“Viendo a lo lejos una higuera que tenía hojas, fue a ver si hallaba algún fruto. Cuando llegó a ella sólo encontró hojas, porque no era tiempo de higos. «¡Nadie vuelva jamás a comer fruto de ti!», le dijo a la higuera. Y lo oyeron sus discípulos”.
(Marcos 11:13-14)
Quien tenga la percepción de Jesús como un corderito manso y humilde, bastante estoico, chocará de frente con uno de los episodios más polémicos de su vida y que desencadenarán la ira de los poderes religiosos de Jerusalén que no querrán otro cosa que matarle.
Es extraño ver en los evangelios a Jesús maldiciendo una higuera porque no tenía frutos siendo que no era la temporada de higos ¿Parece que Jesús no durmió bien? ¿Se levantó malhumorado y con el pie izquierdo? ¿Por qué mejor no se quedó acostado? ¿Si tenía hambre, porqué no se preparó algo antes de salir de la casa? ¿Qué culpa tenía la higuera? Todas estas preguntas son posibles de hacer, sin embargo, el episodio narrado cobra sentido y relevancia si lo entendemos como un símbolo plástico y didáctico al más puro estilo de los profetas del Antiguo Testamento. Este símbolo está estrechamente conectado con el relato de Jesús en el Templo.
Cuando llegaron a Jerusalén, Jesús entró en el Templo y comenzó a echar a los que vendían y compraban en él. Derribó las mesas de los cambistas, desmanteló los puestos de los vendedores de palomas, y prohibió que transportaran cargas por el Templo. Y les enseñaba: “¿Acaso no está escrito: Mi casa será llamada casa de oración para todas las naciones? Pero ustedes la han convertido en una cueva de ladrones”.
Estas acusaciones que hace Jesús son gravísimas en contra la religiosidad oficial de Israel. Acusaciones que se insertan en la tradición profética, específicamente de Isaías y Jeremías.
Siempre hubo sectores en Israel que entendieron que la categoría de pueblo elegido de Dios estaba estrechamente ligado a una funcionalidad más que a un favoritismo. Esta función era la de acercar a las demás naciones al Dios que había conocido Israel. Sin embargo, al poco andar la elección se transformó en favoritismo, y el favoritismo en exclusividad.
La percepción de favoritismo y exclusividad degeneró en una falta de compromiso respecto de las responsabilidades éticas y sociales transformando la religión en un conjunto de rituales desprovistos de todo significado e implicancias para la vida del pueblo.
Exclusividad y ritualismo vacío desprovisto de toda implicancia ética hicieron que la religión de Israel en tiempos de Jesús se asemejara a una higuera estéril que no era capaz de dar frutos cuando se necesitaba. En lo esencial, desde la perspectiva de Jesús, no se trata de dar frutos en un tiempo determinado sino que cuando la necesidad lo amerite. Es decir, en todo tiempo.
En vez de acercar a Dios a las personas, Israel montó un aparataje burocrático que más bien alejaba a Dios de las personas. El Dios de la religión judía, era el innombrable, un Dios lejano, totalmente trascendente. La imagen de ese Dios era la de un juez que castigaba a quienes no cumplían con las leyes y premiaba a los piadosos. Así las cosas, era bastante simple saber quienes estaban siendo favorecidos por Dios y quienes no. Desde esta cosmovisión, los pobres eran despreciados por cuanto su pobreza era el testimonio encarnado del juicio de Dios a sus pecados, mientras que los ricos eran los bienaventurados de la sociedad judía por cuanto sus riquezas eran el vivo testimonio del favor de Dios. Los enfermos – ciegos, cojos, paralíticos, leprosos, etc. –, sufrían el juicio de Dios por sus pecados, mientras que los sanos lo eran por su piedad.
En este contexto Jesús viene a derrumbar todo el sistema religioso judío. El Dios de Jesús es el Dios/Padre amoroso. El Dios cercano a las personas. Es el que dice: “Bienaventurados los pobres, porque de ellos es el reino de Dios”. Es el Dios que viene a sanar las heridas, sufrimientos y miserias de los hombres y mujeres. Es el Dios defensor de la causa de los más humildes. Es el Dios que viene a hacer justicia y a defender a su rebaño de los lobos que lo único que hacen es acaudalar riquezas a costa de los más humildes.
Es lamentable que las palabras de Jesús nos calen tan hondo en este tiempo que estamos viviendo. Las palabras pronunciadas hacia la religiosidad de Israel, ahora nos las pronuncia contra nosotros mismos. Al igual que Israel hemos montado un sistema religioso excluyente que al igual que antaño determina quienes son los privilegiados y quienes son los desfavorecidos por Dios. Hemos construido todo un sistema perverso que cumple la función de categorizar a las personas. Quienes no cumplen con las normas establecidas por este monstruoso sistema son catalogados de viles, pecadores, merecedores del infierno. Quienes cumplen al pie de la letra los requerimientos religiosos son los santos, los virtuosos y merecedores de el cielo. Quienes sufren debe ser porque no cumplen con los requerimientos establecidos y quienes tienen una vida agradable y buen pasar es porque ya son perfectos ante Dios y son fieles a las reglas del sistema. En un sistema así todo funciona perfectamente y todo es predecible, pero, ¿realmente Dios puede ser tan predecible?
Me parecen aberrantes las palabras de Pat Robertson quien señaló que lo acontecido en Haití no es más que el juicio de Dios debido a los pecados de dicha nación. Lo más lamentable es que muchas personas piensan lo mismo que este cretino reconocido como el líder religioso más influyente de EEUU.
