruzar el umbral. Este es el gran problema de fondo por el cual atraviesa la iglesia. Estoy seguro que el cristianismo del futuro es un cristianismo leído y experimentando bajo nuestro nuevo contexto.
Quisiera responder a la pregunta que me hizo un amigo a través de Facebook.
“¿Realmente la gran iglesia imperial será capaz de tener en cuenta los puntos de vistas que planteas? ¿Realmente cederán a su autoritarismo, riquezas, control social etc., por una vida en fe… una verdadera fe sustentada en el amor y no en el miedo?”
Cuando me propuse expresar la realidad que actualmente estamos viviendo a través del manifiesto emergente, tenía sumamente claro que:
En primer lugar, vivimos un momento histórico coyuntural que ha sido propiciado por la decadencia de los modelos eclesiales autoritarios o imperiales. Esta decadencia está dada principalmente porque no han sido capaces de hacer una correcta lectura de los tiempos a los cuales nos enfrentamos, o si lo hicieron no fueron capaces de dar el salto o giro histórico que se les propone, esto es, renunciar a los fundamentos absolutos en los que basan todo su modelo.
En segundo lugar, la realidad a la cual nos enfrentamos nos desafía a experimentar nuevos modelos de relaciones alejados de un centro absoluto que es el que propiciaba y sostenía los modelos eclesiales jerárquicos y autoritarios. No sólo la Iglesia Católica Romana se basa un modelo jerárquico y autoritario propiciado por un absoluto, sino que todo modelo eclesial que sostenga la clarividencia de lo absoluto. En las iglesias evangélicas generalmente el absoluto está sustentado en la Biblia, o en un líder que se atribuye a sí mismo esa capacidad de desvelar el absoluto. Ejemplos de esto serían los líderes que se atribuyen para sí la posesión del Espíritu, o la correcta interpretación de la Biblia, el fenómeno de los profetas y apóstoles que hoy están de moda. Todos tiene en común una cosa, esto es, sustentar relaciones de poder con base a su experiencia privilegiada con lo absoluto y la cual no todos puedes acceder.
¿Quiere decir esto que se debe negar la existencia de absolutos? ¿En la negación de los absolutos no está de fondo la negación de Dios? ¿No es acaso la Biblia el acceso a esa verdad absoluta?
En el fondo de la problemática está más bien nuestra incapacidad de acceder a la realidad como absoluta. Está el reconocimiento de que todo intento es una aproximación subjetiva, es decir relativa al sujeto que intenta acceder a dicha realidad. Está el reconocimiento de que todo es una interpretación.
En este reconocimiento se sustenta el nuevo modelo emergente de ser iglesia y que tiene enormes implicancias. De este hecho es que no se pueden sustentar relaciones eclesiales jerárquicas y autoritarias, sino que como el acceso a la verdad – Dios, Biblia, etc, – es subjetivo se debería practicar un modelo horizontal donde es una comunidad la que a través del diálogo se encamina hacia la búsqueda de lo sagrado y donde es sumamente importante la experiencia de cada individuo en su relación de búsqueda de lo sagrado.
Teniendo en cuenta esto, ¿importa que las iglesias basadas en el modelo antiguo y que se sustentan en el poder cedan a su autoritarismo? En realidad no, porque el futuro del nuevo modelo que se propone está en la conformación de nuevas comunidades de fe que encarnen y experimenten lo que propone el manifiesto. Por ningún motivo es un modelo que se deba imponer a través del poder, sino que es un modelo para vivir y experimentar la fe bajo los nuevos presupuestos de nuestro tiempo. El futuro no depende de la transformación o acomodo de lo añejo, sino de la experimentación y puesta en práctica a través de comunidades alternativas.
En unas conferencias organizadas por la Red del Camino en Republica Dominicana, Brian Mclaren contó el siguiente chiste:
“Cuando los colonizadores llegaron a nuestros países, ellos tenían la Biblia y nosotros la tierra. Todos cerramos los ojos para orar. Cuando los abrimos, ellos tenían la tierra y nosotros la Biblia”.
Lo que puede ser más chistoso es la cantidad de anécdotas que podemos seguir agregando respecto de las relaciones coloniales en Iberoamérica. No sólo poseyeron la tierra, sino que además poseyeron nuestras a mujeres.
Luego, cuando al fin nuestros países se “independizaron” políticamente decidimos abrirnos al libre comercio. Esto bastó para que los ingleses llegaran a nuestros paisajes latinoamericanos. Ellos tenían una nueva forma de orar y nosotros los minerales. Nuevamente cerramos los ojos para aprender a orar como ellos. Cuando los abrimos, ellos tenían los minerales y nosotros una nueva forma de orar.
Finalmente, el siglo XX, fue testigo de cómo oleadas de misioneros norteamericanos que fueron expulsados de países del oriente por motivos políticos llegaron a Latinoamérica. Ellos nos enseñaron a que los cristianos no debíamos meternos en política sino que debíamos orar. Mientras orábamos con los ojos cerrados, sus compatriotas estaban financiando las dictaduras militares que tanto sufrimiento nos provocaron.
¿Qué quiero decir con todo? ¿Es acaso el típico discurso de un sudaca resentido? Simplemente quiero que aprendamos una lección para los nuevos tiempos que vivimos. En esta nueva época postcolonial, si vamos a orar, hagámoslo con los OJOS BIEN ABIERTOS.
Hace un tiempo que se han venido levantando rumores sobre mi persona. Lo que molesta un poco es que dichas personas no se atrevan a decirlo en la cara. Bueno el rumor dice llanamente que soy un teólogo de la liberación y que se debe tener cuidado con mis posturas teológicas.
Créanme que me siento alagado con que me tilden primeramente de teólogo y mucho más de teólogo de la liberación. Sin embargo, dudo que estas personas entiendan qué significa ser un teólogo de la liberación.
La Teología de la Liberación es una corriente teológica católica que comenzó en Iberoamérica después del Concilio Vaticano II y la Conferencia de Medellín (Colombia, 1968). Intenta responder a la cuestión que los cristianos de América Latina se plantean, cómo ser cristiano en un continente oprimido. ¿Cómo conseguir que nuestra fe no sea alienante sino liberadora?
No voy hacer una presentación formal de la teología de la liberación, cosa que no es objeto de esta reflexión, sin embargo, habría que decir que en el centro de esta teología está, por un lado una reflexión primera sobre la praxis, y por otra, el acento sobre los pobres como objeto preferencial de Dios y la iglesia, y como sujeto hermenéutico de la Biblia.
Desde mi formación inicial como teólogo y actualmente como pastor y profesor de teología me he ido convenciendo cada vez más sobre la necesidad de reformular los aspectos típicos del pensamiento evangélico en Latinoamérica. Por mucho tiempo se ha venido practicando un cristianismo evangélico que enfatiza en una salvación futura y donde lo que interesa es el alma del ser humano.
Creo que los evangelios y la Biblia en general nos muestran un modelo distinto. Jesús habló del reino de Dios. Un Reino que se hacía presente en la vida de las personas en forma concreta. Sanar, compartir la mesa, romper con el círculo de la exclusión y la violencia, entre otros, eran parte de la práctica de Jesús. La salvación es algo que se comienza a vivir en el presente; el evangelio no sólo tiene implicancias espirituales, sino que también sociales, económicas, éticas, políticas, etc. El evangelio se vive en la integralidad del ser humano.
En este camino formativo debo confesar que han sido importantes las reflexiones de teólogos de la liberación como Leonardo Boff, Jon Sobrino, Gustavo Gutiérrez, Ignacio Ellacuría, Frei Betto, Pedro Casaldáliga, Pablo Richard, el testimonio mismo de Oscar Romero. Sin embargo, mucho más importantes para mi vida ha sido la reflexión teológica que se ha venido gestando en la Fraternidad Teológica Latinoamericana en figuras cómo René Padilla, Samuel Escobar, Juan Stam, Sidney Roy, Pedro Arana, Oscar Pereira, Omar Cortés. Junto a estos últimos dos que fueron mis profesores del Seminario Teológico Bautista, Víctor Rey ha sido importantísimo por compartir juntos la labor pastoral en nuestra comunidad. También ha sido importante descubrir la vertiente anabautista, especialmente la reflexión de teólogos cómo Juan Driver y John H. Yoder.
Si por creer que el evangelio se debe entender de forma integral – es decir, tiene implicancias para la totalidad del ser humano y la sociedad – soy considerado un teólogo de la liberación, créanme que me halagan, sin embargo, no me considero como tal, hay algo sumamente importante y Dios quiera me ayude para lógralo, una vida total al servicio de los más necesitados.
Tanta fe se tiene en Dios, en el Dios de las formulaciones dogmáticas, formulaciones precarias y reduccionistas, que la fe acaba por desaparecer. El espíritu intranquilo de los hombres y mujeres que insaciablemente buscan ir más allá de los márgenes enseñados, poco a poco vamos experimentando el dolor y el descontento de no haber aprovechado en su momento las oportunidades de romper los fríos muros que mantienen encarcelado a ese que, sin embargo, jamás y nunca podrá ser encarcelado.
Es por eso que hoy:
1. Declaramos nuestro inconformismo absoluto contra toda formulación que intente demostrar claridad absoluta.
2. Exigimos la destrucción total de aquellas viejas murallas para darnos cuenta de que lo que estaba allí ya no está, quizás nunca estuvo ahí.
3. Reclamamos ver y experimentar con nuestros propios ojos y no con los ojos miopes y autoritarios del pasado sea de quienes sean, tenga la autoridad que tenga.
4. No queremos más discursos autoritarios ni altares sagrados desde donde se imponga la verdad, sino que deseamos descubrirla en un camino comunitario y horizontal.
5. Volvemos a ser como niños recién nacidos; no para asimilar lo que de manera reduccionista otros han escuchado, sino para explorar y experimentar con nuestras manos, con nuestros oídos, con nuestra boca, con nuestro gusto, con nuestro olfato y con todo nuestro ser.
6. Anhelamos recuperar la multiplicidad de manifestaciones del lenguaje para dialogar y relacionarnos entre los individuos y con lo sagrado.
7. Es nuestro deber recuperar la integralidad del ser humano para poder vivir y desarrollar plenamente nuestra humanidad.
8. Creemos que ser iglesia trasciende toda estructura. No apoyamos las estructuras jerárquicas y verticales. Ser iglesia es compartir la vida en comunidad.
9. Anhelamos tener un genuino encuentro con el Dios de Jesús y para ello es fundamental el testimonio de los evangelios y la Biblia en su totalidad, sin embargo, somos conscientes que toda lectura es una aproximación interpretativa.
10. Exigimos que la FE vuelva a adquirir su condición de FE.
HE AQUÍ, YO HAGO NUEVAS TODAS LAS COSAS