Dios si realmente estas de detrás de todo esto, en este mismo instante renunció a ti y me hago merecedor de todos lo desastres que afectan a estos pobres hermanos desvalidos. Prefiero el infierno a un cielo lleno de miserables santurrones. Sin embargo, tengo fe en que tú no eres así, creo profundamente que tú eres el Dios de Jesús y que todo este sistema aberrante no es más que un tráfico de religiosidad.

Hoy, el mar representa una realidad cotidiana ya que basta con mirar por mi ventana y ahí está. Mucho más cercano y significativo es el mar, por ejemplo para un pescador artesanal. El mar representa su vida; representa el sustento diario para él y para su familia.
Es curioso. Los evangelios nos muestran una escena bastante similar. En una oportunidad los discípulos de Jesús, muchos de ellos pescadores, se internan en el mar junto a su Maestro y lo que parecía un viaje bastante tranquilo se convierte en una tormenta. El evangelio nos dice que se desató una tormenta, con un viento tan fuerte que las olas caían sobre la barca, de modo que se llenaba de agua. No estamos hablando de un gran barco pesquero de esos industriales, sino de un pequeño bote de pescadores artesanales.
La muerte de Jesús significó una gran tormenta para la vida de los discípulos y de la comunidad cristiana que emergía. Sin embargo, una fuerza en su interior los impulsó a continuar. Las palabras y vivencias junto al Maestro hacían que sus corazones ardieran. Esas palabras y vivencias impulsaron a los discípulos a ver que la vida no termina en un Viernes Santo sino en Domingo de Resurrección.
Y donde todos vemos solo sufrimiento y nos parece que nos hundimos, los discípulos de Jesús experimentaron en sus vidas que no estaban solos. Se dijeron unos a otros en esta barca no estamos solos, sino que con nosotros está el Señor que fue capaz de calmar la tormenta. Con los ojos de la fe vieron que el maestro no dormía. Estaba vivo y calmando la tormenta.
“Creo en Dios, pero no siento la necesidad de ir a una iglesia”.
La experiencia de Dios en el individuo es tan importante, tan genuina y tan única que compartirlo a otros se constituye en una necesidad vital. La fe genuina experimentada desde el individuo se ha constituido en el fundamento de una fe vivenciada en una comunidad. La comunidad ha pasado a ser vital por cuanto es en esta dimensión donde puedo hallar, aprender y experimentar nuevas posibilidades de búsqueda, apertura y encuentro con Dios. Somos así partícipes de esa gran nube de testigos de la fe de la cual habla el autor de la Carta a los Hebreos y que nos permite caminar con paciencia el sendero que tenemos por delante.
Esta es la historia de un hombre común y corriente que, junto a otro hombre, decidieron que era el tiempo de hacer algo con esa inmensa multitud de personas que necesitaban experimentar en sus vidas a Dios.
Dios realmente prosperaba. Prosperaba el canal, prosperaban los evangelistas, pero, ¿y la gente que daba? ¿Esos personas comunes y corrientes que confiaban en las promesas de los evangelistas? No lo sabemos. Al parecer no. La gente que asistía a los multitudinarios encuentros no siempre era la misma. Cuando transito por la ciudad, no veo autos lujosos por todas partes, tampoco veo a la gente de ese tipo de iglesias y ese tipo de creencias con tenidas exclusivas.
Uno de los grandes problemas que ha tenido que enfrentar el cristianismo a lo largo de su historia, es el de la relación entre evangelio y cultura. El cristianismo surge en un contexto muy específico. Su origen está determinado por un espacio y un tiempo concreto. Esto es, en la palestina del primer siglo y bajo el dominio del imperio romano.
Sin embargo, de algo no nos habíamos percatado si no fuera gracias a la crítica postmoderna. Y es que en el afán de descubrir la esencia del evangelio para traducirlo a nuestro contexto, no nos dábamos cuenta que nosotros mismos estamos sujetos a las limitaciones de nuestro contexto. No sólo Jesús es un hijo de su tiempo, no sólo Pablo o Juan, sino que nosotros mismos al intentar descubrir el mensaje de Jesús lo estamos haciendo bajo la mirada de nuestro contexto. No nos podemos quitar los anteojos. Durante mucho tiempo creímos poder llegar a la esencia del mensaje de jesús y de esta manera plantarlo en nuestro contexto moderno, sin embargo, lo que hicieron fue experimentar el cristianismo con los lentes de la modernidad. Pablo, Juan y tantos otros leyeron el mensaje de Jesús bajo los lentes del helenismo.
En primer lugar, vivimos un momento histórico coyuntural que ha sido propiciado por la decadencia de los modelos eclesiales autoritarios o imperiales. Esta decadencia está dada principalmente porque no han sido capaces de hacer una correcta lectura de los tiempos a los cuales nos enfrentamos, o si lo hicieron no fueron capaces de dar el salto o giro histórico que se les propone, esto es, renunciar a los fundamentos absolutos en los que basan todo su modelo.
En este reconocimiento se sustenta el nuevo modelo emergente de ser iglesia y que tiene enormes implicancias. De este hecho es que no se pueden sustentar relaciones eclesiales jerárquicas y autoritarias, sino que como el acceso a la verdad – Dios, Biblia, etc, – es subjetivo se debería practicar un modelo horizontal donde es una comunidad la que a través del diálogo se encamina hacia la búsqueda de lo sagrado y donde es sumamente importante la experiencia de cada individuo en su relación de búsqueda de lo sagrado.
En unas conferencias organizadas por la Red del Camino en Republica Dominicana, Brian Mclaren contó el siguiente chiste: